Israel/Palestina: ¿La solución de uno o de dos estados? La respuesta es ambos (o ninguno)

Noam Sheizaf

Fuente: One- or two-state solution? The answer is both (or neither), +972 Magazine, 2/09/2014

Este artículo de Noam Sheifaz puede ser controvertido. En cualquier caso, conviene tener en cuenta que está escrito para un público israelí y que esto supone, aunque nunca forzosamente, dar acentos distintos y puntos de vistas distintos. En todo caso, mi decisión de traducirlo y publicarlo se debe a mi acuerdo con su punto central: la solución del conflicto palestino-israelí no seguirá las líneas teóricas elaboradas por quien sea, se trate de un intelectual de salón, de un político de altos vuelos o del gabinete de la mayor potencia mundial. Las dinámicas de los hechos sociales no son plenamente controlables (algo que está demostrado hasta la saciedad) y, como dice Sheifaz, serán las relaciones de poder y los intereses en conflicto los que determinarán la “solución” (siempre provisional) del conflicto cuando se pretenda darle una resolución definitiva. Efectivamente, es una pérdida de tiempo diseñar una solución, delinear teóricamente sus elementos y demás. Lo crucial es determinar contra qué luchamos, cuál es el mal que queremos eliminar o minimizar al máximo. Eso es lo fundamental. Y en el caso palestino-israelí, ese mal se llama ocupación y los elementos que le acompañan: racismo, ‘apartheid’, violencia, supremacismo judío, sionismo (nacionalismo excluyente), fundamentalismo, etcétera. JV

La solución de dos estados no es una causa progresista y tampoco lo es la solución de un estado. Son, simplemente, medios para un fin. El único objetivo posible para la política progresista en Israel/Palestina es garantizar plenos derechos humanos, civiles y políticos para todos los que viven en esta tierra.

De vez en cuando, hay comentarios en este blog que me atribuyen una posición, a pesar de que he creído ser muy cuidadoso para evitar ser etiquetado. Un escritor que ha sido mal entendido solo debe culparse a sí mismo y no a los lectores. Sin embargo, hay un punto específico con el que siempre he tenido problemas, quizá debido a la forma en que se aparta del entendimiento común del debate político, y no solo en Israel.

El tema en cuestión es el llamado acuerdo del estatus final o definitivo del conflicto palestino-israelí. A menudo he recibido comentarios que suponen que defiendo la retirada israelí de Cisjordania y la evacuación de los asentamientos. Otros comentarios dan por sentado que propongo que Israel se anexione Cisjordania y dé la ciudadanía a todos los palestinos.

La verdad es que no defiendo ninguna de esas dos ideas o, si se prefiere, que acepto las dos en ciertas circunstancias.

Mi principal postura política es la oposición a la ocupación. Por “ocupación” entiendo el estatus legal del territorio administrado por Israel. Me refiero a la existencia de un régimen que separa a las dos poblaciones según criterios étnicos y les concede derechos diferentes, y también a todas las políticas que son parte integrante de ese régimen: el sistema de justicia militar, los asesinatos extrajudiciales de personas que viven bajo soberanía israelí, la ausencia de libertad de movimientos, las limitaciones de la libertad de expresión y muchas otras medidas más.

Estoy a favor de la igualdad de derechos para todas las personas que viven en este territorio, desde el Mediterráneo hasta el río Jordán. Teóricamente, esto puede formar parte de una solución de dos estados, de un único estado y de diferentes combinaciones de ambos. Todas estas soluciones podrían, también, preservar una situación en la que no hubiera igualdad de derechos y los judíos siguieran dominando a los palestinos, pero a través de diferentes medidas, algo muy parecido a lo que sucedió en Gaza tras la retirada de las fuerzas israelíes y los 9.000 colonos en 2005. Una persona puede declarar que está a favor de la solución de dos estados o que apoya la aplicación del derecho civil —por oposición al actual régimen militar— en Cisjordania, pero esas declaraciones en sí mismas no garantizan nada.

Aun cuando tales planes de estatus final se presentan en su forma ideal, todos tienen defectos considerables. El juego en el que los progresistas plantean ideas para resolver el conflicto y la derecha encuentra agujeros en ellas es una causa perdida. En realidad, el debate sobre las soluciones podría ser intelectualmente atractivo, pero solo sirve para contrarrestar la tesis de que el conflicto es algún tipo de estado de cosas o un desastre natural que no puede ser resuelto. Hay que poner alternativas encima de la mesa, pero no deben convertirse en un dogma.

Uno de los principales problemas que existen en Israel es que la solución de dos estados, que era un medio —para terminar con la ocupación y sus males—, se transformó en un objetivo. Esto ha sido desastroso. No hay “campo de la paz” en Israel y ninguna fuerza política importante busca la justicia. Solo hay un “campo de dos estados”, que es algo completamente diferente. Si un campo de la paz tuviera problemas para desarrollar la solución de dos estados, buscaría alternativas justas que pusieran término a la ocupación y redujeran sus males. Pero cuando el campo de dos estados tiene problemas para desarrollar una solución de dos estados, deja de buscar una solución y se convierte en partidario del statu quo, con todas sus políticas inherentes, tales como la necesidad de matar a 2.000 personas en Gaza para mantener el actual estado de cosas.

Esta es la razón por la que los progresistas necesitan volver a oponerse a la ocupación y hacerlo de forma activa; no solo de boquilla, hablando de un “proceso diplomático” o de dos estados o de paz y demás retóricas que lleven el sello de Simón Peres.

Hay que ser muy cuidadoso para no profundizar demasiado en el debate sobre las soluciones. Las más de las veces, esta conversación es una pérdida de tiempo y de capital político. Las soluciones no son el resultado de clubs de debate, sino de intereses políticos en un momento dado. En otras palabras, una vez que la sociedad israelí decida poner fin a la ocupación independientemente de las circunstancias políticas, las relaciones de poder y los distintos intereses determinarán la naturaleza de los acuerdos prácticos sobre el terreno.

Ese será el momento en que los israelíes necesitaremos tener una conversación honesta sobre el tipo de arreglo que preferimos negociar (los palestinos tendrán que hacer lo mismo, probablemente). Este debate no puede darse ahora porque la única cosa en la que todos podemos estar de acuerdo es en prolongar el status quo. Esto es lo que sucede todos los días en el sistema político israelí: Naftali Bennett, Avigdor Liberman, Yair Lapid y Tzipi Livni (o, para el caso, el laborista Isaac Herzog) pueden estar en la misma coalición de gobierno a pesar de sus opciones contradictorias porque pueden vivir con el status quo. Este es el común denominador que define todo el sistema.

Una nota final. Incluso cuando se alcance un acuerdo de estatus final, este no será ni final ni estático y tendremos que seguir trabajando para que las relaciones entre judíos y palestinos se desarrollen en un marco político igualitario y responsable, no a través de la explotación o la fuerza militar. No existen las soluciones finales en política, mucho menos aquí.


Noam Sheifaz es periodista independiente y editor. Ha trabajado para el periódico Ha-ir de Tel Aviv, para Ynet.co.il y para el diario Maariv. Su trabajo ha sido recientemente publicado en Haaretz, Yediot Ahronot, The Nation y otros periódicos y revistas.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)