Por qué ha fracasado el “socialismo del siglo XXI”

La revolución bolivariana mejoró las vidas de millones, pero no fue capaz de enfrentarse a la lógica del capital

Eva María


En los seis últimos meses, los gobiernos de centro-izquierda de América del Sur han experimentado importantes reveses electorales, dando paso a victorias de la derecha que podrían señalar el final definitivo de la denominada “marea rosa”.

En Argentina, el conservador Mauricio Macri ha alcanzado la presidencia; la oposición venezolana ha logrado una mayoría de dos tercios en el parlamento; Evo Morales ha perdido un referéndum que le habría permitido buscar la reelección, y Dilma Rousseff fue destituida del poder por las élites brasileñas.

Hasta este giro a la derecha, América del Sur fue un faro para la izquierda internacional. El boom de las materias primas, conocido como la “década dorada”, renovó los debates sobre cómo lograr una sociedad justa en América Latina, históricamente una de las regiones con mayores desigualdades del planeta.

En particular, el liderazgo de Hugo Chávez provocó un interesante, aunque extremadamente contradictorio, discurso sobre el socialismo del siglo XXI en Venezuela y otros lugares.

Pero ahora, los gobiernos de la marea rosa, incluyendo aquellos con una visión más radical de la transformación social, como Venezuela, están en retroceso. El boom de las materias primas ha terminado y, con él, ha sobrevenido una importante crisis económica que está poniendo en aprietos a todo el proyecto.

Se nos plantean serios problemas: ¿significan estos reveses el fin del giro a la izquierda de la región? ¿Qué está en juego en Venezuela? ¿Qué papel ha jugado EEUU en todo esto? ¿Qué pasa con China? Y más importante, ¿significa esta crisis política y económica que el “socialismo del siglo XXI” ha fracasado?

Para responder a estas preguntas, tenemos que analizar cuidadosamente este periodo, examinando las condiciones que dieron lugar a este ciclo progresista, los objetivos explícitos e implícitos, los logros y la situación actual.

Si analizamos de cerca la Venezuela de Hugo Chávez — el país más influyente de la marea rosa — , podemos llegar a algunas conclusiones generales sobre los intentos de la región para superar los retos del periodo neoliberal. Una evaluación cuidadosa de la revolución bolivariana revela que el socialismo de Chávez solo ha tenido una vida retórica: las mejoras reales, como la redistribución de la riqueza, han sido compatibles con el orden capitalista global.

La crisis de Venezuela

Todos los que siguen los principales medios de comunicación han desarrollado un interés creciente en la crisis humanitaria de Venezuela. La única solución de esta crisis, dicen, es que el gobierno de Nicolás Maduro se retire y deje su lugar a la coalición opositora Mesa de Unidad Democrática para que estabilice el país.

A finales de junio, THE NEW YORK TIMES publicó un artículo que decía:

La crisis económica de Venezuela — provocada por la caída de los precios del petróleo tras una década de gastos públicos excesivos, endeudamiento creciente y corrupción — ha conducido a una escasez de medicamentos, alimentos y otros bienes. Mientras tanto, el presidente Nicolás Maduro, que ha militarizado las ciudades en respuesta a la crisis, está enfrentando una masiva demanda de un referendum revocatorio.

El artículo aparecía después de varios titulares que mostraban la desesperación de las clases medias y bajas venezolanas mientras esperaban en largas colas para comprar en supermercados con los estantes vacíos y farmacias sin medicamentos.

La revista FORBES también se interesó repentinamente por la suerte del pueblo venezolano. En las últimas semanas, ha publicado una serie de artículos con los siguientes títulos (en inglés): “Felicitaciones al socialismo bolivariano: Venezuela ya tiene sus disturbios alimentarios”, “Felicitaciones al socialismo bolivariano: Venezuela se enfrenta a una hambruna inminente” y, más recientemente, “Felicitaciones al socialismo bolivariano: 35.000 venezolanos abandonan el país para poder alimentarse”.

Así mismo, según la revista BLOOMBERG, el gobierno de Maduro es el culpable, sobre todo por su mala conducta y hostilidad hacia EEUU. En un artículo publicado el mes pasado con el título (en inglés) “Un pequeño paso en el desastre de Venezuela”, el consejo editorial escribía:

Los ciudadanos del país con las mayores reservas de petróleo del mundo están protestando por la falta de alimentos y están muriendo por la escasez de medicinas. Mientras tanto, el presidente Nicolás Maduro están haciendo todo lo posible para neutralizar a la oposición que quiere destituirle. La frustración pública amenaza con provocar violentos disturbios con repercusiones para los vecinos cercanos y lejanos.


