Israel y la extrema derecha europea beben de las mismas fuentes

Jonathan Cook

Fuente: Netanyahu and Europe’s Far Right Find Common Ground, CounterPunch, 20/01/2015

Israel está teniendo su propio debate interno sobre la importancia de los asesinatos de París de este mes, con preocupaciones bien distintas de las expresadas en Europa.

Mientras los europeos están sumidos en debates sobre la libertad de expresión y el papel del Islam en las sociedades laicas, los israelíes en general —y su primer ministro Benjamín Netanyahu en particular— ven la masacre como una oportunidad para presentar a Israel como el único refugio seguro para los judíos de todo el mundo.

Los 17 muertos de París han reforzado las sospechas israelíes de que Europa, con su creciente población musulmana, está siendo arrastrada a un choque de civilizaciones para el que está mal preparada.

Más concretamente, el ataque contra el supermercado de comida kosher, que terminó con las vidas de cuatro judíos, ha reforzado la creencia de que los judíos corren un peligro mortal fuera de Israel.

Si hemos de creer lo que dicen las encuestas, esta ansiedad es compartida por las comunidades judías de Europa. Una de ellas, publicada la semana pasada y ampliamente difundida en Israel, ha encontrado que el 56 por ciento de los judíos británicos cree que las manifestaciones de antisemitismo en Gran Bretaña en la actualidad son comparables con las que se dieron en los años 30 del siglo pasado.

Como ha señalado un analista israelí más sosegado, estos resultados sugieren que existe “una desconexión con la realidad que raya con la histeria”.

Estos temores han sido avivados por imágenes como una publicada en Facebook la semana pasada por la embajada israelí en Dublín, en la que se muestra a la Mona Lisa vestida con un hiyab y portando un gran cohete. Bajo la imagen se puede leer: “Israel es la última frontera del mundo libre”.

En la misma línea, el corresponsal de asuntos árabes del Canal 10 israelí emitió una alarmista “investigación” en la que, supuestamente, se demostraba que Londres había sido invadida por los yihadistas.

Un analista israelí observó que los israelíes consideran que Europa es débil y vulnerable, carente de la filosofía de seguridad que caracteriza al estado judío. Según esta concepción, “solo un estado de seguridad fuerte, que controle la inmigración y espíe eficientemente a su población inmigrante, a través de sus servicios de inteligencia y su policía, puede combatir con eficacia al terrorismo islámico”.

Los políticos israelíes se han hecho eco de esta histeria, y Netanyahu no ha sido una excepción. Antes y después de la masacre de París, advirtió de que un “venenoso” Islam está conquistando Occidente, ignorando la realidad de que Europa, Francia incluida, es mucho más segura para los judíos que Israel.

Los políticos de la izquierda y la derecha han repetido como loros su mensaje de que los judíos europeos saben “en sus corazones que tienen un único país”. Aparentemente, Israel convenció a los familiares de las cuatro víctimas judías de que sus restos fueran trasladados a Israel para ser enterrados en Jerusalén.

Por el contrario, el entierro en París de Ahmed Merabet, el policía musulmán que fue también asesinado por los terroristas, ha enviado un mensaje de unidad a los franceses, tal como señaló un líder judío francés. Este era el momento, añadió, para que su comunidad dijera: “Queremos ser enterrados aquí, como todos los demás. Somos franceses y no cederemos”.

Sin embargo, Netanyahu tiene otras ideas. En un momento en que el número de inmigrantes judíos procedentes de Francia se está disparando, ha creado un comité ministerial para encontrar formas de promover aún más esta inmigración.

Se informó ampliamente en Israel de que el presidente francés, François Hollande, había pedido a Netanyahu que no participara en la manifestación de solidaridad de París de hace una semana, pues temía que el primer ministro judío utilizara la ocasión para exacerbar las tensiones en Francia. Netanyahu ignoró la petición.

Tenía buenas razones para querer estar allí, no siendo la menor fotografiarse con los líderes mundiales en plena campaña electoral israelí. Además, vocear que el denominado Occidente judeocristiano está en abierta confrontación con el Islam le sirve para situarse en el lado de los ángeles, mientras intenta construir un Gran Israel, haciendo trizas las aspiraciones palestinas a la independencia.

Pero sería un error considerar el argumento de Netanyahu como algo meramente oportunista. Se sustenta en una auténtica concepción del mundo, aunque esta tenga antecedentes muy feos y paradójicos.

Su planteamiento se materializa en los recientes esfuerzos —aplazados para después de las elecciones— de aprobar una ley básica que define a Israel como el estado-nación del pueblo judío. Eso coronaría a Netanyahu como líder de todos los judíos del mundo y no solo de los ciudadanos israelíes, una quinta parte de los cuales son palestinos.

Esta concepción de la ciudadanía y la nacionalidad está basada en la etnicidad, no en el territorio. Se opone a la diversidad de culturas y cree que la lealtad al estado deriva de una conciencia tribal, no de una conciencia cívica. Es una concepción diametralmente opuesta a la noción de ciudadanía de la mayoría de los países europeos.

En consecuencia, el liderazgo israelí supone que todos los palestinos, incluidos los que viven en Israel como ciudadanos, no son de fiar y que nunca podrá haber una paz verdadera en la región. Es por eso que Israel ha estado construyendo muros de hierro en todas partes para crear un estado judío fortaleza.

Pero el corolario lógico de esta concepción es que los judíos no pueden ser leales a los demás estados en que viven, como Francia. Según Netanyahu, el vínculo primario de un judío debe ser con su “verdadero hogar”: el estado judío de Israel.

Paradójicamente, este punto de vista es compartido por la extrema derecha europea, incluyendo grupos como el Frente Nacional de Francia, cuya popularidad ha ido creciendo gracias a ataques como el de París. Argumentan que las minorías son intrínsecamente sospechosas y que Europa estará mejor sin ellas.

En este sentido, Netanyahu y la extrema derecha tienen mucho en común. Él quiere una Europa sin judíos —y sin musulmanes, porque estos socavan el apoyo de Europa a Israel— porque cree que ese es el interés [objetivo] de los judíos. La extrema derecha quiere lo mismo, porque cree que es el interés de una supuesta mayoría blanca “nativa”.

Un comentarista israelí señaló enfáticamente que los políticos israelíes como Netanyahu estaban ayudando a “terminar el trabajo iniciado por los nazis y sus colaboradores de Vichy: hacer una Francia Judenrein” (sin judíos).

Al llamar a los judíos franceses para que huyan a Israel, Netanyahu está fortaleciendo los peligrosos argumentos de la extrema derecha europea.


Jonathan Cook es periodista, galardonado con el Premio Especial Martha Gellhorn de Periodismo. Vive en Nazaret. Sus últimos libros son Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (Pluto Press) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (Zed Books). Su sitio web es www.jonathan-cook.net.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)