Los pescadores de Gaza, entre la vida y la muerte

Mel Frykberg

Fuente: Gazan Fishermen Dying to Survive, Inter Press Service, 27/02/2015

Fati Said y Mustafá Yarbua son dos pescadores palestinos que han visto su modo de vida destruido por el bloqueo israelí. (Foto: Mel Frykberg / IPS)

 

El hermoso mar Mediterráneo baña suavemente la playa de arena blanca cercana al puerto de la ciudad de Gaza. Las barquitas de pesca puntean la playa mientras los pescadores guardan sus botes y arreglan sus redes.

Sin embargo, esta escena pintoresca y tranquila oculta una realidad deprimente. La una vez floreciente industria pesquera de Gaza ha sido diezmada por el bloqueo de Israel del territorio costero palestino desde 2007.

Alrededor de 3.600 pescadores gazatíes y sus familias —alcanzando un total de más de 30.000 personas— dependían de la pesca para vivir.

La pesca también proporcionaba una fuente básica de alimentación para la empobrecida población de Gaza, de más de 1,5 millones de personas [en la actualidad, son más de 1,8 millones los habitantes del enclave, N. del T.].

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Lo que Gaza necesita

Hace exactamente seis meses, el 26 de agosto de 2014, la operación “Margen Protector” llegó a su fin gracias a un acuerdo de alto el fuego. La operación, que se cobró las vidas de más de 2.200 palestinos y 72 israelíes, causó estragos en la Franja de Gaza. Incluso antes de esta operación, los resultados de anteriores campañas militares israelíes eran visibles en las ciudades y pueblos de Gaza, y la combinación del bloqueo impuesto por Israel, los cierres frecuentes del paso fronterizo de Rafah y la eliminación de la mayor parte de los túneles comerciales bajo la frontera egipcia estaban ya cobrándose un fuerte peaje a costa de las condiciones de vida de los palestinos.

La reconstrucción de Gaza está avanzando a paso de tortuga y el desempleo rebasa el 40 por ciento (Foto: Karl Schembri).

 

La situación en Gaza antes de la operación “Margen Protector” era tan grave que las autoridades israelíes habían admitido (en hebreo) que “tenemos que pensar si no estamos estrangulando demasiado a Hamas, hasta el punto de que no tenga más remedio que arrastrarnos a una operación militar a gran escala fruto de la desesperación”. Antes de la operación, el desempleo en Gaza era del 45 por ciento y más del 70 por ciento de sus habitantes dependía de la ayuda humanitaria.

Ahora, seis meses después del final de la operación militar y cuatro meses después de la Cumbre de El Cairo, donde 50 países prometieron donar miles de millones de dólares para la reconstrucción de Gaza, la situación es mucho peor. La reconstrucción física de las estructuras y las infraestructuras avanza a paso de tortuga y la tasa de desempleo sigue siendo superior al 40 por ciento. Alrededor de 560 empresas y fábricas resultaron dañadas en el curso de la operación, 210 de ellas fueron totalmente destruidas o gravemente dañadas. En otras palabras, el sector productivo de la economía de Gaza, que ya estaba en un estado precario, sufrió un golpe brutal. La destrucción alcanzó a 17.000 viviendas, las cuales se añadieron al déficit ya existente antes de la operación “Margen Protector”.

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Los gazatíes forzados a vender sus pertenencias

La pobreza ha conducido a Jaled Selim, de 48 años, a vender varios muebles a precios muy baratos con el fin de poder alimentar a su familia y evitar convertirse en mendigos. Selim, que trabajaba en una fábrica de hormigón que fue destruida durante la última guerra de Gaza, dijo a Al Monitor que “no tuve más remedio que vender mis muebles, pues se me agotaron los ahorros. No tenía dinero para cubrir las necesidades de mi familia. No puedo pagar las medicinas de mi esposa, que está enferma de cáncer”.