Estos relatos de la crisis venezolana vienen a veces con propuestas. En el artículo de BLOOMBERG, por ejemplo, el analista se aventura en lo que debería pasar:

Lo que se necesita son estrategias inteligentes y nuevos actores que hagan una diplomacia más eficaz. China — el mayor benefactor de Venezuela en los últimos años — tiene gran interés financiero en convencer a Maduro para que modifique sus políticas económicas.

Al mismo tiempo, EEUU debería dejar claro a las fuerzas armadas de Venezuela que las sanciones limitadas contra algunos oficiales por corrupción y violaciones de los derechos humanos podrían ampliarse rápidamente. También debería intensificar sus esfuerzos para ayudar a los países caribeños a librarse del suministro barato de petróleo venezolano, que ha influido en sus votaciones en la Organización de Estados Americanos y en la ONU.

Ciertamente, Venezuela se enfrenta a su peor crisis desde que Chávez subió al poder. Las estanterías de los supermercados en la mayoría de los barrios obreros están básicamente vacías y el país carece de medicinas. Según recientes informaciones del Fondo Monetario Internacional, la hiperinflación ha llegado al 500 por ciento y los salarios de la mayoría de la gente ya no bastan para cubrir las necesidades básicas.

Sin embargo, lo que también está claro es que ni el gobierno ni la oposición ofrecen soluciones reales. Maduro está a la defensiva en contra de una oposición derechista enfurecida, tratando de impedir el referéndum revocatorio y de culpar de los problemas del país a una guerra económica organizada por los capitalistas locales y el imperialismo estadounidense.

Por su parte, la oposición ha centrado su energía en derrocar a Maduro y liberar a los denominados presos políticos. Los ciudadanos venezolanos, mientras tanto, quieren propuestas reales y no creen que ningún partido sea capaz de frenar la crisis.

Pero, ¿por qué no puede el gobierno resolver la crisis? ¿Es solo debido a la caída de los precios del petróleo? ¿Es debido a la guerra económica? ¿Es porque, como dicen los medios de EEUU, ha fracasado el socialismo, otra vez?

La crisis del ‘statu quo’

Venezuela ha sido considerada durante muchos años como un lugar no apto para que la izquierda ganara el poder y reorientara las prioridades económicas y políticas del país. Con las quintas reservas de petróleo más grandes del mundo y relativamente cercana a EEUU, la clase dominante de Venezuela ha estado completamente subordinada a los intereses de su vecino imperialista.

Después de la caída de la dictadura de Pérez Jiménez en 1958, Acción Democrática — supuestamente de centro-izquierda — y el conservador Partido Demócrata Cristiano (COPEI) hicieron un acuerdo de reparto del poder que duró cuarenta años.

El pacto, conocido como sistema de “punto fijo”, consistía en alternarse en el poder cada cuatro años, con el objetivo explícito de excluir al Partido Comunista, que entonces tenía una gran influencia en el movimiento obrero. Así las cosas, las formaciones políticas socialistas que luchaban por hacerse un lugar en el sistema electoral y la izquierda permanecieron fragmentadas y minoritarias.

El presidente venezolano Nicolás Maduro.

Este sistema bipartidista sobrevivió casi sin objeción hasta principios de los 80. Una serie de inversiones en infraestructuras, que fueron posibles gracias a los beneficios petroleros, dieron la ilusión de que el país podía seguir creciendo de forma indefinida y evitar el destino de otros países sudamericanos en vías de desarrollo, que padecieron severas crisis políticas y económicas y una ola de dictaduras militares en los años 70.

Esta esperanza quedó hecha añicos con la dramática caída de los precios del petróleo en 1982, que coincidió con la crisis de la deuda de 1982–1983. De repente, Venezuela se vio sumida en una profunda crisis de la deuda que no podía pagar y, por consiguiente, fue muy vulnerable a las presiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y al giro neoliberal que ya había experimentado el resto de América Latina.

Las políticas de ajuste estructural impuestas por el FMI devastaron la región. La parte de los ingresos del 40 por ciento más pobre pasó del 19,1 por ciento en 1981 al 14,7 por ciento en 1997, mientras que el 10 por ciento más rico incrementó su parte del pastel desde el 21,8 por ciento al 32,8 por ciento.

