La tragedia del desplazamiento forzoso


Graham Peebles

Constituye la mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial, que afecta a gran número de personas y que reclama lo mejor de nosotros. Sin embargo, en lugar de compasión, comprensión y unidad, la respuesta más común a las necesidades de los refugiados y los inmigrantes es la intolerancia, la ignorancia y la sospecha.

En la actualidad, hay un número sin precedentes de personas desplazadas en nuestro mundo y los niños representan un porcentaje desproporcionado del total. Las cifras de ACNUR son detalladas y sorprendentes y exigen nuestra atención: la población mundial de personas desplazadas por la fuerza hoy en día es de 65,3 millones, “más grande que toda la población del Reino Unido”. De este total, casi 25 millones son refugiados (la mitad son niños, muchos de ellos no acompañados), de los cuales 3,2 millones se encuentran en los países desarrollados a la espera de que respondan a sus peticiones de asilo. El resto, 41 millones, son desplazados dentro de sus propios países: Siria, Colombia, Yemen e Irak constituyen la parte del león.

El movimiento de grandes grupos de personas es, sobre todo, el resultado de guerras de un tipo u otro. Esto queda reflejado en el hecho de que más de la mitad de los refugiados del mundo procede solo de tres países: Siria (4,9 millones), Afganistán (2,7 millones) y Somalia (1,1 millones). Hay también quienes huyen de conflictos como los de Yemen, Libia, Nigeria y Sudán, y la ONU reconoce otros cinco conflictos armados solo en África, sin incluir a Etiopía, donde hay disturbios civiles, ni Eritrea. Añadamos a esta lista países gobernados por regímenes represivos y otros en los que las oportunidades económicas son escasas y la magnitud de la crisis migratoria irá apareciendo antes nuestros ojos. Merece la pena señalar que alrededor del 90 por ciento de los refugiados (personas que huyen de la violencia) no está hacinándose en las ciudades de los países industrializados, como algunos políticos mentirosos sugieren. Están en campos de refugiados de países pobres próximos a los suyos, viviendo en malas condiciones de incertidumbre y miseria.

Vulnerabilidad masiva

La mayoría de las personas no sale de su tierra natal por deseo propio. Lo hace porque su pueblo o ciudad está en una zona de guerra, son perseguidos y están en peligro o porque no encuentran trabajo con el ganarse la vida. En esas circunstancias, ¿no haríamos nosotros lo mismo? Y, sin embargo, los inmigrantes se han convertido en muchos países de todo el mundo en los chivos expiatorios de todos los males sociales y económicos. Denigrados públicamente y tratados a menudo como delincuentes por políticos crueles y demás funcionarios, son amontonados en centros de detención y similares que, en muchos casos, son peores que las cárceles. En sectores sociales intolerantes, el término “inmigrante” se ha convertido en una mala palabra, sinónimo de delincuencia y extremismo. Son descritos como una amenaza potencial para la “seguridad nacional” o como “terroristas islámicos” por aquellos que están al borde de la locura, fanáticos con banderas que se autodenominan políticos, pero emplean la retórica de la intolerancia y el miedo para avivar los instintos tribales que deberían, por el contrario, haber sido desechados hace décadas en favor del entendimiento mutuo, la tolerancia y la fraternidad universal.

Los inmigrantes no son delincuentes. Son seres humanos que tratan de sobrevivir en un mundo injusto y hostil, un mundo en el que los conflictos violentos — que son la causa de estos movimientos masivos de personas — son promovidos por una poderosa e insaciable industria de armamentos (que factura 1,7 billones de dólares o, lo que es lo mismo, el 3 por ciento del PIB mundial) y los intereses geopolíticos. Un mundo basado en conclusiones erróneas, donde la comercialización de todas las áreas de la vida ha llevado a la mercantilización de todo, incluidas las personas mismas, incluidos los niños mismos. En este mundo dominado por el dinero y el miedo, los más vulnerables son vendidos. La vulnerabilidad surge de la pobreza y hace posible la explotación. Son pocos los seres humanos más vulnerables e indefensos que los inmigrantes, sobre todo, los niños inmigrantes.

La mayoría de las personas que huyen de los conflictos o de la miseria en Oriente Medio y África (tanto del norte como la subsahariana) se dirige principalmente a Europa. En 2016, 363.348 personas llegaron a algún puerto mediterráneo, aproximadamente una tercera parte eran niños y niñas, y el 90 por ciento no iban acompañados. La mayoría de estas personas cruza el mar Mediterráneo, desde Libia, para llegar a Italia o Grecia, y de ellas se estima que 5.078 han perecido ahogadas al hacer la travesía solo en 2016.

