Una profunda pena

Samah Yaber

Fuente: A deeper pain, New Internationalist, noviembre 2014

No se ve. Los ataques israelíes contra Gaza tienen profundos y duraderos efectos psicológicos en los palestinos. (Foto: Belal Khaled / AA / TT / TT News Agency / Press Association Images)

La guerra de Israel contra la Franja de Gaza entre el 7 de julio y el 25 de agosto causó, según las informaciones, 2.133 muertos (entre ellos 577 niños) y más de 11.000 heridos. Muchos miles se quedaron discapacitados de por vida, decenas de miles de casas fueron destruidas y centenares de miles de personas se quedaron sin hogar.

Pero estos datos solo se refieren a la punta del iceberg de unos efectos a largo plazo mucho más profundos sobre la salud mental de la población y el bienestar de la sociedad. El daño psicosocial que ha causado y que persistirá es invisible, desarticulado e inconmensurable.

Pensemos en la madre palestino-americana que tuvo que elegir entre huir de Gaza con dos de sus hijas, que tenían ciudadanía estadounidense, dejando atrás a dos que no la tenían, o permanecer en Gaza bajo los bombardeos con sus cuatro hijas. El daño psicológico se refleja también en las preguntas que los niños hacen a sus padres: “¿Por qué mueren los niños en Gaza? ¿Qué les pasa después de morir? ¿Estarás triste tú también si yo me muero?”. Estas son las experiencias de las familias que se han visto obligadas a abandonar sus hogares, con su pasado y su futuro reducidos a polvo. Las estadísticas no pueden capturar el dolor crónico y traumático de aquellas personas que lloran la pérdida de seres queridos en circunstancias tan horribles, ni el sufrimiento emocional soportado por aquellas que no pueden dar la despedida adecuada a esos seres queridos.

Atormentados

Mariam perdió a su hermana pequeña hace años, cuando los soldados dispararon al coche en el que iba camino de la escuela. Hoy, todavía, cada vez que Mariam se encuentra con un soldado, revive el tiroteo y el sabor amargo de la pérdida. Esos recuerdos traumáticos no le abandonan y se están apoderando de su vida.

Los efectos de la guerra en la salud mental de la población civil es una de sus consecuencias más importantes y persistentes. Varios estudios científicos han documentado un aumento de los desórdenes mentales tras una guerra. Las mujeres, los niños, los ancianos y aquellos que han quedado discapacitados son los más vulnerables a sus efectos; la intensidad del trauma y la disponibilidad de apoyo físico y emocional también influyen en los resultados.

Ante la inmediata atrocidad de la guerra, las personas suelen experimentar un estado de hiperexcitación en el que se sienten capaces de luchar contra el peligro o huir del mismo; pero también pueden quedarse atenazadas en un estado de indefensión. En los próximo años, pueden ser perseguidas por los recuerdos, las pesadillas y las reminiscencias de los acontecimientos traumáticos.

Las desgracias accidentales y los desastres naturales son también trágicos, pero son impersonales; los horrores de la guerra son profundamente personales. Las heridas traumáticas infligidas en la guerra causan un daño especialmente profundo porque representan la malicia deliberada y evitable. Los sentimientos evocados, la sensación de indefensión y la rabia impotente son más dolorosos. Un terremoto no “triunfa”, pero en la guerra una de las partes persigue triunfar y humillar a la otra. Las pérdidas experimentadas son, así, especialmente amargas e infamantes. En el caso de Gaza, la proximidad del agresor es un recordatorio constante del pasado y una amenaza continua para el futuro.

La destrucción de la vida a nivel físico y material es, también, la destrucción de un modo de vida, de un punto de vista: la guerra física trae consigo la guerra psicológica.

Gaza es una de las áreas más densamente pobladas del planeta, un lugar cuyos civiles han estado viviendo bajo la ocupación y el asedio durante décadas, con tasas muy altas de desempleo y pobreza. Su población civil carece de acceso a su propio espacio aéreo, sus tierras, sus recursos hídricos, instalaciones de saneamiento, carreteras y fronteras, y ha estado aislada de los palestinos de Cisjordania y Jerusalén Este, separando familias e impidiendo el crecimiento económico, social y político.

