Arqueología e ideología en Palestina/Israel

Uri Avnery

Fuente: The Connection Between Archaeology and Ideology in the Middle East, CounterPunch, 2-4/01/2015

En primer lugar, permítanme agradecerles la invitación para hablar en esta importante conferencia. No soy profesor ni doctor. En realidad, el más importante título académico que he logrado en mi vida ha sido el de séptimo grado en la enseñanza primaria.

Pero, como muchos miembros de mi generación, desde mis primeros años de juventud me interesé profundamente por la arqueología. Voy a tratar de explicar por qué.

Cuando se preguntan por mi relación con la arqueología, algunos de ustedes piensan en Moisés Dayan.

Tras la guerra de junio de 1967, Dayan se convirtió en un ídolo nacional, incluso internacional. Era conocido, también, por su obsesión por la arqueología. Mi revista, Haolam Hazeh, investigó sus actividades y encontró que eran muy destructivas. Empezó a excavar solo y recogió artefactos por todo el país. Puesto que el principal objetivo de la arqueología no es simplemente descubrir artefactos, sino también datarlos y, de esa forma, alcanzar una imagen de la historia del sitio, las excavaciones incontroladas de Dayan causaron auténticos estragos. El hecho de que empleara recursos del ejército solo empeoró las cosas.

Luego, descubrimos que Dayan no solo se apropiaba de los artefactos que encontraba (que, por ley, pertenecen al estado) y los guardaba en su casa, sino que se había convertido en un traficante internacional, enriqueciéndose con la venta de objetos “de la colección personal de Moisés Dayan”.

Desvelar estos hechos y hablar de ellos en el parlamento israelí me otorgó una distinción singular. En aquellos tiempos, un instituto de opinión pública identificaba todos los años la “persona más odiada” en Israel. Ese año, yo logré ese honor.

Sin embargo, lo más importante no es la moral de Dayan, sino un asunto mucho más profundo. ¿Por qué estábamos Dayan y muchos de nosotros tan interesados en ese tiempo por la arqueología, una ciencia considerada por muchas personas como una ocupación bastante aburrida?

Ejercía sobre nosotros una profunda fascinación.

Esa generación sionista fue la primera que nació en el país (aunque yo nací en Alemania). Para sus padres, Palestina era una patria abstracta, un territorio con el que habían soñado en las sinagogas de Polonia y Ucrania. Para sus hijos e hijas nacidas en Israel, era su patria natural.

Ansiaban descubrir sus raíces. Recorrían todos los rincones, pasaban noches a la intemperie, querían conocer cada colina y cada valle.

Para ellos, el Talmud y todos los textos religiosos eran aburridos. El Talmud y otras escrituras habían sido el aliento de los judíos en la diáspora durante siglos, pero ahora no tenían ningún interés. La nueva generación abrazó la Biblia Judía con un entusiasmo sin límites, no como un libro religioso (casi todos éramos ateos), sino como una obra maestra sin parangón en la literatura hebrea. Puesto que eran la primera generación para la que el hebreo rejuvenecido era su lengua materna, se enamoraron del lenguaje hebreo vivo y concreto de la Biblia. El lenguaje mucho más sofisticado y abstracto del Talmud y otros libros posteriores les repelía.

Los eventos bíblicos habían tenido lugar en el país que conocían. Las batallas bíblicas habían acaecido en los valles que conocían, los reyes habían sido coronados y enterrados en las localidades que conocían a la perfección.

Habían observado por la noche las estrellas de Megido, donde los egipcios habían luchado en la primera batalla documentada de la historia (y donde, según el Nuevo Testamento cristiano, tendrá lugar la última batalla, la batalla de Armagedón). Visitaron el monte Carmelo, donde el profeta Elías había masacrado a los sacerdotes de Baal. Visitaron Hebrón, donde fue enterrado Abraham por sus dos hijos, Ismael e Isaac, padres de los árabes y los judíos.

Este apasionado vínculo con el país no era algo predestinado. En realidad, Palestina no jugó ningún papel en el nacimiento del moderno sionismo político.

Como ya he dicho en otra ocasión, el padre fundador, Theodor Herzl, no pensó en Palestina cuando inventó lo que se conoció como sionismo. Odiaba Palestina y su clima. Odiaba, sobre todo, Jerusalén, que era, para él, una ciudad sucia y nauseabunda.

En el primer borrador de sus ideas, que fue escrito para la familia Rothschild, la tierra de sus sueños era Patagonia, en Argentina. En tiempos recientes, allí había tenido lugar un genocidio y el territorio estaba casi vacío.

Fueron los sentimientos de las masas judías de Europa Oriental los que empujaron a Herzl a reorientar sus esfuerzos hacia Palestina. En su seminal libro, El estado judío, el capítulo relevante ocupa menos de una página y se titula “Palestina o Argentina”. La población árabe no es mencionada en absoluto.

Una vez que el movimiento sionista dirigió sus pensamientos hacia Palestina, la historia antigua de este país se convirtió en un tema caliente.

La reclamación sionista de Palestina se basó únicamente en la historia bíblica del Éxodo, la conquista de Canaán, los reinos de Saúl, David y Salomón y los acontecimientos de aquellos tiempos. Puesto que casi todos los padres fundadores eran ateos declarados, apenas podían apoyarse en el “hecho” de que Dios había prometido esa tierra a los descendientes de Abraham.

Así pues, con la llegada de los sionistas a Palestina, se inició una frenética búsqueda arqueológica. El país fue recorrido de arriba abajo en busca de pruebas científicas que atestiguaran que la historia bíblica no era solo un montón de mitos, sino una historia totalmente auténtica, nunca mejor dicho. Los cristianos sionistas llegaron incluso antes.