Desde la agresión de EEUU contra Libia de 2011, el país se ha convertido en una sociedad dominada por el caos y el terrorismo, la inestabilidad política y el crimen. En esa tierra sin ley, el Observatorio de Derechos Humanos (HRW, por sus siglas en inglés) ha registrado que centenares de miles de inmigrantes inocentes — incluidos niños y niñas — han sufrido torturas, violencia sexual y trabajos forzados a manos de “guardias de prisión, miembros de la Guardia Costera y traficantes”. Recientes investigaciones llevadas a cabo por la Organización Internacional de Migración (OIM) han establecido que los inmigrantes están siendo comprados y vendidos como esclavos por los libios. Se trata, sobre todo, de hombres jóvenes de familias pobres, principalmente de Nigeria, Ghana, Gambia y Senegal. Pagan a los traficantes centenares de dólares para que les lleven a Libia y cuando llegan a este país, informa la OIM, son entregados a los contrabandistas para su venta. En otros casos, los inmigrantes son secuestrados y posteriormente subastados al mejor postor. Las mujeres y las niñas son “compradas por personas (libias) privadas y llevadas a casas en las que son convertidas en esclavas sexuales”. Se cree que en la actualidad hay en Libia unos 800.000 inmigrantes.


Cuando las personas que sobreviven a los horrores de Libia llegan a Europa, la pesadilla está lejos de terminar para muchos. Save the Children ha informado que miles de inmigrantes son objeto de tráfico en Europa cada año. La mayoría son mujeres y niñas, principalmente de Nigeria y Rumania, que son obligadas a ejercer la prostitución entre rituales de vudú y amenazas a sus familias. Algunas apenas tienen 13 años. Los chicos también son víctimas: “las redes sociales como Facebook” son utilizadas “para atraer a chicos con la promesa de una vida mejor”. La realidad es el trabajo esclavo en Roma o Milán. Mientras el número de niños no acompañados que llegan a las costas europeas se dobla un año tras otro, los riesgos de explotación y sufrimiento aumentan. Europol cree que alrededor de 10.000 “niños refugiados no acompañados han desaparecido después de alcanzar Europa”.

Víctimas de las circunstancias

Las cifras son brutales y las demandas a los países para satisfacer las necesidades de millones de personas desplazadas son intensas y complejas. Pero como ha declarado el Papa Francisco, que es la voz de la razón y el sentido común, “no debemos sorprendernos por esos números, sino verlos como personas, ver sus rostros y escuchar sus historias, tratar de responder lo mejor posible a su situación (…) de una forma que sea siempre humana, justa y fraternal. Tenemos que evitar la tentación, que es habitual en nuestros días, de apartar todo lo que nos resulta molesto”.

Cuando los inmigrantes llegan a su destino, sin conocer a nadie, sin hablar el idioma y sin comprender la cultura del país en cuestión, se enfrentan a la gigantesca tarea de reconstruir sus vidas. Todo depende del apoyo y de la acogida que se les ofrece. En EEUU, a pesar de la retórica antagonista de Trump, la actitud de la mayoría de los estadounidenses es claramente positiva. Según un estudio del Centro de Investigación Pew, el 63 por ciento de los adultos estadounidenses cree que los inmigrantes benefician al país, y solo un 27 por ciento opina que quitan puestos de trabajo, viviendas y atención médica. En Europa, sin embargo, el cuadro es menos alentador: en ocho de los diez países europeos en los que se llevó a cabo el estudio, el 50 por ciento o más de los adultos entrevistados dijo que los refugiados representaban un mayor peligro de terrorismo y en ninguno de los diez países hubo una mayoría que creyera que la diversidad era positiva.

Es fundamental, y moralmente justo, que todas las personas desplazadas sean tratadas con amabilidad, comprensión y confianza. Los países de destino deben ser acogedores, las políticas de los gobiernos deben apoyar a los inmigrantes y ser incluyentes, facilitando la integración, pues, como dijo el Papa Francisco, “un refugiado no solo debe ser bienvenido, sino también integrado (…) y si un país solo puede integrar a, digamos, veinte, entonces solo debería aceptar veinte. Si otro país puede aceptar más, debería aceptar más”.

Las personas desplazadas (refugiadas o inmigrantes económicos) que están encerradas en un campo de refugiados o se encuentran en un edificio abandonado, esperando al resultado de su solicitud de asilo o que están en tránsito hacia algún otro lugar, son víctimas de las circunstancias. No son los que están orquestando o llevando a cabo los conflictos violentos en el mundo, ni son los responsables de las condiciones económicas de sus países de origen. Son víctimas de un mundo dividido, fragmentado por la religión, la pertenencia étnica, la ideología y la economía, y con la intensificación de estas causas, también se incrementan las consecuencias, como el desplazamiento de las poblaciones.

Las soluciones de esta importante crisis y, ciertamente, de muchos otros problemas parten del reconocimiento del hecho de que somos hermanos y hermanas de una única humanidad. Si comprendemos esto, las divisiones hostiles basadas en el nacionalismo y la identidad étnica comienzan a desvanecerse, mientras que la diversidad de concepciones y tradiciones culturales enriquece nuestro tejido social. Este sencillo cambio en nuestra forma de pensar — sencillo pero enorme — facilitaría los cambios en todas las áreas sociales: compartir, cooperar y tolerar con los otros ayudaría a remodelar nuestros sistemas socioeconómicos, cambiar totalmente su naturaleza, permitiendo que se desarrolle la justicia social, confiando en que el crecimiento y la paz ayuden a solucionar los problemas de nuestro atribulado mundo.


Graham Peebles es escritor independiente. Le puedes contactar en graham@thecreatetrust.org o en su sitio web.

Publicado originalmente en: The Tragedy of Forced Displacement | Dissident Voice

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)

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