Puesto que Gaza, y toda Palestina, ha estado dominada continuamente por una fuerza militar mucho más fuerte que ha controlado todos los aspectos de la vida de generaciones, la vida de sus civiles no puede ser normalizada por un mero alto el fuego. La guerra, que ha sido noticia en todo el mundo, se ha superpuesto a unas graves, crónicas y traumáticas privaciones que ya no son noticia. Los palestinos necesitan librarse de los bombardeos, pero también necesitan la restitución de los derechos perdidos y que se aborden las causas subyacentes de tanto mal. De lo contrario, existe el riesgo de que la actual violencia engendre una espiral interminable de victimismo y venganzas, de polarización y mitología y de nuevos traumas transgeneracionales.

Dolor, pero no desesperación

Así las cosas, ¿cómo se las apañan los palestinos? Un adolescente de Gaza, que se encontraba en un hospital de Jerusalén después de que una explosión le causara una gangrena en un pie, dijo: “Si Dios me salva la pierna y no me la amputan, cuando sea mayor, reconstruiré nuestra casa, que ahora está destruida. Mi situación es mejor que la de otros: dos de mis compañeros de clase están muertos. Cuando regrese a Gaza, les daré mi pésame a sus familias”.

Las estrategias culturales y espirituales para hacer frente a su penosa situación son muy importantes para este pueblo. A pesar de la continua erosión de sus comunidades a través de una implacable opresión militar, política, económica, social, ideológica y psicológica, los problemas de salud mental no están tan extendidos como podría esperarse.

He escuchado a cientos de personas, que han sido entrevistados, cómo comprenden la inmensa destrucción de la guerra y sus efectos sobre sus vidas. He proporcionado tratamiento a gazatíes heridos ingresados en hospitales de Jerusalén y Cisjordania. Su reacción más habitual es decir “Dios es suficiente para nosotros y Él es el mejor remedio contra los males”. Traicionados por la “comunidad internacional”, esta gente ha depositado su confianza en un poder que ellos creen mayor que el de Israel, la ONU y EEUU. Su profunda fe es más fuerte que los misiles inteligentes de Israel y el tratamiento psicológico proporcionado por los profesionales. En la actualidad, en Palestina hay sufrimiento, pero no desesperación; decepción, pero no amargura en un mundo cuya ignorancia e insensibilidad moral ha permitido tanta crueldad.

A pesar de la horrible destrucción y estragos sufridos en Gaza, hay muchas personas normales que han asumido riesgos para ayudar a otras a sobrevivir: personal médico y de defensa civil, periodistas, familias que han acogido a necesitados y desposeídos. El daño causado no debilitará su moral ni su determinación.

Con frecuencia, el tratamiento de los traumas se centra en técnicas que ayudan a la persona a recordar y narrar detalles horribles de su experiencia en un ambiente seguro. Pero la realidad palestina no solo incluye estrés interno postraumático, sino también estrés externo traumático continuado. Los acontecimientos traumáticos no pueden ser expulsados de la conciencia cuando no lo han sido de la realidad social. Reconocer esta realidad es un proceso social que está más allá de los límites de la psicoterapia individual. Por lo tanto, el tratamiento que ignore la realidad política puede hacer más mal que bien. Al igual que la víctima de un delito no solo necesita apoyo individual, sino también justicia, la sociedad palestina necesita lo mismo. Su dolor tiene que ser escuchado y reconocido. Los agravios que ha sufrido necesitan ser retribuidos. Comisiones de la verdad y de investigación, conmemoraciones y ceremonias pueden también ayudar al proceso de cicatrización.

La unidad nacional, la cohesión social y la solidaridad internacional son otros remedios potenciales para el sufrimiento psicológico y la alienación causados por la implacable deshumanización de los palestinos por parte de Israel y la apatía, la ceguera y la denuncia internacionales resultantes. La solidaridad puede favorecer la cicatrización, disminuir las ganas de venganza y allanar el camino de la futura reconciliación; permite el renacimiento personal y la reconstrucción de la sociedad que, con el tiempo, ayudará a palestinos e israelíes en la era de la posguerra.

La seguridad promueve la confianza, el reconocimiento permite el reconocimiento mutuo, la compasión facilita el perdón, y la justicia abre el camino a la paz.


Samah Yaber es psiquiatra y psicoterapeuta en Jerusalén, trabaja por el bienestar de su comunidad, además de su ocupación profesional. Escribe regularmente sobre temas de salud mental en la Palestina ocupada.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)