En cifras absolutas, esto significó un aumento de 83 millones de pobres en América Latina. En Venezuela, el PIB cayó un 40 por ciento, un hecho sin precedentes.

La crisis económica provocó el primer movimiento social importante contra el neoliberalismo en América Latina. El 7 de febrero de 1989, miles de venezolanos de los barrios pobres bajaron a Caracas para manifestarse y llevar a cabo saqueos, en lo que se conoció como el “caracazo”.

El ejército mató a unas 3.000 personas para suprimir las protestas. La legitimidad del sistema de “punto fijo” y del neoliberalismo cayeron por los suelos.

A pesar de su enorme poderío, este levantamiento popular no se transformó en una izquierda más fuerte. La caída del muro de Berlín ese mismo año y la disolución de la Unión Soviética contribuyeron a la desorientación y fragmentación de la izquierda venezolana. Perdió su oportunidad para convertir el malestar social en un movimiento de masas sostenible, dejando que fuera una personalidad carismática la que tomara el centro de la escena.

Chávez entró en la arena política para oponerse a las odiadas políticas neoliberales. Era un oficial del ejército de orígenes indígenas, criado por su madre soltera en la rural Barinas. En 1992, un pequeño grupo de militares disidentes llamado Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 (MBR–200), dirigido por Chávez entre otros, organizó un golpe de estado contra el presidente Carlos Andrés Pérez, reivindicando la causa de los pobres venezolanos.

El golpe fracasó y Chávez fue a prisión. Pero desde entonces fue conocido como un héroe que luchaba contra un sistema decadente.

En 1989, la crisis de legitimidad obligó al gobierno a permitir algunas reformas políticas y el presidente Rafael Caldera liberó a Chávez en 1994. Estos cambios menores también permitieron que los partidos excluidos del sistema de “punto fijo” optaran a ganar las elecciones. Por primera vez, ganaron posiciones en los niveles locales y nacional.

Admirado por muchos por el intento de golpe de estado de 1992, Chávez llegó a la presidencia en 1998 con un 56,2 por ciento de los votos, el mayor respaldo logrado por un partido hasta entonces. Su campaña no fue tan radical como la de otros partidos populistas y de centro-izquierda. Su plataforma prometió poner fin al sistema de “punto fijo” y crear una asamblea constituyente que incluyera a todos los sectores de la sociedad venezolana, no solo a los ricos.

Acostumbrada a hacer lo que quería, la clase dominante venezolana vio en el plan de Chávez de incorporar a todos los venezolanos al proceso político una amenaza. Pero al principio, el proyecto bolivariano no era excesivamente radical y tan solo contemplaba una reforma constitucional para incluir nuevas voces en el gobierno y el fin del pacto de “punto fijo” de los dos partidos dominantes.

Hacia un nuevo socialismo

En ese momento, el proyecto de Chávez no era muy radical y su posición como presidente de centro-izquierda no había sido apoyada todavía por otros líderes de centro-izquierda de la región. Sin embargo, tuvo que enfrentarse rápidamente a una fiera oposición a sus reformas, sobre todo a las relacionadas con la reestructuración de PDVSA (Petróleos de Venezuela, S.A.), la compañía estatal de petróleo, que eliminaría la corrupción en su gestión y la influencia de EEUU. Uno de sus principales objetivos era utilizar los ingresos del petróleo para elevar el nivel de vida de la mayoría pobre de la población, pero esto significaba atacar los intereses de un sector de la clase dominante vinculado con EEUU.

En abril de 2002, la derecha, colaborando con sectores del ejército, enseñó sus garras mediante un intento de golpe de estado contra el gobierno bolivariano. A pesar del apoyo incondicional de los medios de comunicación privados y el respaldo de Washington, la operación fue brillantemente desbaratada por millones de ciudadanos que se reunieron alrededor del palacio presidencial en Caracas para exigir el retorno de Chávez a la presidencia, lo que consiguieron al cabo de 48 horas.

Fue la demostración de fuerza del pueblo venezolano la que dio lugar a la radicalización de la revolución bolivariana. Entendiendo que la clase dominante no estaba interesada en unirse a su proyecto de una Venezuela más justa, Chávez renunció a sus intentos de apaciguar al centro y se orientó a construir el poder popular con la mayoría pobre.

