Libia, un país controlado por bandas mafiosas

Miles de personas han sido secuestradas y asesinadas en Libia, donde los servicios de seguridad casi han desaparecido y bandas de delincuentes actúan con total impunidad

Francesca Mannocchi

Una pintada en una pared de Trípoli muestra a un joven que pregunta: ¿Dónde está el castigo por la pobreza de la gente? (Foto: AFP)

Una pintada en una pared de Trípoli muestra a un joven que pregunta: “¿Dónde está el castigo por la pobreza de la gente?” (Foto: AFP)

La mezquita de la Plaza Argelia de Trípoli se llena de fieles los viernes. Los padres, con sus hijos, visten la galabiya para el día de la celebración. Tres mujeres se sientan fuera, en las escaleras, mendigando, con sus rostros cubiertos por el niqab. Ante ellas, unos pocos dinares que les han dado.

Desde los altavoces, la voz del imán habla de estos días difíciles en Trípoli, días sin dinero, sin seguridad: “Estos son días de sufrimiento y tenemos que ayudarnos los unos a los otros. Si tienes algo para comer y tu vecino no, ayúdale”. Y añade: “No es bueno comer si nuestro vecino no puede disfrutar de la mesa como nosotros. Si tienes dinero y tu vecino no, dale algo del tuyo. Un día te lo devolverá”.

En la pared de la mezquita, un cartel con la cara del general Jalifa Haftar está marcado con una cruz roja y unas palabras: “No te queremos aquí”.

Jaled sale de la oración del viernes cabizbajo. Habla consigo mismo mientras se sienta en uno de los muchos cafés de la plaza que hay delante de la mezquita. Está solo.

En la mesa de al lado están sentados varios representantes del gobierno de Trípoli. Al otro lado de la plaza hay unos coches negros con los símbolos de la milicia Al Nawasi, una de las más poderosas de la ciudad. En uno de los coches, cuatro jóvenes armados y ruidosos muestran la arrogancia de su poder.

En la misma plaza hay un edificio con un cajero automático, ahora roto y lleno de polvo… como muchos más de esta ciudad sin dinero.

La escena contemplada en esta plaza representa el país actual: el poder político está en manos de las milicias, cada vez más poderosas, cada vez más corruptas. La economía, rota; el dinero, robado.

Jaled dejó Libia en 1985 y regresó solo después de la revolución de 2012. Veintisiete años de exilio fue el precio pagado por un joven Jaled por unirse a otras personas como él y oponerse a Gadafi.

Miembros de la milicia islamista Amanecer Libia en Sabratha. (Foto: AFP)

Miembros de la milicia islamista Amanecer Libia en Sabratha. (Foto: AFP)

En el otoño de 1985, Jaled fue detenido por la policía secreta de Gadafi, torturado durante un mes y puesto en libertad después de que su familia pagara a un funcionario corrupto.

Su padre logró sacarlo del país y se dirigió a Estados Unidos, donde ha permanecido hasta el verano posterior a la muerte de Gadafi.

“Volví para ayudar a mi país”, dice Jaled. Durante su estancia en Estados Unidos terminó sus estudios de ingeniería. “Pero después de cinco años, he perdido todas mis esperanzas. Y voy a irme de nuevo. Aquí no tengo nada que hacer. La revolución ha fracasado”.

La economía libia está en una grave crisis. La falta de dinero está haciendo la vida imposible a la gente ordinaria. El tipo de cambio oficial está actualmente en 1,37 dinares el dólar, mientras que en el mercado negro un dólar vale nueve dinares.

“Las milicias controlan los bancos, distribuyen su dinero a sus hombres y dan dinero en metálico a la gente a cambio de sobornos”

En la diferencia entre estos dos tipos de cambio es donde se mueven los poderes opacos del país.

