El Tribunal Russell y el ‘apartheid’ israelí

Ewa Jasiewicz

Fuente: Russell Tribunal on Palestine: Delegitmisation of Israeli apartheid has to happen in the courtroom too, Mondoweiss, 23/09/2014

Sesión del Tribunal Russell sobre Palestina celebrada en Londres en noviembre de 2010, que examinó “la complicidad empresarial con las violaciones de los derechos humanos y del derecho humanitario internacional cometidas por Israel. (Foto: Kristian Buus / Tribunal Russell)

Un amigo me confió recientemente que, en su opinión, el Tribunal Russell sobre Palestina era algo inútil. “Es una pérdida de dinero y solo sirve para apaciguar y apelar a las conciencias de la clase dominante”, me dijo rotundamente una noche en una taberna. Él está profundamente comprometido con Palestina y participa en las acciones de BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones contra Israel). Pensé en lo que me dijo, pues no es la primera vez que oigo esa crítica.

El Tribunal Russell sobre Palestina tuvo su primera sesión en marzo de 2010, cuando examinó la complicidad y las omisiones de los estados miembros de la Unión Europea respecto a los crímenes israelíes. Ofrecí pruebas basadas en mi experiencia como voluntaria en las ambulancias de Gaza durante la operación Plomo Fundido. La sesión tuvo lugar en un entorno opulento y majestuoso, con una audiencia que pateaba el suelo cada vez que entraba el jurado. El ambiente y el tono eran oficiosos, sombríos y serios. Todo el mundo estaba allí para dar testimonio. Todo el mundo estaba allí para escuchar la “verdad” y nada más que la verdad. No se trataba de dar mítines ni de hacer demagogia o teorizar. Fue algo situado entre un experimento de profunda y activa atención, una terapia de grupo postraumática y la iglesia.

Pero me hizo, a mí y a otros participantes, pensar sobre las raíces del derecho internacional, las responsabilidades de los estados y las instituciones, y las estructuras y sistemas de protección y violación en los que no habíamos pensado seriamente con anterioridad. No se trataba de lacónicos cantos fúnebres pronunciados por personas con peluca o hipócritas en podios. Eran mecanismos reales y narrativas para articular e intentar facilitar la igualdad universal. Eran tan importantes para deslegitimar el apartheid israelí como las ocupaciones de supermercados, las protestas masivas en la calle y las desinversiones de importantes financiadores de Israel.

La exministra de asuntos exteriores Tzipi Livni no tuvo miedo de venir al Reino Unido en 2009 por la protesta que se había planeado frente al Fondo Nacional Judío, donde iba a pronunciar un discurso. Tuvo miedo de venir porque había una orden de arresto contra ella. Y no vino. El hecho de que el gobierno de Cameron cambiara la ley para asegurar su inmunidad y pudiera venir un año más tarde no debilita, en absoluto, los resortes de poder que fueron utilizados por los abogados de los derechos humanos con el fin de poner de relieve que se trataba de una criminal de guerra. No pudimos hacer una cadena humana y cantar “Stop Tzipi Livni” antes de ser dispersados por los robocops; pero los palestinos de Gaza sí pudieron hacerlo desde la distancia, con pruebas, papeleos y skype entre la ciudad de Gaza y Londres.

El general Doron Almog fue casi arrestado en 2005 en el aeropuerto de Heathrow por su papel en la destrucción de casas en Gaza y por el bombardeo de una casa en la que murieron un líder de Hamas y otras 14 personas, entre ellas nueve niños. Gracias a un soplo a la embajada israelí, él no salió del avión y la policía que le esperaba para arrestarlo se volvió con las manos vacías, mientras Almog remontaba el vuelo de vuelta a Israel. Pero fue deslegitimado.

Una de las pocas brechas en la falta de rendición de cuentas y en la impunidad de las autoridades israelíes es la amenaza de que el derecho internacional sea utilizado realmente por ciudadanos y abogados para ser justos con las víctimas de las violaciones israelíes. Israel lo llama “guerra jurídica” y lo ve como un ataque contra su “derecho a defenderse” con todos los medios a su alcance. Nosotros lo llamamos guerra jurídica también, un arma para resistir a la degradación de las vidas humanas hasta el punto de convertirlas en prescindibles, víctimas de daños colaterales de acuerdo con la lógica del poderoso envalentonado para hacer lo que quiera, a quien quiera y cuando quiera.

La deslegitimación del apartheid y el colonialismo israelíes no solo sucede en las calles, en las aulas, en los mercados o en las salas de juntas. Tiene que darse también en los tribunales. ¿Qué pasa con los millones de personas que estudiaron derecho y lo practican a lo largo y ancho del planeta, incluyendo Palestina, que pueden ver las ventajas en la modificación de las jurisdicciones y los engranajes legales para impulsar casos que pueden cambiar los hechos sobre el terreno? ¿No es válida su experiencia? Cuando decimos que no tiene sentido depender del derecho internacional, ¿no estamos apoyando, sin quererlo, a las elites poderosas que tratan de eludir la ley para salirse con la suya? No podemos depender exclusivamente del derecho, pero este puede ayudarnos.

En cuanto a Gaza, durante y después de las masacres, una vez que la rabia desaparece, podemos sentirnos a menudo silenciados, debilitados y enterrados en una especie de vergüenza. Quienes han sido obligados por sus torturadores a ver cómo otros son torturados —una táctica ideada para aterrorizar, humillar y machacar a unos y otros— hablan de una especie de inmovilización y depresión que les aísla y silencia. Es evidente que no estamos en celdas vecinas. Nosotros estamos en confortables hábitats occidentales, agradablemente amueblados y sin cortes de luz; los palestinos de Cisjordania y Gaza viven en guetos. Pero esa sensación de impotencia, ese “tú no puedes parar esto”, la internalización de ese mensaje es una amenaza para el activismo y la resistencia.

La resistencia necesita tácticas que alcancen a todos los niveles del sistema que estamos intentando cambiar y los transformen. Necesitamos el candado y la Sección 60 (notas informativas de los okupas muy utilizadas en la ocupación de edificios para ser utilizados como centros sociales y campamentos de protesta en Reino Unido), granadas RPG y huelgas de hambre, una revolución y una constitución. El derecho humanitario internacional y los derechos humanos no son las herramientas de los poderosos, son nuestras herramientas y pueden derribar la casa de los poderosos cuando se usan en combinación con movimientos populares.

La formalidad del Tribunal Russell, el jurado compuesto por personalidades y el llamado a la clase diplomática no lo hace menos fiero ni menos fundamentado. Se trata de poner la ley en nuestras manos.

Stéphane Hessel fue un mecenas del tribunal. Antiguo combatiente de la resistencia, superviviente de los campos de concentración y autor de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El best seller ¡Indignaos! fue el título de su último libro. A mi amigo que cree que el Tribunal Russell es algo inútil, le digo que siempre habrá tiempo para la indignación, la lucha no tiene fin y necesita un ecosistema de tácticas para que se haga justicia.

Nota: El Tribunal Russell iniciará mañana una sesión especial en Bruselas para examinar un supuesto crimen de genocidio cometido por Israel en Gaza. Más información aquí.

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Ewa Jasiewicz es activista y periodista. Es autora de Razing Gaza y es cofundadora de la campaña polaca de solidaridad con Palestina.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)