Otros dos ataques de la derecha inclinaron al proyecto decididamente hacia la izquierda. El primero fue la huelga patronal de diciembre de 2002, cuando los gerentes de PDVSA cerraron la producción durante dos meses, exigiendo la dimisión de Chávez. Los trabajadores prochavistas se enfrentaron a las élites, asumieron la dirección de la empresa y la volvieron a poner en marcha.

Dos años más tarde, la derecha trató de convocar un referéndum revocatorio. Gracias a las reformas constitucionales introducidas por Chávez, el presidente venezolano está sometido a revocación en la mitad de su mandato.

Tras haber perdido estas dos andanadas antidemocráticas contra el gobierno, la oposición decidió tomar la ruta constitucional y demandar un voto de revocación, tal como están tratando de hacer ahora. Chávez y sus seguidores ganaron la votación por amplia mayoría y, con esta victoria, consolidó su liderazgo, no solo en el país sino también en la región.

Su influencia quedó patente en el Foro Social Mundial de 2005, un punto de inflexión para el continente. Allí, Chávez declaró que la revolución bolivariana era ahora una revolución socialista. Pero no el socialismo de la Unión Soviética, diría, sino uno nuevo, con características latinoamericanas y adaptado a las nuevas fuerzas sociales, un socialismo del siglo XXI.


La nueva Venezuela socialista, argumentaría Chávez, tenía que atravesar una transición gradual desde el capitalismo mediante la lenta construcción del poder popular desde abajo. La idea principal era esta: la construcción de pequeños espacios de poder autónomo basado en la lógica de la solidaridad, la autogestión de los trabajadores y la cooperación se iría apoderando lentamente del estado capitalista hasta que su existencia se volviera redundante e irrelevante.

Puesto que Chávez tenía el poder estatal, el proceso podía comenzar inmediatamente. Podía utilizar su posición para dar a los trabajadores los recursos para permitirles tomar el control político y económico de sus comunidades. Y animó a otros dirigentes de estado latinoamericanos a hacer lo mismo.

Llamó a este proceso “los cinco motores del socialismo en Venezuela”, que le distingue de la tradición socialista revolucionaria de toma del poder mediante una revolución obrera. Según Chávez, el motor más importante — y que sigue siendo objeto de debate — es el número cinco: la explosión del “poder comunal”, el último paso hacia el socialismo en el que los consejos comunales, órganos de autogobierno de las comunidades, reemplazarán eventualmente al estado capitalista.

Según Chávez y su mentor marxista Istvan Mészaros — autor del renombrado libro Beyond Capital — , la clave de una exitosa revolución socialista en el siglo XXI es que no suponga que una clase se imponga a otra, sino que los socialistas consigan una mayoría social mostrando cómo funciona su sistema en la práctica diaria.

Y de esta forma, el presidente venezolano estableció el objetivo del socialismo — rechazado hace mucho tiempo — como la única alternativa al neoliberalismo y al imperialismo estadounidense. El proceso bolivariano había tomado un giro más radical con su más carismático y admirado líder a su cabeza.

Se formaron consejos comunitarios, se nacionalizaron algunas compañías improductivas y se convirtieron en cooperativas, la Unión Nacional de Trabajadores reemplazó al sindicato controlado por la derecha que había participado en el fallido golpe de estado, y las misiones sociales para extender los servicios de salud y educación a los barrios alcanzaron su apogeo.

Este proceso elevó sustancialmente la calidad de vida de las clases populares, aparentemente más que en los países aliados de Chávez, Brasil y Argentina. Como dice Lee Sustar,

Estas mejoras han supuesto una reducción de la pobreza desde el 55 por ciento al 34 por ciento de la población; la alfabetización de 1,5 millones de adultos; la práctica eliminación del hambre, gracias a los supermercados subvencionados que dan servicio a 13 millones de personas; la atención médica proporcionada por médicos cubanos en centros de salud gratuitos en los barrios pobres, que han alcanzado a 18 millones de personas, casi el 70 por ciento de la población; el acceso de los pobres y los trabajadores a los estudios superiores, y los programas de discriminación positiva para los pueblos indígenas.

Las mejoras fueron innegables, pero algunos argumentan que solo fueron posibles por la subida de los precios del petróleo.

La ‘década dorada’

En 2003, un boom en la producción de materias primas, impulsado por un aumento de la demanda de mercados emergentes como el indio y el chino, abrió nuevas posibilidades económicas en América Latina. Los precios del cobre, la soja, el mineral de hierro y, lo que es más importante, del petróleo subieron y muchos países pudieron aprovechar esta oportunidad para un crecimiento económico sin precedentes.

