La ciudad impía

Uri Avnery

Fuente: The Unholy City, MWC News, 21/11/2014

En su larga y accidentada historia, Jerusalén ha sido ocupada por decenas de conquistadores. Babilonios y persas, griegos y romanos, mamelucos y turcos, británicos y jordanos, por mencionar solo algunos.

El último ocupante ha sido Israel, que la conquistó y anexionó en 1967.

(Podría haber escrito “Jerusalén Este”, pero toda la Jerusalén histórica se encuentra en la actual Jerusalén Oriental. Todas las otras partes fueron construidas en los últimos 200 años por colonos sionistas o están rodeando pueblos árabes que fueron arbitrariamente integrados a esta enorme área que ahora se llama Jerusalén después de su ocupación.)

Esta semana, Jerusalén ha estado dominada por la violencia, otra vez. Dos jóvenes de Yabel Mukaber, uno de los pueblos árabes anexionados a Jerusalén, entraron en una sinagoga de la parte occidental de la ciudad durante las oraciones de la mañana y mataron a cuatro fieles judíos, antes de ser ellos mismos abatidos por la policía.

Jerusalén es llamada la “Ciudad de la Paz”. Es un error lingüístico. Es cierto que en la antigüedad se llamó Salem, que suena como paz, pero Salem era, en realidad, el nombre del dios local.

Es, también, un error histórico. Ninguna ciudad del mundo ha visto tantas guerras, masacres y derramamiento de sangre como Jerusalén. Todo en nombre de algún dios u otro.

Jerusalén fue anexionada (o “liberada”, o “unificada”) inmediatamente después de la Guerra de los Seis Días de 1967. Esta guerra fue el mayor éxito militar de Israel. Fue, también, el mayor desastre de Israel. Las bendiciones divinas de la increíble victoria se volvieron castigos divinos. Jerusalén fue uno de ellos.

La anexión se nos presentó (yo era miembro del parlamento israelí en aquellos años) como una unificación de la ciudad, que había sido cruelmente destrozada en la guerra de 1948. Todos citaban las palabras de la Biblia: “Jerusalén se ha construido como una ciudad indisoluble”. Esta traducción del Salmo 122 es bastante rara. El original hebreo dice simplemente “una ciudad que une a todos”.

En realidad, lo que sucedió en 1967 fue cualquier cosa salvo una unificación. Si la intención hubiera sido realmente la unificación, habría sucedido algo muy diferente. La plena ciudadanía israelí habría sido conferida a todos sus habitantes. Todas las propiedades árabes que se perdieron en Jerusalén Occidental, al ser expropiadas en 1948, habrían sido devueltas a sus legítimos dueños, que habían huido a Jerusalén Este. El ayuntamiento de Jerusalén habría sido ampliado para incluir a los árabes de la parte oriental, aunque no lo hubieran solicitado. Etcétera.

Pero lo que ocurrió fue justamente lo contrario. Ninguna propiedad fue restaurada y no se pagó ninguna clase de compensación. El ayuntamiento siguió siendo exclusivamente judío. A los habitantes árabes no se les concedió la ciudadanía israelí, sino la “residencia permanente”. Este es un estatus que puede ser revocado arbitrariamente en cualquier momento; y, de hecho, lo ha sido en muchos casos, forzando a las víctimas a abandonar la ciudad. Para guardar las apariencias, a los árabes se les permitió solicitar la ciudadanía israelí. Por supuesto, las autoridades sabían que solo un puñado solicitaría tal cosa, puesto que semejante petición implicaría el reconocimiento de la ocupación. Para los palestinos, esto sería una traición. (De todas formas, las pocas solicitudes presentadas fueron generalmente rechazadas.)

El municipio no se amplió. En teoría, los árabes tienen derecho a votar en las elecciones municipales, pero solo unos pocos lo hacen, por las mismas razones expuestas antes. En la práctica, Jerusalén Oriental sigue siendo territorio ocupado.

Teddy Kollek fue elegido alcalde dos años antes de la anexión. Una de sus primeras actuaciones fue demoler todo el barrio magrebí, situado junto al Muro de las Lamentaciones, dejando una gran plaza vacía que parece un aparcamiento. Los habitantes, todos ellos gente pobre, fueron desalojados en cuestión de horas.

