Israel solo es refugio para judíos

David Sheen

Fuente: Israel’s abuse of African refugees exposes Zionism’s xenophobia, Middle East Monitor, 20/04/2015

Si bien la mayor parte de la animosidad del gobierno está reservada para los nativos palestinos, en los últimos años un grupo de nuevos inmigrantes se ha encontrado con niveles crecientes de hostilidad. Aunque ninguna inmigración está exenta de problemas, este grupo de inmigrantes ha sido objeto de persecución política y ataques de odio como ningún otro. A fin de cuentas no son judíos…

Los tres cambios más importantes en la población de Palestina —y después también de Israel— en los 133 últimos años ocurrieron a finales de los 40 del siglo pasado, principios de los 50 y en la última década del siglo XX. En el primer caso, al recién declarado estado de Israel expulsó a cientos de miles de árabes palestinos y no permitió que volvieran a sus hogares tras el armisticio. En el segundo y el tercero de los casos, el gobierno israelí facilitó la inmigración de alrededor de un millón de judíos de todo el mundo.

Estos tres procesos demográficos históricos de la población de Palestina-Israel acrecentó la proporción de judíos con respecto a los gentiles en el país. A pesar de esto, en los territorios controlados por Israel (los que están bajo soberanía israelí, los territorios ocupados y la sitiada Gaza) los no judíos siguen superando a los judíos: aquellos representan el 51 por ciento frente al 49 por ciento de los últimos.

Evidentemente, nadie está dispuesto a tener menos derechos y privilegios que sus vecinos por el mero hecho de pertenecer a un grupo étnico o religioso diferente. Pero los judíos de Israel, que quieren que el estado siga otorgándoles más derechos y privilegios que a los gentiles —algo que viene sucediendo desde su creación—, buscan limitar el sufragio de los no judíos que viven en los territorios controlados por Israel para evitar que pongan en peligro su estatus de privilegiados, sea mediante los votos o los balas.

En el siglo XXI, no se han producido cambios importantes en la población de Israel y tampoco se espera ninguno en el futuro inmediato. En la actualidad, los judíos están abandonando Israel a un ritmo similar al que otros judíos están inmigrando. En realidad, los primeros superan ligeramente a estos últimos.

Los defensores de los derechos humanos ven esto como algo positivo, un signo de que, a pesar de la existencia de racistas antijudíos, la mayoría de los judíos que viven fuera de Israel se sienten lo bastante seguros como para seguir viviendo donde están. En estos lugares, los líderes políticos responden a los ataques racistas contra los judíos y las instituciones judías con muestras públicas de solidaridad con la comunidad judía local.

Sin embargo, los principales líderes israelíes, como el primer ministro Benjamín Netanyahu, están horrorizados por estas tendencias de los movimientos migratorios y han realizado repetidos llamamientos a los judíos que viven en otras partes del mundo para que emigren a Israel. Al mismo tiempo, han identificado a los ciudadanos palestinos que viven en Israel como un “problema” demográfico, buscan reducir su natalidad y alientan a los judíos israelíes a votar para compensar los votos emitidos por los árabes.

Si tenemos en cuenta las políticas y las declaraciones públicas antipalestinas de Netanyahu, no debería sorprendernos las respuestas draconianas de su gobierno a la primera oleada de inmigración no judía en la historia de Israel. Aún así, las circunstancias en que se encuentran estos inmigrantes y el desprecio que reciben de los líderes políticos israelíes rayan lo inverosímil.

En 2012, Israel construyó una costosa valla de alta tecnología a lo largo de su frontera terrestre con África. En los seis años anteriores, alrededor de 60.000 personas huyeron de la represión política y de las limpiezas étnicas que tuvieron lugar en el continente africano, caminaron a través de la península del Sinaí y cruzaron a Israel, donde pidieron asilo. Dos terceras partes de estos refugiados eran eritreos que escapaban de la esclavitud, mientras que el tercio restante eran sudaneses que escapaban de la limpieza étnica.

Estas 60.000 personas apenas representan un 0,5 por ciento de la población que reside en los territorios controlados por Israel y solo una diminuta fracción de los 50 millones de refugiados que hay hoy en el mundo, la cifra más elevada desde la Segunda Guerra Mundial. Según el derecho internacional del refugiado, que se promulgó y aprobó después del horror del Holocausto, Israel debería haber aceptado sus solicitudes de asilo y haberles permitido vivir en el país.