Este periodo fue conocido como la “década dorada”. Entre otras cosas, permitió a los gobiernos de la marea rosa (la Venezuela de Chávez y después de Maduro, el Brasil de Lula y después de Rousseff, la Bolivia de Evo Morales, el Uruguay de José Mújica, el Ecuador de Rafael Correa y la Argentina de Néstor Kirchner y después de Cristina Fernández Kirchner) adoptar medidas sociales populares en diversos grados, evitando la confrontación directa con la burguesía. El crecimiento pudo minimizar las tensiones y pacificar los conflictos entre sectores sociales, otorgando a estos gobiernos la estabilidad necesaria para sacar adelante medidas progresistas.

Además de posibilitar el gasto social, el boom también ofreció a los nuevos gobiernos latinoamericanos un mayor margen de maniobra frente al poder imperial de EEUU, sobre todo cuando la atención de Washington se centró en las costosas debacles de Irak y Afganistán.

Al mismo tiempo que la influencia de EEUU menguó, el hambre chino de materias primas latinoamericanas dio lugar a nuevas relaciones comerciales: el comercio de China con la región creció un 1.200 por ciento entre 2000 y 2009.

Venezuela es un ejemplo de esta tendencia. Antes de la presidencia de Chávez, China no había invertido más de 500 millones de dólares al año. En 2009, llegó a los 7.500 millones de dólares, convirtiéndose Venezuela en el principal receptor de inversiones chinas.

Sin embargo, las recientes desaceleraciones económicas — incluyendo la de China, que conoció su año de crecimiento económico más lento en 24 años, y la de Europa, que sigue sumida en una crisis económica y política — debilitaron la demanda. Combinado con una crisis de superproducción originada por el periodo del boom, esto provocó una drástica caída de los precios de las materias primas, sobre todo, del petróleo.

Los precios de las materias primas han alcanzado su punto más bajo de los doce últimos años, lo que explica en gran medida por qué las economías latinoamericanas dependientes de las exportaciones han visto disminuir el crecimiento de su PIB, cayendo desde un promedio del 4–6 por ciento entre 2003 y 2013 a un 1,2 por ciento en 2014 y aún más bajo en 2015. La “edad dorada” de fuerte crecimiento económico parece haber llegado a su fin.

Atascado en el capitalismo

En Venezuela, Chávez y sus aliados desarrollaron una nueva teoría socialista que ha inspirado a millones de personas que creen que se ha abierto una nueva vía al socialismo. Pero hoy, en crisis y desorden, el país no parece que sea una sociedad socialista.


Algunos en la izquierda culpan a Nicolás Maduro — el sucesor de Chávez — y a su gobierno de haber traicionado a la revolución a través de la corrupción y de una mala gestión de los fondos. Pero el problema comenzó con el liderazgo de Chávez y la idea de que el socialismo era un proyecto dirigido por el estado.

Dos años después de su anuncio en el Foro Social Mundial, Chávez llamó a la formación del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) para agrupar a todas las fuerzas comprometidas con el avance de la revolución bolivariana. Los socialistas que apoyaban al presidente, pero eran críticos con la burocracia que ya se estaba formando a su alrededor, se vieron metidos en un brete: o bien se unían a un partido jerarquizado que tenía el apoyo de millones de trabajadores o serían marginados.

Al final, la mayoría de las formaciones socialistas aceptaron participar y, en poco tiempo, las filas del PSUV crecieron notablemente. Sin embargo, el partido no dependía de la participación activa de sus miembros, a pesar de lo que dijera Chávez. Una estructura burocrática, donde la crítica, el debate abierto y la participación de la base eran más la excepción que la regla, se hizo con el poder.

El partido formalizó la capa burocrática de supuestos chavistas que se hicieron cargo de los diferentes sectores del estado. En poco tiempo, esta nueva casta fue presa de corruptelas mientras seguía desplegando una retórica socialista. Las ideas del gobierno de financiar y apoyar el poder popular no funcionaron en la práctica.

Con el gobierno de Maduro, esta casta burocrática parece haber adquirido aún más poder gracias a relaciones clientelares con algunos de los muchos programas sociales que fueron ideados para construir el poder popular desde abajo.

La riqueza proporcionada por los altos precios del petróleo durante la “década dorada” pudo enmascarar esta insostenibilidad, pero la dramática caída de esos mismos precios en todo el mundo ha sacado a la luz los profundos problemas del proyecto bolivariano.

