Los desastres ‘naturales’ no son naturales

Desastres naturales como los huracanes y los terremotos son el producto de una combinación de fenómenos naturales extremos y vulnerabilidades sociales y humanas

Ksenia Chmutina, Jason von Meding, JC Gaillard y Lee Bosher

Un trabajador de operaciones de rescate y su perro buscan en el lugar del colapso de un edificio después de que un terremoto golpeara Juchitán, en el estado mexicano de Oaxaca, el 9 de septiembre de 2017. (Foto: Dan Hang / PA Images)

Un trabajador de operaciones de rescate y su perro buscan en el lugar del colapso de un edificio después de que un terremoto golpeara Juchitán, en el estado mexicano de Oaxaca, el 9 de septiembre de 2017. (Foto: Dan Hang / PA Images)

El verano de 2017 ha estado repleto de historias sobre eventos meteorológicos (no tan) “caprichosos”. Los medios han informado ampliamente de las inundaciones en Japón e Italia y los huracanes en EEUU (mientras que otros desastres en países pobres como Bangladesh, Nepal y la India han sido en gran parte ignorados). Los desastres y los riesgos que plantean son, así, cada vez más destacados en los medios de comunicación y los programas de los partidos políticos, ya que los daños causados van en aumento.

En mayo de 2017, más de 6.000 políticos, representantes de gobiernos locales, ONGs, líderes comunitarios, investigadores y académicos de todo el mundo se reunieron en la Plataforma Global para la Reducción del Riesgo de Desastres de la ONU, en Cancún, México. Durante una semana, los debates se centraron en la agenda global para reducir el riesgo de desastres.

Se presentaron una serie de mensajes bajo el lema “Del compromiso a la acción”. Estos resaltaron la importancia de seguir trabajando en las áreas prioritarias del Marco de Acción de Sendai e identificaron otras áreas que deberían ser abordadas en la puesta en práctica de la reducción de riesgos de desastres. Así, se discutió sobre la coherencia con las agendas de desarrollo sostenible y cambio climático, la reducción incluyente y atendiendo al género de riesgos de desastres y las iniciativas de cooperación internacional en el terreno de las infraestructuras más fundamentales.

Aunque impresionantes, estos mensajes eran en gran parte simbólicos: ante una audiencia compuesta por “torres de marfil”, panelistas de élite y de alto nivel (en gran parte masculinos), los discursos eran ambiciosos y no proporcionaron claridad sobre las acciones que deberían emprenderse. Las palabras por sí solas no son suficientes para reducir los riesgos de desastres. Es más, algunas palabras y frases que se han empleado en los debates pueden tener en realidad consecuencias negativas. Uno de esos términos ampliamente utilizado, pero ahora fuertemente discutido, fue el de “desastres naturales”.

Un fenómeno natural azaroso no puede ser prevenido, los desastres sí

Hace más de 40 años, O’Keefe et al. (1976) sostuvieron que el término “desastre natural” era inapropiado y cuestionaron cuán “naturales” eran los llamados “desastres naturales”. Subrayaron que muchos desastres eran el producto de fenómenos naturales extremos y vulnerabilidades sociales y humanas, incluyendo actividades para el desarrollo que ignoraban los riesgos locales. No obstante, 40 años después, políticos, medios y ONGs han desconectado todavía más la “torre de marfil” de los procesos de tomas de decisiones y la realidad de los más vulnerables culpando, una y otra vez, a la “naturaleza” y responsabilizando de los fracasos del desarrollo a fenómenos naturales “caprichosos” o “actos de Dios”.