“El dinero está en manos de las milicias”, dice Jaled. “Por esta razón, puedes ver a estos jóvenes armados amenazando a la gente con impunidad. Las milicias controlan los bancos, distribuyen su dinero a sus hombres y dan dinero en metálico a la gente a cambio de sobornos. Las milicias vigilan las colas diarias que se forman por las mañanas ante los bancos y deciden quién puede entrar y quién no.

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“Las autoridades tienen solo formalmente las llaves de las sucursales bancarias, pero son los hombres de Nawasi y Tayuri quienes controlan realmente la ciudad”, dice Jaled.

El mercado negro está cada vez más extendido y afecta a las partes más vulnerables del país. La disminución del PNB, la inflación galopante y la falta de liquidez han alimentado el comercio ilícito.

Los bienes primarios se han vuelto muy caros de forma muy rápida. El precio del pan es casi diez veces mayor que en 2014.

“Todas las mañanas salgo de casa”, dice Jaled mientras toma un poco de té. “Doy una vuelta. Veo a las mujeres haciendo cola a las seis de la mañana esperando para retirar un puñado de dinares de sus ahorros… si se lo permiten los milicianos. Observo a los hombres, marcados por las arrugas, mendigando unos dinares a los milicianos para comprar comida. Veo esta escena todas las mañanas y me pregunto dónde están los ideales revolucionarios. Me pregunto si ha habido realmente alguna vez ideales revolucionarios en este país”.

La desesperación ha empujado a los jóvenes a unirse a las milicias armadas, atraídos por la garantía de ingresos fáciles. En Libia, más de la mitad de la población tiene menos de 30 años y más de la mitad de esos jóvenes está sin trabajo. Son jóvenes que lucharon por la revolución hace seis años, corriendo el riesgo de morir o de ser torturados. Son los mismos hombres que lucharon en Sirte durante seis meses para derrotar al Estado Islámico en su autoproclamada capital del Norte de África. Son los mismos jóvenes que hoy deambulan entre los murales descoloridos de 2011.

Los dibujos de las paredes retratan a Gadafi de rodillas, golpeado por la gente, el rey que se convirtió en diablo derrotado. La escritura de la pintada dice: “Libia es libre por fin. Es independiente por fin”.

La realidad actual cuenta, sin embargo, otra historia. Es una historia diferente de la que contó el primer ministro Al Sarrach, quien en una reciente entrevista invitó a todo el mundo a visitar Trípoli, “una ciudad segura”.

Solo en junio, según el Departamento de Investigación Criminal del ayuntamiento, hubo 216 casos de robo a mano armada, 73 agresiones con armas (solo en farmacias y gasolineras), así como 128 cadáveres encontrados en las calles y 83 secuestros.

Trípoli está en manos de las poderosas milicias que controlan a la gente y al gobierno. Nada se mueve en Trípoli que no sea decidido por los señores de la guerra como Haizam Tayuri y sus bandas armadas.

Ellos deciden de forma arbitraria quién puede andar libremente y quién debe ser secuestrado. Es así como están profundizando el caos en el que ha caído el país.

Los secuestros de civiles por las milicias, casi siempre para obtener un rescate en efectivo en lugar de algún beneficio político, ha aumentado considerablemente desde 2014, sobre todo en el oeste del país, donde se han convertido en una característica de la vida diaria.

Entre las últimas víctimas está el profesor Salem Mohamed Beitelmal, de la universidad de Trípoli. “El caso de Salem Beitelmal — dice Heba Morayef, directora de investigación de Amnistía Internacional para el Norte de África — muestra los constantes peligros que existen para los civiles, con unas milicias que atemorizan a la población, fomentando el miedo a través de una despiadada campaña de secuestros. También pone de relieve la complicidad de las autoridades políticas y estatales, que hasta ahora no han impedido esta práctica de las milicias”.

Los secuestros son utilizados también como una táctica de las milicias para silenciar a los opositores, periodistas y activistas de los derechos humanos. Las víctimas son seleccionadas por sus inclinaciones políticas o sus pertenencias tribales. Los secuestradores saben que están cometiendo delitos y abusos en un régimen de impunidad.

