Occidente castigó a Palestina cuando votó por Hamas, pero apoya a Israel cuando vota por el ‘apartheid’

Ghada Ageel

Fuente: The West punished Palestine when it voted freely, but endorses Israel’s vote for occupation, Middle East Eye, 23/03/2015

Empleados electorales cuentan los votos en Deir al Hatab, un pueblo de Cisjordania, el 20 de octubre de 2012, en unas elecciones municipales. (Foto: AFP)

 

Las elecciones de 2006 fueron una increíble demostración de la democracia palestina en su belleza multicolor. Un pueblo bajo ocupación expresó su determinación de resistir al intento de Israel de obligarles a rendirse a través de sus proyectos colonizadores, sus estrategias expansionistas y su racismo. Y ese pueblo ha mantenido su palabra. A pesar de la ocupación y el control de sus tierras, sus vidas y sus destinos, sigue sin rendirse.

Las elecciones fueron importantes porque no debían nada a la presión de EEUU y a sus esfuerzos selectivos para promocionar, únicamente, aquellas democracias que se adaptan a sus intereses. Irónicamente, las elecciones también fueron una desagradable sorpresa para la Unión Europea. Había gastado millones de euros en el proyecto de paz ilusoria y había amenazado con cortar la ayuda a los palestinos si el resultado no era concorde con ese proyecto. Al contrario, las elecciones fueron fueron un impresionante testimonio del hecho de que la sociedad civil palestina era más vibrante que nunca y que podía ser movilizada como una fuerza política organizada. También probó que la política palestina tiene su propia dinámica, la cual tiene poco que ver con las presiones, los sobornos y los chantajes del exterior, pero mucho que ver con las demandas políticas, sociales y económicas de la gente ordinaria que vive en una situación atroz. Aunque los palestinos eran más pobres, más vulnerables, menos seguros y más machacados por el “proceso de paz”, rechazaron todas las presiones y reafirmaron su demanda de libertad.

En respuesta, han tenido que sufrir las drásticas consecuencias que siguieron.

La voluntad de los palestinos ha sido despreciada y sus elecciones no han sido respetadas. Su libertad fue aplastada por las mismas potencias que inicialmente exigieron nuevas elecciones y la reforma de la Autoridad Palestina, las mismas potencias que se autodenominan baluartes de la democracia y de los derechos humanos. Estados Unidos, la Unión Europea e Israel se negaron a aceptar los resultados de unas elecciones que ellos mismos dijeron que fueron libres y limpias. Sin embargo, todos ellos optaron por atropellar la naciente democracia palestina. Amenazaron y cumplieron sus amenazas. Boicotearon al gobierno palestino electo, cortaron la ayuda e impusieron sanciones como represalia por la elección del pueblo, estableciendo una nueva definición de la democracia. En lugar de ser el gobierno del pueblo sobre todo lo que afecta a las vidas de la gente, en Palestina y según las potencias occidentales, la democracia solo es posible si sirve a los intereses de quienes financian al gobierno y del ocupante que se beneficia de esa financiación.

Democracia del ocupante

Esta nueva definición de la democracia también requiere el reconocimiento de la supremacía de la potencia ocupante, una precondición que no tiene precedentes en la historia moderna. Se trata de pedir a los representantes de un pueblo ocupado —representantes que habían sido elegidos para defender la voluntad de sus electores— que reconozcan la autoridad de las fuerzas de ocupación, contra las cuales los electores habían pedido a sus representantes que lucharan.

Después de las elecciones, Israel detuvo a muchos legisladores palestinos, sometiéndoles a un régimen de detención administrativa y paralizando, así, el parlamento electo. Por último, un telón negro de aislamiento cayó sobre el nuevo gobierno palestino y los mismos intereses extranjeros apoyaron y financiaron el caos subsiguiente, solo para asegurarse de que la democracia no tuviera ninguna oportunidad de sobrevivir.

La semana pasada, Israel celebró elecciones generales y eligió de nuevo un gobierno derechista que muchos en el mundo, incluyendo muchos judíos e israelíes, han calificado de racista. Ciertamente, la aplastante victoria de Benjamín Netanyahu ha sido posible debido a su campaña racista y a su promesa de mantener la ocupación de los territorios palestinos. Declaró repetidamente su oposición abierta a un estado palestino, su rechazo a los derechos palestinos y su adhesión a un proyecto colonial de asentamientos.

Netanyahu declaró públicamente que los ciudadanos palestinos de Israel —que representan alrededor del 20 por ciento de la población— estaban “acudiendo en manada a las urnas”. El ministro de relaciones exteriores Avigdor Lieberman, que previamente había expresado su deseo de decapitar a los ciudadanos palestinos de Israel que fueran “desleales”, se hizo eco de las palabras del primer ministro. Declaró que “si los árabes van a votar en manada, solo un Lieberman fuerte puede detenerles”. Ninguno de los dos recibió reproche alguno por parte de los principales partidos israelíes y sus palabras apenas fueron comentadas y condenadas por los líderes mundiales.

Sordos al mensaje de Israel

La campaña de incitación al odio de la derecha israelí, reforzada con políticas reales sobre el terreno, no ha sido suficiente para abrir los ojos de los gobiernos occidentales ante la realidad del racismo practicado por Israel. La campaña tampoco ha conseguido debilitar la impunidad y el excepcionalismo de los que ha disfrutado Israel durante décadas, a pesar de sus continuas violaciones de los derechos humanos, robos de tierras, colonización y apartheid. La responsabilidad del estancamiento de las negociaciones es exclusivamente de Netanyahu, de la sucesión de gobiernos derechistas israelíes e incluso de ciertos elementos de la izquierda. Esa responsabilidad se extiende, también, a una comunidad internacional liderada por unos Estados Unidos que optan por escuchar únicamente cuando sus intereses y los de sus aliados están en juego. Cuando sus intereses están garantizados, hacen oídos sordos.

La pasividad alienta los crímenes de Israel

Esta actitud de no hacer nada no solo perjudica a una causa justa, sino que alienta, además, a que un gobierno racista siga cometiendo más crímenes, siga lanzando más guerras, continúe con el encarcelamiento masivo de Gaza y lleve a cabo más atrocidades.

Este año, los palestinos conmemorarán el 67 aniversario de su despojo. A pesar del paso del tiempo, las promesas del proceso de paz y los acuerdos ingentes que se han firmado desde entonces, los derechos de los palestinos siguen siendo negados. Al mismo tiempo, el racismo sistemático de Israel y su proyecto de colonización siguen con paso firme sin oposición. Estas políticas y acciones prueban que no existe un liderazgo moderado en Israel. En el lenguaje del proceso de paz, no existe realmente un “socio”. Y en el lenguaje ordinario, nunca ha habido un socio. No obstante, con su silencio, el mundo sigue apoyando el racismo y la colonización en Palestina y sigue negando los derechos de los palestinos.

Cuanto más avanza el racismo en la sociedad israelí, más necesaria es la movilización de la gente para luchar contra ello. Hoy es más necesario que nunca hacer sonar las alarmas y alzar la voz antes de que sea demasiado tarde. El movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) es la forma de acabar con el racismo y la colonización. Esta debe ser la respuesta al racismo y la estrategia para lograr justicia y una paz auténtica y duradera.


Ghada Ageel es profesor del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Alberta, en Edmonton, Canadá, muy activo en la iniciativa Faculty4Palestine-Alberta. Su nuevo libro, Apartheid in Palestine: Hard Laws and harder experiences, está próximo a aparecer, publicado por la University of Alberta Press.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)