La solución israelí

Hasan Afif el Hasan

Fuente: The Israeli Solution , The Palestine Chronicle, 18/10/2014

El sionismo es incompatible con la paz. (Foto: Tamar Fleishman / PC)

He tratado de explorar los planes a largo plazo de la elite gobernante de Israel respecto a los palestinos. Pero puesto que ningún gobierno israelí ha revelado públicamente su visión a largo plazo más allá del mantenimiento del status quo, he decidido examinar sus pensamientos a través de uno de sus representantes, Caroline Glick.

He leído su libro The Israeli Solution, que ha sido recientemente publicado. Caroline Glick es una israelí de derechas y una firme defensora de las políticas del primer ministro Benjamín Netanyahu. Es una periodista nacida en EEUU, subdirectora del Jerusalem Post y escribe en el diario israelí Makor Rishon. En su libro trata muchos temas que reflejan las ideas de la derecha sionista sobre Palestina y propone un plan de un estado en Palestina.

Glick sostiene que la solución de dos estados no es aceptable, ya que no satisface los objetivos de los sionistas. Escribe: “Los derechos del pueblo judío a la soberanía sobre Judea y Samaria [Cisjordania] —como sus derechos sobre el resto de la Tierra de Israel— son indiscutibles desde una perspectiva histórica y política”. Pide la creación de un estado con mayoría étnica-religiosa judía que incluya Judea y Samaria, además de Jerusalén, pero no la Franja de Gaza, y rechaza, además, el derecho al retorno de los refugiados.

Su plan ofrece la ciudadanía israelí y el derecho al voto a la población árabe de los barrios de Cisjordania. Glick afirma que Gaza ya es un estado palestino independiente desde que Israel retiró sus fuerzas militares y su población civil. Ha borrado, pues, a Gaza de la ecuación demográfica y da a los palestinos de Cisjordania la opción de trasladarse a Gaza en el caso de que prefieran vivir bajo soberanía palestina. Pero afirma, también, que Israel tiene el derecho a imponer un bloqueo marítimo de la costa de Gaza, ya que se trata de una entidad extranjera gobernada por una organización terrorista que, de forma rutinaria, lleva a cabo actos de guerra contra Israel. Recurre al maquiavélico divide y vencerás para excluir a Gaza de su plan creando diferencias culturales ficticias entre los palestinos de Gaza y los de Cisjordania. Escribe, por ejemplo, que la afinidad cultural de los palestinos de Gaza con Egipto es mucho más grande que su afinidad cultural con Judea y Samaria.

Glick declara que, una vez que Israel se anexione Cisjordania, reparará la injusticia histórica que los judíos sufrieron bajo el régimen británico, que les prohibió la compra de tierras. Glick ignora la infame Declaración Balfour de Gran Bretaña, del 2 de noviembre de 1917, que reconoció el objetivo sionista de establecer un hogar judío en Palestina, un país que no era territorio británico, cuya población indígena nunca fue consultada y en la que los judíos nunca constituyeron más de un uno por ciento de su población. Gran Bretaña permitió, incluso, a los líderes sionistas dictar el texto de la Declaración y la puso en práctica mientras ocupó Palestina bajo su Mandato.

Para apoyar la viabilidad de su concepción de un único estado, Glick recurre al análisis empírico de un extenso estudio del gobierno israelí de 2007 para expandir el estado absorbiendo toda la Palestina histórica y manteniendo una mayoría judía. Basándose en este estudio, concluye que la demografía es una de las mayores ventajas de Israel si decide imponer una solución de un estado. Según dice en su libro, Israel reunió a un equipo de investigadores israelíes y estadounidenses para estudiar la población palestina. El equipo se llamó Grupo de Investigación Demográfica Americano-Israelí (AIDRG). Sus miembros eran expertos en modelos de prognosis, demografía e historia, el exdirector de la administración civil en Cisjordania y expertos en modelos matemáticos. Las conclusiones del equipo fueron presentadas al destacado demógrafo norteamericano Nicholas Eberstadt, del Instituto Empresarial Americano (AEI). Descubrió nuevos hechos demográficos que no habían sido reconocidos en el pasado. De la población total de Israel, Jerusalén y Cisjordania, el 67 por ciento eran judíos, el 14 por ciento eran ciudadanos árabes israelíes que vivían en Israel, el 3 por ciento vivía en Jerusalén Este y el 16 por ciento eran árabes de Cisjordania. El estudio muestra que la anexión de Cisjordania tendría menos efectos sobre la democracia de Israel que lo que se había creído anteriormente.

El AIDRG presentó al gobierno israelí un análisis detallado de cada zona de Cisjordania, mostrando cómo Israel puede controlar los efectos de anexionarse cada zona mientras considera las necesidades territoriales y de seguridad. Las decisiones tomadas por el estado se basaron en una discusión racional dentro del gobierno israelí y sus asesores del AIDRG. Se compararon con otras alternativas que contemplaban el gobierno de las mismas zonas por parte de la Autoridad Palestina, por una tercera parte como Jordania o mediante la intervención de la comunidad internacional. Según este estudio, Israel puede anexionarse gradualmente Cisjordania y mantener, al mismo tiempo, su carácter judío.