En este ambiente de impunidad, Yabir Zain, un activista sudanés, fue secuestrado en septiembre pasado en Trípoli por un grupo armado al parecer vinculado con el ministerio del interior del gobierno de acuerdo nacional.

Yabir había ido a vivir a Trípoli con sus padres cuando tenía seis años. Es un analista especializado en temas de derechos humanos e injusticia social.

Esa noche de septiembre tenía una reunión sobre derechos de las mujeres en el café Coffee and Book de Trípoli. Sus familiares dijeron que conocían el nombre de la milicia que le secuestró y que habían recibido amenazas. Al igual que ellos, cientos de familias no denuncian los secuestros de sus seres queridos por temor a ser asesinados.


Cuando Salem llegó a nuestra cita para que le entrevistáramos en un hotel céntrico de Trípoli, se movía con sospechas, como si siempre lo siguiera alguien.

Tiene 26 años. Junto con otros cinco compañeros, trabaja para defender la libertad de prensa. Tratan de decir lo que es imposible ver en Libia. Buscan todos los días informaciones, conversan con la gente, toman notas, escriben y envían sus artículos al extranjero.

Salem trató de utilizar una cámara fotográfica y otra de vídeo para documentar los abusos diarios, pero las dos le fueron arrebatadas por hombres de la milicia Al Nawasi.

En la actualidad, son las milicias las que detentan el poder

Salem dice que la aversión a las cámaras es un legado del régimen de Gadafi: “No puedes ver nada que no sea del agrado del poder. Y hoy el poder reside en las milicias”.

Cuando Salem y sus amigos trataron de alquilar una oficina para sus investigaciones, uno de ellos fue secuestrado durante una semana. Fue una advertencia de una de las poderosas milicias de Trípoli. Desde entonces, han quitado el letrero de la puerta de su oficina y continúan con sus investigaciones en secreto.

Hace unas semanas, Salem quiso hablar con personas que estaban en la cola de un banco, tomar nota de sus declaraciones y grabarlas. Pero un soldado le quitó la grabadora y le amenazó.

“Con Gadafi tampoco había libertad de prensa. No había libertad en absoluto, pero recuerdo una cosa. Recuerdo que todos nos sentíamos seguros”, dice Salem, bajando la mirada como si estuviera avergonzado de sus propias palabras, como si hubiera pronunciado un tabú mantenido en secreto durante mucho tiempo.

“Con Gadafi siempre nos sentíamos seguros. Recuerdo que, cuando era niño, mi madre me decía que no pronunciara el nombre de Gadafi en público salvo para alabarlo. Me decía: ”Si conoces a alguien que le critique, deja la conversación de inmediato, aléjate y no vuelvas a reunirte jamás con esa persona”.

“Recuerdo que ese temor siempre estuvo conmigo”, añade Salem. “Pero también recuerdo que vivía en un país estable. Si pienso en mis años veinte y en la revolución, creo que estaba muy confundido”.

La confusión de Salem es compartida por su amigo y colega Mohamed. “Si pienso en mi futuro, solo veo niebla, incertidumbre, terror a ser secuestrado o apaleado. Y sin ningún motivo. Podría suceder mañana, pasado mañana, hoy”.

Mohamed se extiende explicando lo que siente. “Las milicias podrían entrar en mi casa por la noche y secuestrarme. Podría desaparecer como los opositores al régimen desaparecían bajo Gadafi. O podría volverme un adulto resignado como hacen todos los libios en la actualidad. Los libios que han creído en el cambio y que ahora bajan la cabeza frente a las amenazas de las milicias, dicen que nunca volverán a rebelarse. Porque si los resultados son como lo que ahora tenemos, ¿por qué deberíamos arriesgarnos otra vez?”.


Francesca Mannocchi es periodista y previamente informó desde el frente de guerra en la batalla de Mosul. Twitter: @mannochia

Publicado originalmente en Libya — a country controlled by gangs of mobster militias, The New Arab, 27 de septiembre de 2017

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)

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