Selim dice que su familia está durmiendo en el suelo, ya que tuvo que vender las camas y que su desempleo le va a obligar a vender su nevera dentro de poco. “¿Para qué queremos una nevera si está siempre vacía?”, pregunta Selim.

El sufrimiento de Selim, que vive en la ciudad de Gaza, refleja el sufrimiento de la mayoría de los 1,8 millones de habitantes de la Franja de Gaza. Están sufriendo una crisis financiera tras otra y la economía del enclave está totalmente devastada.

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Ucrania, la Unión Europea y el FMI

Mark Weisbrot

Fuente: Ukraine, the EU and the IMF, CounterPunch, 8/05/2014

Cuando los manifestantes de Euromaidan salieron a las calles en Kiev a comienzos del año pasado, muchos tenían la esperanza de formar parte de Europa. La Europa que admiraban era la del bienestar material y los niveles de vida que no estaban al alcance de la mayoría de los/as ucranianos/as, cuyo ingreso medio es actualmente similar al de El Salvador. Una Europa con una economía social de mercado, tecnologías avanzadas y transportes públicos, atención médica universal, pensiones adecuadas y vacaciones pagadas durante unas cinco semanas. O algo parecido.

Si tienen la suerte de evitar una guerra civil, los ucranianos pueden encontrarse con una sorpresa desagradable cuando sus actuales dirigentes, o los que elijan dentro de poco, negocien su futuro económico con sus nuevos y no electos jefes europeos. La Europa de su futuro inmediato y a medio plazo puede parecerse más a la de Grecia o España, pero con menos de una tercera parte de su renta per cápita y con una parte, mucho más miserable, de la recortada seguridad social actual de esos países.

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El FMI se suma a la guerra en Ucrania

Pepe Escobar

Fuente: The IMF goes to war in Ukraine, RT, 7/05/2014

Foto: AFP / Sergei Supinsky

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha aprobado un préstamo a Ucrania de 12.210 millones de euros. Los primeros 2.300 millones han llegado ya el miércoles.

Es fundamental conocer las condiciones vinculadas a este “préstamo” de estilo mafioso. La recuperación de la economía ucraniana no está en absoluto en juego. El plan está íntimamente ligado a la conocida política de “ajustes estructurales” del FMI, que vale lo mismo para un roto que para un descosido y que ya han probado centenares de millones de personas en América Latina, Sudeste Asiático y sur de Europa.

Los “cambiadores de régimen” de Kiev han cumplido debidamente lanzando el inevitable paquete de austeridad: aumentos de impuestos, congelaciones de pensiones, subidas en los precios del gas natural de más de un 50 por ciento, etc. El “pueblo de Ucrania” no podrá pagar las facturas de los servicios públicos el invierno que viene.

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Socialismo de guildas

El socialismo de guildas o socialismo gremial es un tipo de socialismo lamentablemente olvidado y que sería bueno recuperar. De carácter casi exclusivamente británico, floreció en los primeros años del siglo XX bajo la inspiración de G. D. H. Cole.

Extrayendo lecciones de las “guildas”, asociaciones gremiales medievales cuyos miembros participaban en la determinación de muchos aspectos de su profesión, el socialismo de guildas (guild socialism) tiene unos cuantos puntos de contacto con el anarquismo, especialmente en su vertiente anarcosindicalista. La idea de las guildas tiene, de hecho, un gran parecido con la autogestión.

Hoy en día, algunos locos aislados están intentando recuperar y modernizar el socialismo de guildas con resultados realmente atractivos. Lean, si no, Guild Socialism Reconsidered, de Roger A. McCain.

En este texto destacan varias ideas centrales: autonomía y democracia (autogestión) en la empresa; federaciones de empresas; participación de las organizaciones de los consumidores; abolición del trabajo asalariado; reducción progresiva del poder del estado, siendo sus funciones progresivamente adoptadas por las guildas, las federaciones industriales y las redes de consumidores. Hay aquí, pues, mucho Proudhon y mucho Landauer, consciente o inconscientemente.