El estudio del AIDRG descubrió que el censo de 1997 realizado por la Oficina Central de Estadísticas palestina (PCBS) era un “fraude”. Los palestinos habían exagerado las cifras de su población un 50 por ciento o, lo que es lo mismo, en 1,34 millones de residentes, según el informe. El fallo del censo de la PCBS radicaba en una previsión de crecimiento natural anual de la población de Cisjordania de un 4,4 por ciento y de un 5,2 por ciento en la población de Gaza entre 1997 y 2003. Los datos reales de los registros israelíes mostraban un crecimiento del 1,8 por ciento en Cisjordania y del 2,9 por ciento en Gaza. El censo de la PCBS también pronosticó que la población de Cisjordania y Gaza aumentaría en 236.000 personas entre 1997 y 2003, pero las estadísticas oficiales elaboradas por las autoridades israelíes de fronteras hablan tan solo de 74.000 personas.

Las actuaciones de los sucesivos gobiernos israelíes en los territorios ocupados desde 1967 sugieren que están pensando en los mismos términos que el plan del Gran Israel de Glick: el establecimiento de un estado con mayoría judía dentro de las fronteras del Mandato Británico en 1922. Los 600.000 colonos que Israel ha transferido a Cisjordania y Jerusalén, gracias a sus redes de autopistas, carreteras, electricidad y agua, sugieren que Israel quiere crear el estado que propone Glick.

Israel sigue construyendo nuevos asentamientos y ampliando los viejos. Casas y pueblos palestinos están siendo demolidos porque fueron construidos sin permiso y los permisos son denegados porque los solicitantes son palestinos. Israel ha expulsado a 56.000 palestinos jerosolimitanos de su ciudad negándoles los permisos de residencia, basándose en que trabajaban fuera de los límites municipales de la ciudad. Incluso los fieles tienen prohibida la entrada en la mezquita de Al Aqsa o son atacados por extremistas judíos que van protegidos por las fuerzas de seguridad israelíes.

Israel y Egipto no tienen ninguna intención de suavizar, mucho menos levantar, el sofocante bloqueo económico de la Franja de Gaza, territorio que ha sido destruido varias veces, manteniendo a su población en la pobreza absoluta. Los donantes internacionales se reunieron en El Cairo para reunir fondos destinados a la reconstrucción del enclave, después del tercer asalto brutal en cinco años, pero no para poner fin a la ocupación, que es la principal causa de la violencia. Hay una necesidad urgente de reconstruir Gaza ahora, pero eso no compensa la pérdida de miles de vidas inocentes y, además, la ayuda ni siquiera significa una solución temporal al sufrimiento de los refugiados de dos guerras, que llevan viviendo durante décadas en condiciones inhumanas. Hasta que la ocupación no termine y los palestinos puedan vivir libres en su propio país, y se alcance una solución justa para los refugiados, seguirá habiendo violencia y destrucción.

Israel insiste en que no son posibles concesiones en cuestiones territoriales y de seguridad, Jerusalén y el derecho al retorno de los refugiados palestinos. El ministro israelí de economía, Naftali Bennett, dijo recientemente: “La idea de que pueda establecerse un estado palestino en la Tierra de Israel ha llegado a un callejón sin salida”. En su discurso de 2014 ante la Asamblea General de la ONU, Netanyahu negó que Israel estuviera ocupando territorios palestinos. “El pueblo de Israel no es ocupante de la Tierra de Israel. La historia, la arqueología y el sentido común dejan claro que tenemos un vínculo singular con esta tierra desde hace más de 3.000 años”, dijo. Y el 11 de julio declaró lo siguiente: “No puede darse una situación en la que, en virtud de un acuerdo, renunciemos a controlar la seguridad del territorio situado al oeste del río Jordán”. El viceprimer ministro israelí Moisés Yalon descartó, en un discurso pronunciado recientemente en el Consejo Regional Sharon del Sur, la posibilidad de que se establezca un estado palestino junto a Israel.

Entre tanto, los líderes de la Autoridad Palestina (AP), que han perdido credibilidad entre su pueblo, han prometido liberar a Palestina de la ocupación y han amenazado con llevar a Israel ante los tribunales internacionales, al tiempo que sus fuerzas de seguridad siguen colaborando con las fuerzas israelíes para suprimir toda resistencia palestina contra la ocupación. Los miembros de las fuerzas de seguridad palestinas pueden, incluso, unirse a los israelíes en los puestos fronterizos de Gaza para impedir la entrada de productos que podrían resultar una amenaza para la seguridad de Israel. El sionismo es incompatible con la paz y no es fácil para los palestinos ser optimistas sobre el futuro cuando nadie confía en lo que dicen sus líderes.


Hasan Afif el Hasan es analista político. Su último libro es Is The Two-State Solution Already Dead? (Algora Publishing, Nueva York).

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)