Pero no ha sido así. Israel se ha negado a conceder casi todas las solicitudes de permisos de trabajo de los africanos, dejándoles sumidos en la pobreza. Se les arrinconó en los barrios más pobres del país y no se invirtió un shekel en recursos adicionales para estos guetos, permitiendo que se acrecentara la lucha por los recursos escasos y generando gran resentimiento contra ellos. Luego, incitó al racismo extra contra ellos, acusándoles de ser criminales enfermos y potenciales terroristas.

La falta de voluntad del gobierno para facilitar el reasentamiento de estos refugiados en Israel es especialmente atroz, ya que recibe decenas de millones de dólares de EEUU todos los años para este propósito explícito. En la última década, el Congreso de EEUU transfirió al gobierno de Israel centenares de millones de dólares para ayuda a los refugiados. Pero estos fueron canalizados hacia la Agencia Judía, un grupo sectario que solo ayuda a los judíos y que no ha gastado ni un penique en los solicitantes de asilo.

La incitación al racismo de los líderes políticos y religiosos ha causado que el odio de los africanos solicitantes de asilo prolifere de modo alarmante. Judíos israelíes han destrozado escaparates de comercios africanos, han atacado con bombas incendiarias casas africanas e incluso un jardín de infancia y han agredido a gente africana en las calles, llegando a apuñalar a un bebé africano de un año en el centro de Tel Aviv. Si los autores de estos actos de violencia racista con capturados, reciben unas palmadas en la espalda y son puestos en libertad.

Con la simpatía de la gente hacia los buscadores de asilo casi extinguida, el gobierno ha aprobado una ley que le permite detener a los africanos en las calles y recluirlos en campos de concentración en el desierto. Una vez allí, el gobierno pone en práctica su política declarada de “hacerles la vida imposible” para que acepten, a regañadientes, ser deportados a sus países de origen, de los que huyeron de las torturas y del  hambre, si no quieren languidecer en estos campos de concentración para el resto de sus vidas.

A pesar de que la Corte Suprema de Israel ha dado su visto bueno a la legislación que discrimina a los no judíos, en este caso anuló esta ley particular, argumentando que los refugiados no han cometido ningún delito al solicitar asilo y que no merecían ser encarcelados. Después de que el parlamento israelí aprobara una segunda versión de la misma ley, la Corte Suprema la volvió a suspender. Sin embargo, ignorando las decisiones del alto tribunal y su orden de desmantelar el centro de detención, el gobierno acaba de aprobar una tercera versión de la ley.

Los planes israelíes de deportar a estos africanos a la Unión Europea o Australia —estados que también se muestran reacios a dar refugio a solicitantes de asilo no blancos procedentes del tercer mundo— han fracasado. Pero el líder de un país africano, el presidente de Ruanda Paul Kagame, ha aceptado públicamente acoger a algunos de estos buscadores de asilo, aunque no les concederá ningún estatus legal y ningún derecho como refugiados. A cambio, Israel compensará a Ruanda con armas y entrenamiento en el uso de las mismas.

No está claro si el acuerdo con Ruanda de refugiados por armas se llevará a cabo, forzando a los buscadores de asilo a retornar a África y poniendo más armas en las manos de Kagame. Pero si así fuera, será una triste secuela del vergonzoso papel que Israel jugó en el genocidio de Ruanda hace dos décadas. A pesar de que las milicias locales asesinaron entre medio millón y un millón de ruandeses, el gobierno israelí permitió que sus traficantes de armas siguieran vendiéndolas a los grupos que estaban llevando a cabo la matanza.

El gobierno israelí podría haber reparado algunos de los daños que ha causado al continente africano y conceder el estatus de refugiado a los 60.000 buscadores de asilo que consiguieron entrar en el país antes de que se sellara la frontera a cal y canto. Pero, puesto que limitar el número de no judíos en el país ha sido siempre un imperativo israelí, este pequeño grupo de desafortunados refugiados han caído presos del estado de la limpieza étnica.


David Sheen es un periodista y cineasta independiente natural de Toronto, Canadá, aunque ahora vive en Dimona, Israel.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)