Encontrar a mi familia en Yarmuk y… volver a perderla

Samah Salaime

Fuente: Finding my family in Yarmouk — then losing them again, +972 Magazine, 8/04/2015

Refugiados palestinos del campo de Yarmuk acuden al punto de distribución de ayuda humanitaria. (Foto: UNRWA)

 

Seis décadas después de que la Nakba nos forzara a huir a diferentes rincones del mundo, las redes sociales nos han permitido volver a relacionarnos con nuestras familias y pueblos. En Yarmuk, encontré a personas junto a las que debería haber crecido, que se parecían a mí y a mi familia. Y cuando la guerra estalló en Siria, Facebook quedó a oscuras y la gente desapareció… una vez más.

Los que no tienen familiares en los campos de refugiados de Siria pueden ver en las noticias, desde muy lejos, las atrocidades que están teniendo lugar, como si se tratara tan solo de una gran película de terror, una que causa una profunda angustia solo durante unas horas. Pero en aquellos que tienen familia y amigos que viven en la calle Haifa —la principal calle del campo de refugiados de Yarmuk, en Damasco— o aquellos que reciben una foto de un cuerpo de un conocido suyo, las mismas noticias dejan una profunda cicatriz psicológica que resulta prácticamente imposible de borrar.

Mis padres, que nacieron cuando se creó el estado de Israel, nos educaron con el telón de fondo de una historia de refugiados, la expulsión del pueblo palestino y los restos de un pueblo de Galilea que permanecen como un monumento. Sin fotos, nombres ni residentes. Supimos que la mayor parte de nuestra familia terminó en Siria y Líbano, mientras nosotros estamos aquí.

Sin embargo, las cosas han cambiado en los últimos años debido a las redes sociales. No fui la única que descubrió a aquellas personas con las que tenía que haber crecido. Encontré a parientes muy parecidos a mi padre, cuyo aspecto explica la forma de mi nariz, o el pelo liso de mi tío. Era muy emocionante cuando nos comunicábamos por Skype con personas que nos contaban las últimas novedades y chismes. Nos enterábamos de que Fulanito se había casado con Menganita, de que un refugiado palestino se había comprometido con una siria, de quién es un agarrado y quién cocina bien, de quién estudiaba medicina y quién es un brillante ingeniero. Nos enteramos de que nuestro pueblo está vivo y coleando en Siria.

Casi todos los pueblos palestinos destruidos en 1948 tienen su propio grupo en Facebook. Las calles de Aladino (“los retornados”) y Yarmuk tienen los nombres de diferentes pueblos y ciudades que fueron el hogar de los refugiados: Tiberíades, Haifa, Acre, Lubya, Al Yuwara y muchos más. Nuestro pueblo tiene, incluso, su propio grupo de mujeres en Facebook.

La guerra civil siria estalló justo cuando empezamos a construir nuestro pueblo virtual y soñar con nuestro retorno. Batallas terribles han causado estragos en los cuatro últimos años, años de asesinatos, secuestros, brutalidades de los matones de Asad y sus oponentes, mientras la sangre siria se sigue derramando. Los dos primeros años los campos de refugiados palestinos pudieron mantener la “neutralidad”. No han tomado parte en los combates y eso es lo que importa. Incluso nos dijeron que los rebeldes se habían escondido en el campo, ya que era un lugar más seguro.

Pero poco a poco, Facebook se fue oscureciendo y la gente desapareció de nuestros monitores. Seguimos sin descanso la pista de los jóvenes que habían desaparecido, hasta que descubrimos que habían sido torturados, a veces hasta la muerte. Algunos volvieron, otros no. Algunos huyeron después de que sus padres vendieron todas sus pertenencias para salvar a sus hijos… y esperaban hasta que alguien les enviaba una señal desde algún lugar del mundo haciéndoles saber que sus hijos estaban a salvo.

Cuando huyó de Siria en las barcas de la muerte que supuestamente les llevarían a Grecia, uno de mis primos se encontró nadando hacia un país desconocido. Fue capturado por una banda de delincuentes en un bosque serbio, que le robaron su dinero y la ropa. Se llevaron hasta los zapatos, nos dijo llorando por teléfono, pues nos había llamado desde una comisaría de policía para pedirnos unos pocos dólares y poder, así, seguir vivo. Esta clase de historias son consideradas “historias exitosas”, pero no son nada en comparación con las fotos de víctimas y funerales y con esta terrible guerra cuyo final no está a la vista.

Una de las descripciones más duras de la situación en Yarmuk procede de un superviviente que se ha identificado como sirio palestino: “Mi sensación de impotencia es similar a la de alguien que te envía un vídeo de tu hermana que está siendo violada y tú insistes en verlo hasta el final. Quizá el final incluya un giro inesperado, quizá a tu hermana le crezca un par de alas y se convierta en un dragón que mata a sus violadores. Es así cómo tú, palestino/a, te conoces a ti mismo, con un cuento de ficción, que es lo que te cuentan desde que eras un niño/a. Siempre apostando por la remota posibilidad de que te conviertas en un valeroso monstruo que destruirá a todos tus enemigos y violadores. Ya es hora de borrar este sueño de tus pensamientos”.

Así es como me siento hoy, como una palestina que se opuso anteriormente a describir la ocupación como una “violación” y a Palestina como una mujer. Hoy no hay mejor descripción: las mujeres de Palestina y Siria están siendo violadas todos los días por miembros del Estado Islámico y otros grupos, mientras Yarmuk está siendo destruido y atacado por todos.

Después de que Palestina sobreviviera a la ocupación en 1948 de un ejército brutal, la mayoría de los palestinos se desperdigaron por los países vecinos. Algunos huyeron y se asentaron en diferentes partes del mundo. Sobrevivimos a una masacre tras otra: el Septiembre Negro en Jordania, Sabra y Chatila en Líbano, Nahr al Bared, Balata, Gaza, Yenín… Y ahora Yarmuk, en Siria. Ya no importa. No importa quién tiene la culpa o quién empezó. Y todo esto sucede con la financiación de Israel, Estados Unidos o Irán.

En estos tiempos difíciles, recuerdo que Sayara, un artista y escultor de nuestro pueblo, me envió una foto de una escultura de madera que había hecho. La escultura representa a una hermosa mujer palestina que está hueca por dentro. “Todo el mundo ha mordido una pieza, hasta que ha quedado completamente vacía”, me explicó. Mis ojos se llenaron de lágrimas. “Quiero esta estatua”, le dije en un mensaje de texto. “Está bajo los escombros del campo”, me respondió. “Cuando seamos libres y podamos volver a nuestro pueblo, haré una especialmente para ti, Samah. Te lo prometo”.

No he vuelto a saber de él.


Samah Salaime es una trabajadora social, directora del Centro de Mujeres Árabes de Lod/Lyd y licenciada en el Instituto de Liderazgo Mandel de Jerusalén. Escribe un blog en nuestro sitio hermano en lengua hebrea, Local Call, donde se publicó este artículo por primera vez. Puedes leerlo en hebreo y en árabe.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)