En Israel, solo la sangre judía conmociona a la gente

Gideon Levy

Fuente: In Israel, only Jewish blood shocks anyone, Haaretz, 20/11/2014

Soldados israelíes en el pueblo cisjordano de Awarta, 26 junio 2014. (Foto: AFP)

El martes hubo una masacre en Jerusalén en la que murieron cinco israelíes. El verano hubo una guerra en Gaza en la que murieron 2.200 palestinos, la mayoría de ellos civiles. Una masacre nos escandaliza; una guerra, no tanto. Las masacres tienen culpables; las guerras no. Un asesinato cometido con un hacha es más terrible que uno efectuado con un rifle y mucho más horrendo que el bombardeo de personas indefensas tratando de refugiarse.

El terrorismo es siempre palestino, incluso cuando se mata a cientos de civiles palestinos. El nombre y el rostro de Daniel Tragerman, el chico israelí que murió por el impacto de un mortero durante la operación Margen Protector, se conocieron a lo largo y ancho del mundo; incluso el presidente de EEUU Barack Obama conoció su nombre. ¿Puede alguien dar el nombre de un niño de Gaza de entre los centenares que murieron?

Unas pocas horas después del ataque de Jerusalén, la periodista Emily Amrousi dijo en una conferencia en Eilat que la vida de un solo niño judío era más importante para ella que las vidas de miles de niños palestinos. La reacción de la audiencia fue claramente favorable; creo que incluso hubo algún aplauso.

Después, Amrousi intentó explicar que se estaba refiriendo a la forma en que los medios de comunicación israelíes debían cubrir los hechos, lo cual es solo un poco menos grave. Esto tuvo lugar durante una discusión sobre una cuestión ridícula: “¿Son de izquierdas los medios de comunicación israelíes?”. Casi nadie protestó por los comentarios de Amrousi y la sesión continuó como si nada hubiera pasado. Las palabras de Amrousi reflejan la mentalidad de Israel en 2014: solo la sangre judía provoca conmoción.

Las muertes de israelíes tocan los corazones de los israelíes más que las muertes de otros. Es así la solidaridad humana natural. Las sangrientas imágenes de Jerusalén nos impactaron a todos los israelíes, probablemente a todas las personas.

Pero esta es una sociedad que santifica a sus muertos hasta el punto de establecer un culto a la muerte, que exprime las historias de las vidas y las muertes de las víctimas, ya sea en un ataque a una sinagoga o en una avalancha en Nepal. Es una sociedad preocupada con conmemoraciones sin cuento en monumentos y ceremonias de aniversarios y de otros tipos; una sociedad que exige conmoción y condena después de cada ataque, cuando se culpa a todo el mundo.

Precisamente en esta sociedad uno puede pedir alguna atención por la sangre palestina, que también se derrama en vano; una cierta comprensión del dolor de la otra parte o, incluso, un acto de empatía, que en Israel se considera traición.

Pero esto no sucede. Aparte de asesinatos y crímenes de odio excepcionales cometidos por individuos, existe una apatía total, y la estupidez es aterradora. Las muertes (no nos atrevemos a decir asesinatos) causadas por soldados y policías no causan conmoción alguna en Israel. La maquinaria propagandística nos ha lavado el cerebro y los medios de comunicación son sus portavoces. Nadie va a pedir condenas. Nadie va a expresar tristeza. Pocos considerarán que el dolor de los otros es el mismo dolor, que un asesinato es un asesinato.

¿Cuántos israelíes están dispuestos a pensar en los padres de Yusef Shawamreh, el chico que fue a recoger plantas silvestres y fue asesinado por un francotirador del ejército? ¿Por qué es exagerado entristecerse, o al menos prestar un poco de atención, por el asesinato de Jalil Anati, un chico de diez años del campo de refugiados de Al Fawar?

¿Por qué no podemos identificarnos con el dolor del desconsolado padre Abd al Wahab Hamad, cuyo hijo fue asesinado en Silwad, o con la familia Al Katari, del campo de refugiados de Al Amari, dos de cuyos miembros fueron asesinados por soldados en el plazo de un mes? ¿Por qué reservamos nuestro horror para la masacre de la sinagoga y no consideramos estos asesinatos igualmente inquietantes?

De acuerdo, existe la prueba de la intención. El típico argumento israelí es que los soldados, a diferencia de los terroristas, no tienen la intención de matar. Si así fuera, entonces, ¿cuál es exactamente la intención del francotirador que dispara cinco balas reales a la cabeza o al pecho de un manifestante que está a una distancia en la que no representa ninguna amenaza? ¿O cuando dispara a un niño por la espalda mientras corre para salvar su vida? ¿No tenía la intención de matarlo?

El ataque de Jerusalén fue un crimen horrendo; nada puede justificarlo. Pero la sangre que allí se derramó no es la única que se esparce violentamente en esta tierra. Es increíble que no se pueda decir eso.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)