Pues sí: en favor de la independencia y en contra de las ideologías

Hace unos días, un buen amigo me manifestó su desacuerdo con esa pequeña presentación de Disenso, en particular con la perspectiva “independiente” que intento adoptar y con mi oposición a las ideologías. Puesto que me dijo que iba a escribir un comentario crítico, voy a intentar darle más carnaza.

Yo creo que luchar contra el autoritarismo es algo bueno. Y es coherente intentar hacerlo en todos los frentes en los que se manifiesta. Algunos creen que esto es algo circunscrito a los regímenes políticos de todos odiados y a algunos más controvertidos. Pero es bastante fácil advertir que ese mal se despliega en otros muchos ámbitos de la vida. Y uno de ellos es el de las ideas.

Ninguna revolución ha sido un acontecimiento nítido. Como tantas otras cosas que suceden en nuestro mundo, no ha estado exenta de ambigüedades. Y las revoluciones burguesas no han sido ninguna excepción. En ellas se proclamaron ideales confusamente definidos y a veces contradictorios. ¿Acaso entendieron lo mismo por “libertad” todos los revolucionarios? ¿Pensaban en las mismas realidades cuando hablaban de “igualdad”? ¿No fue más bien la norma el que no consiguieran articular de forma armónica libertad e igualdad? Como nos dijo el gran Isaiah Berlin recurriendo al gran Immanuel Kant, “con un leño tan torcido como aquel del cual ha sido hecho el ser humano, nada puede forjarse que sea del todo recto”.

Pues bien, a pesar de lo dicho, la Ilustración tuvo un espíritu que la recorrió de arriba abajo, aunque no siempre diera los frutos más deseables. Ese espíritu fue el de rechazar el autoritarismo. Y esto se expresó en la lucha contra los regímenes absolutistas, contra las tradiciones establecidas por los diferentes poderes hegemónicos, contra las morales que se imponían sobre –y al margen de– las necesidades de los seres humanos… Yo sigo creyendo en ese espíritu, y también creo que debe adaptarse a los tiempos actuales. El consenso, deseable cuando se circunscribe a problemas concretos, es harto sospechoso cuando se extiende a las tradiciones, la moral y las ideas en general.

Ser independiente, como todo el mundo sabe, significa no ser dependiente; con lo cual ya me resulta una buena idea. Y ser independiente a la hora de analizar hechos y reflexionar sobre ellos creo que sigue siendo una buena idea. Significa no someterse, cuando se analiza y reflexiona, a verdades establecidas, a principios ideológicos, a directrices partidarias, a intereses (in)confesables…, significa buscar la objetividad (aunque no se alcance, recordemos que tenemos un fuste torcido), poner en cuestión ideas y esquemas establecidos (a nivel de la sociedad, del grupo identitario, del partido, etc.) cuando sospechamos que algo chirría, significa ser exigente y no complaciente, significa buscar sin término (como diría el buen Popper) y no estar pronto a sacarse una justificación de la manga que exculpe al pope de nuestra “iglesia”. Definitivamente, intentaré adoptar una perspectiva independiente, que es prácticamente lo mismo que decir crítica.

Y eso implica, más radicalmente, no encuadrarse en ninguna ideología. ¿Por qué? Antes de responder, habría que llegar a una definición de ideología que sea aceptable para todos, al menos para todas las personas sensatas y no dogmáticas. Propongo la siguiente: una ideología es un sistema de ideas que se pretende coherente en sus partes y coherente en sus propuestas.

Evidentemente, una ideología no es una serie de ideas, sin más. No soy tan imbécil como para decir que no hay ideas detrás de este blog. Las ideas son algo natural en el ser humano; las ideologías son algo que requiere un arduo trabajo de elaboración intelectual y, luego, un trabajo aún más arduo para intentar imponer esa ideología en la sociedad, que, admitámoslo, es lo que persiguen todos los partidos políticos (ya se sabe, si se ganan unas elecciones con un 90 por ciento de los votos, mejor que con un 30 por ciento). En realidad, un trabajo condenado al fracaso, pero esa es otra historia.

Pues bien, ese afán sistematizador de las ideologías, ese afán por elaborar un todo coherente, sin resquicios que le dejen con el culo al aire, conduce inevitablemente a un alejamiento de las necesidades humanas, contradictorias muy a menudo, difíciles de articular siempre, que son, por definición, realidades concretas (no son las mismas necesidades las que tienen los andaluces que las que tienen los senegaleses, ni las que tienen un capitalista vasco o una inmigrante boliviana, ni una estudiante o un conductor de autobús, etc.). La lógica de analizar, valorar y responder a necesidades humanas concretas y enormemente diversas no tiene prácticamente nada que ver con la lógica (teórica, intelectual, abstracta) de articular ideas en un todo coherente. Son lógicas totalmente distintas. La primera es una lógica fundamentalmente práctica y que atiende a realidades particulares. La segunda es una lógica fundamentalmente teórica y que atiende a relaciones abstractas entre ideas.

Desde luego, necesitamos ideas para analizar y responder a las necesidades concretas de las personas y los grupos sociales. Más aún, el mero hecho de analizar, valorar y proponer soluciones significa poner ideas a trabajar. Pero, parafraseando a Hume, estas ideas deben ser esclavas de los hechos, no sus hormas. Deben ser ideas que trabajen con la lógica de los hechos, que es siempre una lógica particular, una historia particular, que busca responder a las exigencias que esos hechos plantean; no ideas que busquen su confirmación frente a las de la ideología rival, ni que buscan la verdad platónica de los dogmáticos que poco o nada tiene que ver con las urgencias y los conflictos de la vida real. Las ideologías son verdaderos obstáculos para analizar las realidades concretas y para responder a sus exigencias, siempre particulares. Las ideologías nos llevan a consumir una preciosa energía en la preocupación y el afán por la coherencia ideológica cada vez que las ideas tienen que ponerse el buzo de faena y mezclarse con realidades rebeldes, incoherentes, conflictivas, ambiguas, excepcionales, en definitiva, particulares. Por no hablar de los efectos colaterales, a saber, las discrepancias entre heterodoxos y ortodoxos, y demás estúpidas discusiones entre guardianes y renovadores de la ideología en cuestión. En todo caso, las ideologías facilitan el deslizamiento hacia el dogmatismo y el sectarismo.

Termino recomendando la lectura de un espléndido libro de Rafael del Águila, uno de los filósofos que más aprecio: Crítica de las ideologías. El peligro de los ideales (Taurus, Madrid, 2008).