Más allá de la ocupación: A la búsqueda de un término para la política israelí con los palestinos

Jonathan Cook

Fuente: Israel and the G-Word, CounterPunch, 10-12/10/2014

Las autoridades israelíes se vieron atrapadas en una reveladora mentira a finales del mes pasado, cuando el país celebraba el Nuevo Año Judío. Poco después de declarar que el nombre masculino más popular en Israel era “Yosef”, el ministro del interior se vio obligado a admitir que eso no era cierto y que, en realidad, el más popular era “Mohamed”.

Este pequeño engaño coincidió con el discurso del presidente palestino Mahmud Abas en la ONU. Los israelíes se indignaron porque Abas se refirió a la masacre de más de 2.100 palestinos —la mayoría de ellos civiles— en Gaza este verano como un “genocidio”.

Los dos incidentes sirvieron para recordar el tremendo poder de una única palabra.

La mayoría de los israelíes apenas son capaces de contemplar la posibilidad de que su estado judío esté produciendo más Mohameds que Moisés. Al mismo tiempo, y paradójicamente, Israel puede señalar la gran cantidad de “Mohameds” para demostrar que, en el peor de los casos, está erradicando la visibilidad de un nombre musulmán, pero no a sus portadores.

Por muy preocupante que sea, los cientos de muertos de Gaza están lejos del asesinato a escala industrial del Holocausto nazi.

Pero la idea de que Israel esté cometiendo un genocidio puede que no sea tan hiperbólica como se supone. El mes pasado, un “jurado” compuesto por expertos en derecho internacional, conocido como Tribunal Russell, examinó el reciente ataque de Israel contra Gaza y concluyó que Israel es culpable de “incitación al genocidio”.

El panel argumentó que el castigo colectivo impuesto por Israel a los palestinos parecía haber sido ideado para “establecer condiciones de vida calculadas para causar una destrucción gradual de los palestinos como grupo”.

El lenguaje empleado por el tribunal se hizo eco intencionadamente del de Raphael Lemkin, un abogado polaco judío que, tras huir de la Europa nazi, logró introducir el término “genocidio” en el derecho internacional.

Lemkin y los redactores de la convención de la ONU entendieron que el genocidio no requería la existencia de campos de exterminio; también podía ejecutarse de forma gradual a través de abusos y negligencias deliberadas y sistemáticas. Su definición plantea cuestiones preocupantes sobre lo que Israel ha hecho en Gaza, al margen de los ataques militares. Por ejemplo, ¿es un genocidio forzar a los dos millones de habitantes del enclave a depender de acuíferos contaminados con agua del mar?

El verdadero problema que plantea el uso del término por parte de Abas —ya que no se adecúa a la noción popular de genocidio— es que fue un blanco fácil para sus críticos. El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, acusó al líder palestino de “incitación”. La izquierda israelí, por su parte, lamentó lo que consideró una brutal e inútil exageración.

Pero los críticos, en lugar de arrojar luz sobre el tema, han echado más leña al fuego.

No solo expertos como Richard Falk y John Dugard han considerado que las acciones de Israel constituyen un genocidio, destacados estudiosos israelíes también lo han hecho. El difunto Baruch Kimmerling inventó el término “politicidio” para transmitir de forma más precisa la idea de un genocidio israelí contra los palestinos.

Sin embargo, Israel se ha blindado con éxito contra el lenguaje crítico aplicado a situaciones comparables en todo el mundo.

En los conflictos en los que se produce una expulsión masiva de un grupo étnico o nacional, se habla correctamente de limpieza étnica. Sin embargo, en el caso de Israel, respetables historiadores se expresan de forma confusa sobre los acontecimientos de 1948, aunque más del 80 por ciento de los palestinos fueron obligados por Israel a huir para establecer un estado judío en su patria.

Algo parecido ocurre con el término “apartheid”. Durante décadas, quienes empleaban este término para referirse a Israel eran desestimados como extremistas o antisemitas. Solo en los últimos años —y sobre todo debido al expresidente de EEUU Jimmy Carter— el término ha conseguido cierto reconocimiento.

No obstante, el principal uso del término es el de una advertencia más que una descripción del comportamiento de Israel: los partidarios acérrimos de una solución de dos estados dicen que Israel corre el peligro de convertirse en un estado de apartheid si no se separa de los palestinos.

En su lugar, se nos dice que basta con hablar de “ocupación”. Pero eso implica un estado de cosas provisional, una transición antes de que se restablezca la normalidad; justamente, lo contrario de lo que está sucediendo en Jerusalén, Cisjordania y Gaza, donde la ocupación se está afianzando, extendiendo y profundizando.

Quienes custodian el lenguaje crítico nos despojan de una terminología para transmitir la atroz realidad con que se enfrentan los palestinos, no solo como individuos, sino también como grupo nacional. En verdad, la estrategia de Israel incorpora variantes de limpieza étnica, apartheid y genocidio.

Los observadores, incluida la Unión Europea, conceden que Israel sigue implementando una limpieza étnica gradual —aunque prefieren el término más oscuro de “desplazamiento forzoso”— de palestinos de la denominada Área C, que representa casi dos terceras partes de Cisjordania, es decir, el grueso de cualquier futuro estado palestino.

Israel ha puesto en práctica un sofisticado régimen de apartheid —que se ha ocultado, en parte, evitando los aspectos más visibles de la segregación asociados con Sudáfrica— que roba los recursos de los palestinos para entregarlos a un grupo étnico-nacional, los judíos.

Pero a diferencia del apartheid sudafricano, cuyos sistemas legales e institucionales de segregación se volvieron paulatinamente más torpes y difíciles de manejar, el régimen israelí se mantiene dinámico y reactivo. Pocos observadores saben, por ejemplo, que casi todo el suelo residencial de Israel está fuera del alcance de los ciudadanos palestinos gracias al sistema legal israelí.

¿Y qué pensar de un plan recientemente desvelado por los medios israelíes, que señalan que Netanyahu y sus aliados han estado conspirando en secreto para expulsar a muchos palestinos al Sinaí, con la ayuda de EEUU, que ha chantajeado a Egipto para que acepte el plan? De ser cierto, se pueden comprender mejor las campañas de bombardeos de los últimos seis años como operaciones de castigo antes de proceder a las expulsiones en masa de Gaza.

Esta política se ajustaría, sin duda, a la definición de genocidio de Lemkin.

Con toda seguridad, algún historiador acuñará algún día un término para describir la estrategia israelí de destrucción gradual del pueblo palestino. Lamentablemente, para entonces puede ser demasiado tarde para ayudar a los palestinos.


Jonathan Cook fue galardonado con el premio especial Martha Gellhorn de Periodismo. Sus últimos libros son Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (Pluto Press) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (Zed Books). Su sitio web es www.jonathan-cook.net.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)