Las restricciones israelíes de los movimientos de los palestinos sofocan su vida diaria

Daud Kutab

Fuente: Analysis: Israeli restrictions on movement strangle Palestinian life, Ma’an News Agency, 23/10/2014

Puesto de control de Kalandia, entre Ramala y Jerusalén. (Foto: MaanImages)

“Mi patria no es una maleta y yo no soy un viajero”, escribió el poeta palestino Mahmud Darwish.

Sin embargo, para muchos palestinos que viven en la patria asediada, el derecho a moverse libremente, garantizado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (artículo 13), solo existe en el papel.

La semana pasada, me encontré en Beirut con una mujer palestina de Gaza que había pasado cuatro días atrapada en un sótano del aeropuerto de El Cairo, junto con gran cantidad de personas que esperaban un visado.

Su calvario comenzó cuando trató de salir de Gaza. Hamas, que controla el paso fronterizo con Egipto, asigna a cada persona un día determinado para viajar, por lo general un par de semanas después de haber hecho la solicitud.

Puesto que uno no sabe cuándo será exactamente ese día, es difícil hacer planes.

Meral (nombre inventado) fue invitada a una conferencia de prensa en Beirut. Los organizadores de la misma habían solicitado un visado para ella, pero este no llegó a tiempo el día que debía viajar.

Habiendo viajado muchas veces antes y habiéndosele permitido normalmente entrar en Egipto, decidió arriesgarse para poder asistir a la conferencia.

Las autoridades egipcias, según ella, ponen muchos más obstáculos para viajar desde que Fatah y Hamas crearon el gobierno de unidad. Las mujeres, por ejemplo, solían obtener el permiso para entrar libremente en Egipto, pero esta vez a Meral no le dejaron entrar.

El hecho de que esté casada con un periodista turco hizo que los egipcios se decidieran a no dejarla entrar, simplemente porque El Cairo y Ankara no están en buenas relaciones políticas estos días.

Finalmente, a Meral le permitieron viajar gracias a un procedimiento denominado tarhil (deportación), por el cual los viajeros en tránsito son trasladados en un autobús fuertemente custodiado a una sala sin ventanas del aeropuerto internacional de El Cairo y son retenidos allí hasta que puedan obtener un visado válido y un billete. Los pasaportes se mantienen en poder de los agentes de seguridad hasta que la persona “deportada” llega a las escalerillas del avión.

La hermana de Meral disfrutó de 72 horas de libertad de movimientos en Egipto, ya que tenía una cita en la embajada de Estados Unidos. Al parecer, el destino del pasajero determina si a uno le permiten moverse libremente o es “deportado” al sótano del aeropuerto.

Meral tuvo que esperar cuatro días para conseguir el visado y poder viajar a Beirut.

En varias ocasiones, según relata Meral, los agentes de seguridad insinuaron que le podrían ayudar si pagaba un soborno. Según otros pasajeros, los sobornos de este tipo rondan los centenares de dólares. Sobornos más pequeños son necesarios para conseguir comida, tarjetas SIM para móviles y otras necesidades básicas mientras se espera el visado.

Los problemas que tuvo Meral no fueron excepcionales. Casi todos los palestinos se enfrentan con algún tipo de discriminación.

Si uno vive en Jerusalén Este, no puede entrar en Jordania por tierra, salvo por el puente del Rey Husein, donde hay que pagar 230 shekels (unos 55 euros) a las autoridades israelíes, además de una tasa de salida de 180 shekels (43 euros).

Jordania no permite a los palestinos utilizar el puente porque no lo considera una frontera internacional.

Los israelíes dan a los palestinos de Jerusalén Este un permiso de viaje llamado laissez-passer, pero no es renovado si uno no puede probar que Jerusalén es el “centro” de su vida. Así, si uno vive fuera de la ciudad durante bastante tiempo, pierde su derecho a volver a Jerusalén, aunque haya nacido en esa ciudad.

Salir de y entrar a Jerusalén es mucho más difícil si uno es jerosolimitano palestino, a diferencia de los colonos judíos, que tienen carreteras de uso exclusivo para ellos y procedimientos mucho más fáciles en los puestos de control. Me dijeron que si uno tiene un pasaporte extranjero con un sello de Israel, puede entrar siempre y cuando no sea de origen palestino.

Así, pues, si uno tiene pasaporte europeo o estadounidense pero ha nacido en Jerusalén, no le dejarán entrar, mientras que conciudadanos suyos que no sean de origen palestino no tendrán ningún impedimento.

Los problemas con que se enfrentan los palestinos, sobre todo los de Gaza, para poder viajar libremente son, al parecer, una motivación más para intentar emigrar, legal o ilegalmente, a Europa o a un país occidental, cuyos pasaportes son mucho más respetados que los palestinos o los árabes.

La frustración por no poder viajar libremente y buscar oportunidades en otros países es, aparentemente, una razón más para unirse a grupos radicales.

Cuando los palestinos se reúnan este semana con los israelíes, con la intermediación de Egipto, uno de los temas que tratarán será el del aeropuerto.

Aunque hay pocas esperanzas de que los israelíes vayan a permitir la reapertura del aeropuerto internacional de Gaza, hay amplias evidencias de que la cuestión de la libertad de movimientos no es una demanda de un grupo aislado, sino una reivindicación de todos los palestinos para poder llevar una vida normal.

El deseo de Darwish de regresar a su patria le inspiró algunos versos. Para los palestinos que viven en la patria ocupada, la libertad de movimientos es una prioridad.

El tema no puede ser barrido debajo de la alfombra.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)