Cómo Israel está convirtiendo Gaza en una superprisión

Jonathan Cook

Fuente: How Israel is turning Gaza into a super-max prison, Jonathan Cook: the View from Nazareth, 27/10/2014

Es asombroso que la reconstrucción de Gaza, devuelta a la Edad de Piedra a base de bombardeos según los explícitos objetivos de una doctrina militar israelí conocida como “Dahiya”, no haya hecho más que empezar después de que han transcurrido dos meses desde el final de los combates.

Según la ONU, han sido destruidas o dañadas cerca de 100.000 casas, dejando a 600.000 palestinos —casi una tercera parte de la población de Gaza— sin hogar o necesitados de ayuda humanitaria.

Carreteras, escuelas, sistemas de tratamiento de aguas residuales, redes de suministro de agua y la única central eléctrica del territorio han sido prácticamente destruidas. El frío y la humedad del invierno se acercan. La organización Oxfam ha advertido que, de seguir el actual ritmo de reconstrucción, podrían ser necesarios 50 años para reconstruir la Franja de Gaza.

Dejando a un lado los territorios palestinos, ¿en qué otro lugar del mundo estaría la comunidad internacional de brazos cruzados, esperando a no se sabe qué, mientras tantas personas están sufriendo (y no por un capricho de Dios, sino por expreso deseo de unos humanos)?

La razón de esta agresión es, como siempre, las “necesidades de seguridad” de Israel. Gaza puede ser reconstruida, pero solo siguiendo las directrices de Israel.

Hemos estado aquí antes. Hace doce años, las excavadoras israelíes entraron en el campo de refugiados de Yenín, en Cisjordania, en medio de la segunda intifada. Israel acababa de perder a su mayor número de soldados en una única batalla cuando los soldados hebreos se adentraban a través de un laberinto de estrechas callejuelas para combatir a los palestinos. En escenas que conmocionaron al mundo, Israel convirtió en escombros a centenares de casas.

Con los residentes viviendo en tiendas de campaña, Israel insistió en los términos que debía regir la rehabilitación del campo de refugiados de Yenín. Las callejuelas que sirvieron para que la resistencia palestina organizara sus emboscadas debían desaparecer. En su lugar, se construyeron calles lo bastante anchas para que los tanques israelíes pudieran patrullar.

En pocas palabras, tanto las necesidades humanitarias de los palestinos como su derecho a resistir a sus opresores, reconocido por el derecho internacional, fueron sacrificados en el altar de una ocupación israelí más eficiente.

Es difícil no ver en el acuerdo alcanzado este mes en El Cairo, para proceder a la reconstrucción de Gaza, términos similares a aquellos establecidos para reconstruir el campo de refugiados de Yenín.

Los donantes prometieron 5.400 millones de dólares, aunque, basándonos en la experiencia pasada, buena parte de esta ayuda no se materializará. Además, la mitad tomará el camino de Cisjordania para pagar las crecientes deudas de la Autoridad Palestina. Nadie en la comunidad internacional parece haber sugerido que Israel, que ha privado de recursos a Cisjordania y la Franja de Gaza de diferentes maneras, pague la factura.

El acuerdo de El Cairo ha sido muy bien acogido, aunque las condiciones con que será reconstruida Gaza solo son conocidas en términos muy generales. Las filtraciones, sin embargo, han permitido concretar algunos detalles.

Un analista israelí ha comparado la solución propuesta a la transformación de una prisión del tercer mundo en una moderna cárcel estadounidense. El civilizado aspecto exterior ocultará su verdadero propósito: no mejorar la vida de los palestinos presos, sino ofrecer una mayor seguridad a los carceleros israelíes.

La preocupación humanitaria está siendo aprovechada para permitir a Israel suavizar un bloqueo que dura ya ocho años y que ha impedido a Gaza conseguir muchos productos esenciales, incluyendo aquellos que son necesarios para reconstruir el territorio tras las anteriores campañas de bombardeos israelíes.

Este acuerdo entrega el control nominal de las fronteras de Gaza y de las transferencias de materiales de reconstrucción a la Autoridad Palestina y a la ONU, con el fin de eludir y debilitar a Hamas. Pero los supervisores —y quienes tomarán realmente las decisiones— serán los israelíes. Por ejemplo, Israel tendrá poder para vetar al suministrador de las cantidades masivas de cemento necesarias. Eso significa que buena parte del dinero de los donantes terminará en los bolsillos de los fabricantes de cemento y los intermediarios israelíes.

Pero el problema es más profundo que eso. El sistema debe satisfacer el deseo israelí de saber a dónde irá cada bolsa de cemento o barras de acero, con el fin de impedir que terminen en manos de Hamas y que este pueda reconstruir sus cohetes caseros y sus redes de túneles.

Los túneles, y el elemento sorpresa que ofrecieron, fueron la razón por la que Israel perdió tantos soldados. Sin ellos, la próxima vez Israel tendrá más libertad para “cortar el césped”, que es como llaman sus comandantes a la destrucción reiterada de Gaza.

La semana pasada, el ministro de defensa Moisés Yaalon advirtió que la reconstrucción de Gaza estará condicionada a la buena conducta de Hamas. Israel quiere estar seguro de que “los fondos y los equipamientos no serán utilizados por el terrorismo, así que vamos a supervisar muy de cerca todos los movimientos”.

La Autoridad Palestina y la ONU tendrán que enviar a una base de datos supervisada por los israelíes toda la información de cada una de las casas que necesitan ser reconstruidas. Al parecer, aviones no tripulados israelíes vigilarán cada movimiento que tenga lugar en el suelo.

Israel podrá vetar a cualquier persona que considere que es un militante, lo que significa todo aquel que tenga alguna relación con Hamas o la Yihad Islámica. Es de suponer que Israel espera que esto disuada a la mayoría de los palestinos de vincularse con los movimientos de la resistencia.

Además, no resulta difícil pensar que el sistema de supervisión proporcionará a Israel las coordenadas GPS de cada una de las casas de Gaza, así como información detallada de las familias, consolidando así su control antes de su próximo ataque. Por último, Israel puede chantajear todo el proceso tirando del enchufe en cualquier momento.

Lamentablemente, la ONU —desesperada por conseguir aliviar la situación de las familias de Gaza— se ha comprometido ha colaborar con esta nueva versión del bloqueo, a pesar de que viola el derecho internacional y los derechos de los palestinos.

Al parecer, Washington y sus aliados son los únicos que están más que felices por ver a Hamas y a la Yihad Islámica privados de los materiales necesarios para resistir la próxima ofensiva israelí.

El New York Times resumió así sus preocupaciones: “¿Qué sentido tiene recoger y gastar tantos millones de dólares […] para reconstruir la Franja de Gaza solo para que pueda ser destruida en la próxima guerra?”.

Para algunos donantes, molestos por despilfarrar su dinero durante años en un pozo sin fondo, convertir a Gaza en una superprisión es la mejor recompensa por sus inversiones.


Jonathan Cook es periodista y vive en Nazaret. Ha sido galardonado con el premio especial de periodismo Martha Gellhorn.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)