Les dejo con Socialismo de guildas, de Pamela D. Toler.

El 15-M: cambiar la sociedad desde arriba o desde abajo

Como suele ser habitual, he leído un artículo de Carlos Taibo con el que estoy completamente de acuerdo: Sobre el 15-M y el juego político-electoral-representativo.

En él, Taibo lamenta la decisión que han tomado algunas asambleas del 15-M de unirse a Izquierda Unida y otros grupos de izquierda para constituir un bloque electoral. Yo también.

No sé cuántas veces habremos de caer en la ilusión de que se puede cambiar la sociedad ganando elecciones, constituyendo un gobierno de izquierda y cambiando la sociedad desde arriba, desde el poder. Esta vía se ha experimentado en infinidad de ocasiones, en el Estado español y en el mundo entero. Solo en muy raras ocasiones ha dado buenos frutos, pero incluso en estos ha sido a costa de un régimen de libertades más o menos restringido. Podríamos poner como ejemplos Cuba y Venezuela, y otros aún mucho peores.

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El contrato británico de cero horas

 

En El contrato británico de cero horas, ¿esclavitud encubierta?, Aurelio Jiménez explica con claridad meridiana en qué consiste este tipo de contrato y cómo la denominada flexibilidad laboral (uno de los actuales mantras de las reformas laborales en curso) es incompatible, en las formas que se están persiguiendo en la actualidad, con la dignidad y la libertad de los trabajadores.

Desarrollar economías locales

“Los pequeños pueblos son el futuro”, de Gustavo Duch, es un artículo que merece unas cuantas lecturas. El título es lo suficientemente expresivo para averiguar cuál es su contenido. Simpatizo con él. Pero me asaltan unas cuantas dudas.

En general, las respuestas del autor a las preguntas que se plantea son excesivamente ideológicas para mi paladar. Y siempre se plantea otra pregunta más: ¿y esto cómo se hace? ¿Es factible? ¿Cómo se avanza hacia esa meta?

Por mi parte, prefiero basarme en experiencias que se van dando. Y las hay. Algunas existen en el Estado español y en otros países, pero crecen a buen ritmo en Estados Unidos, donde tal vez son más factibles las iniciativas que buscan crear economías locales, porque la base de partida —las comunidades locales— está más desarrollada.

La crisis económica está empujando a los trabajadores desempleados y a las comunidades más afectadas a buscar alternativas. Y lo están haciendo mediante la creación de pequeñas redes de intercambio de bienes y servicios, cooperativas de trabajadores, de consumidores y de crédito, monedas locales, bancos de tiempo, etcétera.

Es fácil ver que la mayoría de estas iniciativas se desarrollan a niveles locales y que, por ello, permiten la organización de movimientos para revitalizar comunidades locales deprimidas o azotadas por la crisis. Es mucho mejor “teorizar” a partir de estas experiencias que a partir de unas preferencias ideológicas.

El enfoque ideológico del artículo hace que, en ocasiones, Duch realice afirmaciones harto discutibles. Un ejemplo: “en las culturas y formas de hacer campesinas ha primado la ocupación de la mano de obra familiar o comunitaria, en condiciones de dignidad”. Estamos ante una cierta idealización del pasado y de la vida campesina, fruto del mencionado enfoque ideológico. No creo que haga falta decir que, si bien esas “condiciones de dignidad” se han dado, en el pasado y en el presente, no ha sido la norma, ni mucho menos. El patriarcado, la autoexplotación exigida por el mercado y los préstamos, la marginación (por lo que se refiere a infraestructuras y servicios sociales y educativos), la carencia de vida asociativa y cultural, etc., son características de esa vida campesina familiar que no casan bien con una vida digna.

En todo caso, como decía al principio, el artículo merece una lectura sosegada y atenta.

En DISENSO hemos publicado varios ensayos que puede ser de interés:

economía alternativa | Disenso