La explicación es sencilla. Un fenómeno natural azaroso no puede ser prevenido; los desastres sí. Los terremotos, las sequías, las inundaciones, las tormentas, los deslizamientos de tierras y las erupciones volcánicas son fenómenos naturales; pero las muertes y daños — es decir, los desastres — que causan son debidos a actos humanos de omisión o comisión y no tanto a fuerzas de la naturaleza (UNISDR, 2010; Wisner et al., 2011). El terremoto de Haití de 2010 fue especialmente devastador debido a los grandes daños causados en las estructuras construidas por los humanos, debidos en gran parte a la baja calidad de esas estructuras y a la ausencia de normas obligatorias de construcción. Con frecuencia, esas estructuras se construyeron de manera informal y algunos edificios fueron construidos en laderas con basamentos o soportes de acero insuficientes.

Por el contrario, el terremoto chileno (Maule) que ocurrió un mes después del de Haití y que fue de una magnitud todavía mayor (8,8 Mw), mató a muchas menos personas (525 muertos en Chile en comparación con los 160.000–200.000 muertos en Haití). Esta importante diferencia se ha atribuido a las normas de construcción más sofisticadas de Chile, que incorporan diseños antisísmicos, y a la aplicación tradicional de esas normas. Un fenómeno natural extremo se convierte en desastre porque su impacto amenaza las vidas y los medios de vida de las personas.

Una vez que reconocemos que hay una diferencia entre un “peligro natural” y un “desastre”, se hace más claro por qué tantas personas sostienen que los desastres no son naturales. Un desastre no ocurre a menos que las personas y las ciudades sean vulnerables debido a la marginación, la discriminación y el acceso desigual a los recursos, al conocimiento y a la ayuda. Estas vulnerabilidades se intensifican — de forma deliberada o no — por la deforestación, la urbanización acelerada, la degradación medioambiental y el cambio climático.

Además, esas vulnerabilidades son muy a menudo agravadas no porque la información sobre los fenómenos naturales azarosos no exista, sino porque quienes toman decisiones — y los responsables del desarrollo del entorno humano — no usan esta información de forma adecuada (o no la usan en absoluto). Por ejemplo, 30 años de desarrollo de la energía hidroeléctrica en Vietnam ha desplazado a miles de personas, ha degradado el medio ambiente y ha empujado a muchas comunidades de minorías étnicas a una situación cada vez más delicada. Aunque muchas de estas personas marginadas mueren rutinariamente cuando se producen desastres, el planteamiento del desarrollo que los ha causado sigue intacto.

Pero esta situación también es pertinente en los países más ricos. En Inglaterra, en los 30 últimos años, casi una de cada diez casas se ha construido en áreas donde se suelen producir graves inundaciones. El huracán Harvey ha sido un buen ejemplo de esto: en lugar de introducir y aplicar planes de uso del territorio y normas de construcción más estrictos, durante años el enfoque preferido para el desarrollo urbano se ha centrado en aumentar la densidad de población — y el entorno construido — en áreas propensas a sufrir inundaciones.


Políticas neoliberales vs planificación y regulación

Lo que muestran estos ejemplos es que, en el contexto de unas políticas neoliberales, las áreas urbanas se han desarrollado rápidamente gracias a que el estado se ha centrado en favorecer las inversiones en la construcción mediante la provisión de infraestructuras, ayudas financieras y ofertas de suelo para la construcción. Las reformas neoliberales han sido un gran facilitador del intenso crecimiento de las poblaciones urbanas y han producido una trilogía ideológica de competencia, desregulaciones y privatizaciones. Esta ideología es hostil a todas las formas de regulación del uso del espacio, incluyendo las planificaciones urbanas y regionales, las políticas de protección del medio ambiente y los planes de desarrollo económico.

Poderosos intereses han sugerido que lo que se necesita es una completa dependencia de los mecanismos de mercado para la planificación y la regulación de los procesos de urbanización. Los controles reguladores han sido reducidos — o aplicados de forma ineficaz — para permitir que el “libre mercado” funcione, lo que significa que los riesgos de desastres — y otros problemas medioambientales — han sido frecuentemente mal abordados en las decisiones sobre el desarrollo urbano.