Pero no fue el socialismo lo que causó la crisis, sino la falta de socialismo: las medidas populares promulgadas durante los años más prósperos de la revolución no eran socialistas, sino intentos de reformar el capitalismo y evitar una confrontación total con la clase dominante.

El tipo doble de cambio fijo — destinado a subsidiar la producción y distribución de alimentos en el país — lo demuestra. Para que los alimentos llegaran a todo el mundo, el ministro de economía elaboró un plan que proporcionaba dólares preferentemente a las empresas que importaran esos alimentos básicos y los vendieran a un precio subsidiado en los supermercados.

Desde el principio, los capitalistas locales trabajaron con la nueva burocracia para aprovecharse del sistema. Algunos robaron dinero manipulando las cifras de importación de bienes. Otros importaron realmente los bienes comprometidos, pero luego los vendían de contrabando a través de Colombia para obtener un mejor precio o los vendían directamente en el mercado negro, donde los beneficios eran mucho más elevados.

Esta lógica de búsqueda de beneficios es la forma en que opera el sistema capitalista en su conjunto, pero esto es particularmente irritante porque los encargados de financiar el “socialismo del siglo XXI” fueron los que participaron activamente en los precios fraudulentos.

Esta situación, junto con el bajo precio del petróleo y las maniobras de la derecha para sabotear cualquier medida progresista, fueron las causas principales de la crisis que, como siempre, afecta más duramente a los más pobres.

En todo el continente, los gobiernos populares y de izquierda están en retroceso. En Brasil, Dilma Rousseff ha sido destituida tras haber sido acusada de corrupción, y su Partido de los Trabajadores no ha sido capaz de movilizar a su base para defenderla. El partido de Kirchner no presentó un candidato elegible, regalando las elecciones al conservador Macri. Evo Morales perdió en Bolivia por primera vez, en este caso se trató de un referéndum que le habría permitido presentarse para un cuarto mandato.

Sin embargo, este giro a la derecha no constituye un voto en favor del conservadurismo. Es un voto de protesta contra la incapacidad de los partidos de izquierda para hacer frente a la crisis. Las vacilaciones de estos partidos para enfrentarse al capitalismo como sistema ha estancado los procesos y han hecho que este ciclo progresista haya dependido de los dictados del mercado.

En busca de alternativas

Los fracasos del aclamado “socialismo del siglo XXI” se remontan a algunos debates bien conocidos en la tradición socialista. El proceso bolivariano puso mucha fe en la idea de que el socialismo puede ser desarrollado desde arriba gracias a la buena voluntad de líderes como Chávez. Pero no importa lo fieles que estos líderes permanezcan a sus ideales, el socialismo tiene que desarrollarse desde abajo, mediante la lucha de la clase trabajadora por su emancipación.

En segundo lugar, oscureció la idea de que el capitalismo no puede ser reformado completamente. Mientras la riqueza entre en el país, los proyectos de construcción de un poder popular y de mejora de las condiciones de vida de los pobres pueden coexistir con el capitalismo. Pero tan pronto como este entre en crisis — que es algo que sucederá inevitablemente — y las fuentes de ingresos se sequen, la redistribución de la riqueza entrará directamente en conflicto con las necesidades de la clase capitalista.

Una dinámica similar ocurre con la socialdemocracia europea: a menos que las palancas del poder les sean retiradas a los capitalistas y se pongan en las manos de los trabajadores, las mejoras siempre serán revertidas.

Enfrentado a estas contradicciones, y a un partido y una burocracia estatal poco manejables, Maduro parece estar atascado. Si quisiera plantar cara a la corrupción, tendría que revolverse contra la burguesía local, así como contra la gente de su propio partido que está utilizando el estado para acumular riqueza.

La derecha, aunque dividida, solo conoce la fórmula neoliberal habitual: librarse de Maduro, privatizar la compañía estatal de petróleo, devaluar la moneda y dar la bienvenida a EEUU y aquellas instituciones repaldadas por Washington, como el Fondo Monetario Internacional.

La extrema necesidad de una alternativa es la razón por la que muchos en la izquierda venezolana — y en toda América Latina — están buscándolal fuera de los partidos de centro-izquierda que han liderado los gobiernos de la marea rosa.


Eva María es miembro de la Organización Socialista Internacional.

Publicado originalmente en: Why “Twenty-First-Century Socialism” Failed, Jacobin, 4/08/2016

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)

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