Pero Kollek era un genio de las relaciones públicas. Estableció relaciones amistosas con los notables árabes, les presentó a los visitantes extranjeros y creó una impresión general de paz y concordia. Kollek construyó más nuevos barrios israelíes en tierras árabes que cualquier otra persona del país. No obstante, este jefe de colonos recogió casi todos los premios que honran la paz en el mundo, excepto el Premio Nobel. Jerusalén Este se mantuvo tranquila.

Solo unos pocos conocían una directiva secreta de Kollek que ordenaba a todas las autoridades municipales controlar que la población árabe, entonces el 27 por ciento de la la ciudad, no aumentara más.

Kollek fue hábilmente apoyado por Moisés Dayan, entonces ministro israelí de defensa. Dayan creía que podía mantenerse tranquilos a los palestinos dándoles todos los beneficios posibles, salvo la libertad.

Pocos días después de la ocupación de Jerusalén Oriental, Dayan retiró la bandera de Israel que había sido colocada por los soldados delante de la Cúpula de la Roca, en el Monte del Templo. Dayan se convirtió en la autoridad de facto en el Monte del Templo, por encima de las autoridades religiosas musulmanas.

A los judíos se les permitió entrar en la Explanada de las Mezquitas solo en pequeños grupos y como meros visitantes. Tenían prohibido rezar en el área y era expulsados por la fuerza si movían sus labios. Después de todo, podían rezar a sus anchas en el Muro Occidental aledaño (que es parte de la antigua muralla exterior del complejo).

El gobierno pudo imponer esta medida debido a un pintoresco hecho religioso. Los judíos ortodoxos tienen prohibido por los rabinos entrar en el Monte del Templo. De acuerdo con un mandato bíblico, los judíos ordinarios no pueden entrar en el Sanctasanctórum; solo puede hacerlo el sumo sacerdote. Puesto que nadie sabe, en la actualidad, dónde estuvo exactamente este lugar, los fieles judíos no pueden entrar en el recinto.

En consecuencia, los primeros años de la ocupación fueron tiempos tranquilos para Jerusalén Este. Judíos y árabes se mezclaban libremente. Estaba de moda que los judíos hicieran compras en el colorido mercado árabe y cenaran en los restaurantes “orientales”. Yo mismo me alojé a menudo en hoteles árabes e hice un buen número de amigos árabes.

Esta atmósfera cambió gradualmente. El gobierno y el ayuntamiento gastaron mucho dinero en aburguesar Jerusalén Occidental, pero los barrios árabes de Jerusalén Oriental fueron olvidados y se convirtieron en barrios marginados. La infraestructura y los servicios locales se deterioraron. No se concedía casi ningún permiso de construcción a los árabes, con el fin de empujar a las nuevas generaciones a desplazarse fuera de los límites de la ciudad. Luego se construyó el muro de “separación”, que impedía a los palestinos no jerosolimitanos entrar en la ciudad, aislándoles de sus escuelas y centros de trabajo. A pesar de todo, la población árabe creció y alcanzó el 40 por ciento.

La opresión política aumentó. En virtud de los acuerdos de Oslo, los árabes jerosolimitanos podían votar en las elecciones a la Autoridad Palestina. Pero se les impidió hacerlo y sus representantes fueron detenidos y expulsados de la ciudad. Todas las instituciones palestinas fueron clausuradas por la fuerza, incluyendo la famosa Casa de Oriente, donde tenía su oficina el muy admirado y querido líder de los árabes de Jerusalén, el difunto Faisal al Huseini.

Kollek fue sucedido por Ehud Olmert y un alcalde ortodoxo al que le importaba un comino Jerusalén Oriental, con la excepción del Monte del Templo. Y entonces ocurrió un desastre adicional. Los israelíes laicos comenzaron a abandonar Jerusalén, que se convirtió rápidamente en un bastión ortodoxo. En su desesperación, decidieron expulsar al alcalde ortodoxo y elegir a un hombre de negocios laico. Lamentablemente, resultó ser un rabioso ultranacionalista.