Una planificación inadecuada del uso del territorio lleva a la creación de “sociedades paralelas”: algunas partes de las ciudades disfrutan de los beneficios de la vida urbana, mientras que otras viven en peores condiciones que quienes viven en las áreas rurales, con malos servicios de suministro y depuración de aguas, provisión de electricidad y también de alimentos.

Las desigualdades, la pobreza, la ideología política, las relaciones de clase y de poder son las causas últimas de las vulnerabilidades que convierten los fenómenos naturales peligrosos en desastres, haciendo que algunas comunidades sean más vulnerables que otras. Las mujeres, por ejemplo, suelen morir más que los hombres en las tormentas costeras y los tsunamis; sufren la violencia doméstica y otras formas de violencia de género e inseguridad tras los desastres; y soportan grandes cargas de trabajo durante la rehabilitación, así como obstáculos como los que enfrentan las viudas en Nepal al tratar de obtener ayudas para reconstruir sus casas cuando toda la documentación estaba a nombre del marido.

En la Plataforma Global, aunque muchas organizaciones nacionales e internacionales reconocieron que las desigualdades y la injusticia social agravan las consecuencias de los desastres, estos temas fueron generalmente discutidos bajo la bandera de los “desastres naturales”. La semántica importa: al hablar de “desastres naturales”, la responsabilidad de la destrucción de medios de vida se atribuye a la naturaleza, cuando, en realidad, esa responsabilidad debería ser asumida por nosotros, los humanos.


La gente nunca comprenderá las complejas causas últimas de los desastres si los medios de comunicación refuerzan el enfoque de las causas “naturales”. Con el fin de contribuir a cambiar esta forma de pensar y comunicar, los “expertos” en este ámbito, tanto personas como organizaciones, deben reflexionar más sobre estas cuestiones. La falta de consistencia alimenta un ciclo de desinformación.

Debemos combatir la forma de pensar orientada a los beneficios a corto plazo. Una cosa que podemos hacer es comunicar de forma más clara y precisa.

Calificar los desastres como “naturales” favorece que quienes generan los riesgos de desastres acepten malas planificaciones de urbanización, incrementen las desigualdades socioeconómicas, adopten regulaciones ineficaces y no desarrollen medidas de detección de fenómenos naturales y mitigación de sus efectos. Es importante que eventos como la Plataforma Global promuevan y alienten el uso de la terminología que ayude realmente a reducir los riesgos de desastres. También es importante recordar que la naturaleza es natural, pero los desastres no lo son.


Ksenia Chmutina es profesora de urbanismo sostenible en la Facultad de Arquitectura, Construcción e Ingeniería Civil de la Universidad de Loughborough, Reino Unido. Tiene una amplia experiencia en la realización de investigaciones en países en vías de desarrollo, en particular en Nepal, India, China, Indonesia y el Caribe. Es coautora, junto con Lee Bosher, del libro Disaster Risk Reduction for the Built Environment (Wiley Blackwell, 2017). Twitter: @kschmutina.

Jason von Meding es profesor titular de la Universidad de Newcastle, Australia, y dirige el Grupo de Investigación sobre Desastres y Desarrollo de la Facultad de Arquitectura y Entorno Construido. Twitter: @vonmeding.

J.C. Gaillard es profesor asociado en la Facultad de Medio Ambiente de la Universidad de Auckland, Nueva Zelanda. Twitter: @jcgaillard_uoa.

Lee Bosher es profesor adjunto de Gestión de Riesgos de Desastres en la Facultad de Arquitectura, Construcción e Ingeniería Civil de la Universidad de Loughborough. Es miembro de la Real Sociedad Geográfica y coordinador de la Comisión de Trabajo (W120) sobre Desastres y Entorno Construido del Consejo Internacional de Construcción. Ha escrito, en colaboración con Ksenia Chmutina, el libro Disaster Risk Reduction for the built environment. Twitter: @leebosher.

Publicado originalmente en openDemocracy

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)

Nota del traductor: El artículo original no contiene las referencias de las citas bibliográficas.

https://flipboard.com/@jvillate/disenso-hika-dqu3o9g2y
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