Y fue así como comenzó un verdadero ataque contra los sitios arqueológicos. Las capas superiores de los otomanos y los mamelucos, los árabes y los cruzados, los bizantinos y los romanos y los griegos y los persas fueron excavadas y eliminadas con el fin de poner al descubierto la antigua capa de los Hijos de Israel y probar que la Biblia era verídica.

Se hicieron enormes esfuerzos. David Ben-Gurion, un autoproclamado experto en la Biblia, dirigió los trabajos. El jefe del estado mayor del ejército, Yigael Yadin, hijo de un arqueólogo y él mismo arqueólogo profesional, buscó en sitios antiguos una prueba de que la conquista de Canaán fue un acontecimiento real. Por desgracia, no encontró ninguna prueba.

Cuando se descubrieron los restos de los huesos de combatientes de Bar Kojba en cuevas del desierto de Judea, fueron enterrados en un gran cementerio militar por orden de Ben-Gurion. El hecho indiscutible de que Bar Kojba provocó tal vez la mayor catástrofe en la historia judía fue pasado por alto.

¿Y el resultado?

Por increíble que parezca, cuatro generaciones de arqueólogos dedicados en cuerpo y alma, con una apasionada convicción y enormes recursos, dieron como resultado… nada.

Desde que se iniciaron estas excavaciones hasta el presente, no se ha encontrado ni una sola prueba de que la historia antigua contada por la Biblia fuera verídica. Ni un solo indicio de que el éxodo de Egipto, la base de la historia judía, haya tenido lugar. Ni un solo indicio de que deambularan durante 40 años por el desierto. Ni un solo indicio de la conquista de Canaán, tal como se describe en detalle en el libro de Josué. El poderoso rey David, cuyo reino se extendió, según la Biblia, desde la península del Sinaí hasta el norte de Siria, no ha dejado ni rastro. (Se descubrió una inscripción con el nombre de David, pero sin ninguna indicación de que se tratara del rey David.)

Israel aparece por primera vez en hallazgos arqueológicos serios en unas inscripciones asirias, que describen una coalición de reinos locales que trataron de detener el avance asirio en Siria. Entre otros, el rey Acab de Israel es mencionado como el jefe de un considerable contingente militar. Acab, que gobernó la actual Samaria (en el norte de la Cisjordania ocupada) desde el 871 a.C. hasta el 852 a.C. no era querido por Dios, aunque la Biblia lo describe como un héroe de guerra. Él marca el comienzo de la entrada de Israel en la historia probada.

Todos estos son elementos de evidencias negativas que sugieren que la historia bíblica temprana es algo inventado. No se ha encontrado prácticamente ningún rastro de la historia bíblica temprana. ¿Prueba esto que todo es ficción?

Quizás no, pero no existen evidencias reales.

La egiptología es una disciplina científica que está separada de la arqueología palestina. Pero la egiptología prueba de forma concluyente que la historia bíblica hasta el rey Acab es, ciertamente, ficción.

Hasta el presente, se han descifrado muchas decenas de miles de documentos egipcios, y los trabajos siguen en marcha. Después de que los hicsos de Asia invadieron Egipto en 1730 a.C., los faraones se esforzaron para observar los acontecimientos de Palestina y Siria. Año tras año, los espías, comerciantes y soldados egipcios informaban con gran detalle lo que sucedía en cada ciudad de Canaán. No se ha encontrado ni una sola información sobre algo que se parezca, ni remotamente, a lo que cuenta la Biblia. (La única mención que se hace de “Israel” en una estela egipcia se cree que se refiere a un pequeño territorio del sur de Palestina.)

Aunque uno quisiera creer que lo que hace la Biblia es exagerar hechos reales, lo cierto es que no se ha encontrado ningún indicio sobre el éxodo, la conquista de Canaán o el rey David.

Simplemente, no son hechos reales.

¿Es esto importante? Sí y no.

La Biblia no es la historia real. Es un documento religiosos y literario monumental que ha inspirado a millones de personas a lo largo de los siglos. Ha formado las mentes de muchas generaciones de judíos, cristianos y musulmanes.

Pero la historia es otra cosa. La historia nos dice lo que realmente sucedió. La arqueología es una herramienta de la historia, una muy valiosa herramienta para comprender lo que ocurrió.

Se trata de dos disciplinas diferentes y nunca se fusionarán. Para los religiosos, la Biblia es una cuestión de creencia. Para los no creyentes, la Biblia hebrea es una gran obra de arte, quizá la más grande de todas. La arqueología es algo completamente diferente: es un asunto de hechos concisos y probados.

Las escuelas israelíes enseñan la Biblia como una historia real. Esto significa que los niños israelíes aprenden solo sus capítulos, verdaderos o ficticios. Cuando en una ocasión me quejé por esto en el parlamento, pidiendo que se enseñara la verdadera historia del país a través de los tiempos, incluyendo los capítulos de las Cruzadas y los mamelucos, el entonces ministro de educación comenzó a llamarme “mameluco”.

Sigo creyendo que todos los niños de este país, sean israelíes o palestinos, deben aprender la historia real, desde los comienzos hasta el presente, en todos sus periodos históricos. Es la base de la paz, la verdadera roca de nuestra existencia(*).

(*) Esta es una alusión a unas declaraciones de Benjamín Netanyahu, realizadas el 24 de septiembre de 1996, después de haber decidido abrir al público la puerta del túnel del Muro Occidental de la Ciudad Vieja de Jerusalén, a la que denominó “la roca de nuestra existencia” [N. del T.].


Uri Avnery es escritor israelí y activista por la paz del grupo Gush Shalom.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)