Nir Barkat se comporta como el alcalde de Jerusalén Occidental y el gobernador militar de Jerusalén Oriental. Trata a sus súbditos palestinos como enemigos, que pueden ser tolerados si obedecen en silencio y brutalmente reprimidos si no lo hacen. Junto con una década de abandono de los barrios árabes y el ritmo acelerado de construcción de nuevos barrios judíos, la excesiva brutalidad policial, abiertamente alentada por el alcalde, están produciendo una situación explosiva.

La separación total de Jerusalén del resto de Cisjordania, su región natural, empeora aún más la situación.

A todo esto se le puede añadir la terminación del llamado proceso de paz, puesto que todos los palestinos están convencidos de que Jerusalén Este deben ser la capital del futuro estado de Palestina.

Esta situación solo necesita una chispa para que arda toda la ciudad. Y esta chispa fue proporcionada por los demagogos derechistas del parlamento israelí. Compitiendo por la atención de la gente y la popularidad, comenzaron a visitar el Monte del Templo uno detrás de otro, provocando cada vez una tormenta. Si añadimos a esto el manifiesto deseo de algunos fanáticos religiosos y de extrema derecha de construir el Tercer Templo en el lugar de la mezquita de Al Aksa y de la Cúpula de la Roca, todo hacía creer que los lugares sagrados musulmanes estaban en peligro.

Luego llegó la espantosa venganza y asesinato de un niño árabe que fue secuestrado por un grupo de judíos y quemado vivo con gasolina vertida en su boca.

Los habitantes musulmanes de la ciudad comenzaron a actuar individualmente. Desdeñando a las organizaciones, casi sin armas, iniciaron una serie de ataques que ahora se llaman “intifada de los individuos”. Actuando solos, o con un hermano o un primo de su confianza, toman un cuchillo o una pistola —si pueden conseguir una—, o un coche o un tractor, y matan a los israelíes más cercanos. Ellos saben que van a morir.

Los dos primos que mataron a cuatro judíos en una sinagoga esta semana —y también a un policía druso árabe— sabían esto. También sabían que sus familiares iban a sufrir, que sus casas serían demolidas y sus parientes arrestados. No se detuvieron. Las mezquitas eran más importantes.

Además, el día anterior, un conductor árabe fue encontrado muerto en su autobús. Según la policía, la autopsia demostró que se había suicidado. Un patólogo árabe concluyó que había sido asesinado. Ningún árabe cree a la policía; están convencidos de que la policía siempre miente.

Inmediatamente después de la matanza de la sinagoga, el coro israelí de políticos y comentaristas entró en acción. Lo hicieron con una unanimidad sorprendente: ministros, miembros del parlamento, exgenerales, periodistas, todos repitieron con ligeras variaciones el mismo mensaje. La razón de esto es sencilla: la oficina del primer ministro envía todos los días una “página de mensajes” que instruye a todas las partes de la maquinaria propagandística lo que deben decir.

Esta vez el mensaje fue que Mahmud Abás era el culpable de todo, un “terrorista con traje”, el líder cuyas incitaciones a la violencia están promoviendo una nueva intifada. No importa que el jefe del Shin Bet (los servicios secretos israelíes) dijera, ese mismo día, que Abás no tenía relaciones abiertas ni encubiertas con la violencia.

Benjamín Netanyahu se enfrentó con las cámaras y con un rostro solemne y una voz lúgubre —es realmente muy buen actor— repitió una vez más lo que ha dicho antes en multitud de ocasiones, como si fuera siempre una receta nueva: más policía, más castigos más duros, demoliciones de casas, arrestos y multas más graves a los padres de los niños de 13 años que sean atrapados tirando piedras, etcétera.

Todos los expertos saben que el resultado de esas medidas será exactamente el contrario del buscado. Los árabes indignados aumentarán y atacarán a hombres y mujeres israelíes. Los israelíes, por supuesto, “se vengarán” y “harán justicia por su cuenta”.

Tanto para sus habitantes como para los turistas, caminar por las calles de Jerusalén, la ciudad que “une a todos”, se ha convertido en una aventura arriesgada. Muchos prefieren quedarse en casa.

La Ciudad Impía está más dividida que nunca antes.


Uri Avnery es un conocido líder pacifista israelí, fundador de Gush Shalom y escritor, autor de varios libros sobre el conflicto palestino-israelí. Fue miembro del parlamento israelí entre 1965 y 1974 y entre 1979 y 1981.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)