Gaza: Israel ha dejado a 1,7 millones de personas sin agua potable y casi sin electricidad

Luisa Gandolfo

Fuente: Water in the firing line as Israel targets Gaza’s infrastructure, The Conversation, 31/07/2014

Cuando la operación Margen Protector comenzó el 8 de julio, Israel se comprometió a extraer las lecciones aprendidas de anteriores conflictos para garantizar que esta operación no duraría tanto como la guerra de 2008-2009. Pero han pasado tres semanas y un día desde que comenzó el conflicto, lo que duró, de hecho, la operación Plomo Fundido.

Los daños causados a las infraestructuras por la guerra anterior no han sido todavía reparados; y ahora se han agravado todavía más tras la destrucción de la única central eléctrica de Gaza. Esta planta, que daba servicio a 1,8 millones de personas, fue atacada por un bombardeo de siete horas en el que murieron 128 palestinos, elevando el número de víctimas mortales a más de 1.200 palestinos y 53 soldados israelíes.

El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu advirtió que “tenemos un largo conflicto por delante”. Los residentes de la Franja de Gaza se enfrentan ahora con importantes restricciones en el suministro de agua, debido a que la destrucción de la central eléctrica ha paralizado las bombas de agua de la región y la electricidad tardará varios meses en volver.

El agua en Gaza

El agua ha asumido un papel importante en el conflicto. En su nivel más básico, es una fuente de vida y de subsistencia. En otros niveles, está entrelazada con leyes que modelan las vidas de los civiles que viven en Cisjordania, Gaza y el Neguev.

Cuando se ataca un recurso hídrico, se añade una nueva dimensión letal al conflicto, pues la supervivencia no solo es amenazada por las armas, sino por asesinos silenciosos, las enfermedades y las privaciones.

Durante la guerra de Gaza, el agua ha sido una de las principales víctimas, pues los ataques militares han causado daños valorados en seis millones de dólares: la destrucción de cuatro embalses, once pozos, redes de aguas residuales y estaciones de bombeo.

En 2012, el 95 por ciento del agua no era apta para el consumo humano: los 117 pozos de agua que había estaban contaminados. Ahora, esta contaminación se ha agravado, pues los esfuerzos por reconstruir o mantener los recursos existentes se han visto frustrados por las restricciones en el transporte. El resultado es un deterioro del sistema de tratamiento de aguas residuales y de suministro de agua, causado en parte por la sobreexplotación de los escasos recursos, en un afán de aminorar la creciente escasez.

La disminución de los niveles de agua es un problema regional. Según un estudio de la NASA de 2013, entre 2003 y 2009 toda la región de Oriente Medio perdió 144 kilómetros cúbicos de agua dulce almacenada, una cantidad equivalente a la pérdida del Mar Muerto. Debido a la creciente contaminación y a la disminución de los suministros, antes de la actual guerra el 80 por ciento de los gazatíes destinaba una tercera parte de sus ingresos al consumo de agua potable.

Sed de control

En Cisjordania y el Neguev, el problema del agua no es menos sombrío: actos de sabotaje, negativas a la concesión de permisos para tener cisternas y limitaciones en el acceso a las fuentes de agua han sido una constante en los últimos tiempos. El agua se ha convertido en un medio de control, un factor determinante de la futura propiedad de una parcela de tierra, el éxito o el fracaso de un negocio o el medio de hacer la vida imposible a una comunidad.

La decisión de destinar unas tierras a la agricultura o a la silvicultura es un medio para impedir el desarrollo de los pueblos existentes: una vez asignados esos usos del suelo, a los residentes se les prohíbe construir nuevas estructuras, incluyendo cisternas de agua. Si las construyen, son demolidas, al margen de cuál sea su finalidad.

Atir, cerca de Bersheba, alberga una comunidad de 500 beduinos, muchos de los cuales fueron trasladados a la aldea en 1956 por las autoridades israelíes. En ese momento se consideró un lugar adecuado; en 2013, se decidió que sería mejor destinarlo a la silvicultura y las fuerzas de seguridad demolieron las casas de 70 personas y, después, las tiendas de campaña en las que se refugiaron los desplazados.

En la región en general, se han abierto pozos para suministrar agua a los asentamientos de Cisjordania, alterando el abastecimiento de agua de los palestinos y, de forma más descarada, confiscando camiones cisternas. Privados de sus recursos hídricos, los palestinos de Cisjordania pagan hasta un 400 por ciento más por el litro que los que están directamente conectados a la red de aguas, mientras que en 2012 el consumo de agua de los palestinos de Cisjordania era un 25 por ciento inferior al de los israelíes.

Sabotajes

Una vez que se consigue agua, los problemas no terminan. Ahora hay que conservarla. Según Oxfam, entre 2011 y 2012, se demolieron en el Área C de Cisjordania, incluyendo el valle del Jordán, 62 estructuras de almacenamiento de agua que habían sido financiadas por la Unión Europea.

El sabotaje tiene dos orígenes: las demoliciones efectuadas por el ejército israelí y las que hacen los residentes de las colonias cercanas. En este último caso, contaminan el agua introduciendo piezas viejas de coches o animales muertos en las cisternas.

En el primer caso, se utilizan excavadoras para destruir las estructuras consideradas ilegales; en otros casos, los actos individuales de sabotaje pueden estar impulsados por el aburrimiento. Según un informe de 2009 de Amnistía Internacional, los soldados disparaban a los tanques de agua para pasar el tiempo, pues “los tanques de agua son buenos para practicar el tiro; están por todas partes y tienen las dimensiones adecuadas para apuntar y calibrar el arma y aliviar, así, la frustración […] o romper la monotonía de un servicio de guardia”.

Estos sabotajes perjudican seriamente al propietario, pues una cisterna cuesta el equivalente a los salarios de un año y medio, además de las privaciones que inevitablemente comporta la destrucción del recurso.

Mientras Cisjordania y el Neguev están siendo testigos de un proceso lento y sostenido de demoliciones, Gaza se está precipitando rápidamente en una profunda catástrofe humanitaria. Al desplazamiento de 200.337 palestinos hay que añadir las restricciones de agua y la ausencia de electricidad para hacer funcionar lo que queda de los centros de salud y los 85 refugios que existen en el enclave.

El 14 de julio, el portavoz del primer ministro, Mark Regev, dijo; “Si los civiles inocentes se ven afectados, suspenderemos la operación“.

Cortar la electricidad significa cortar el suministro de vida a aquellos que tienen una oportunidad de sobrevivir a los bombardeos, ya sea en un hospital o en los refugios. Todos necesitamos agua y si eliminamos ese recurso, los condenamos a todos.

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Luisa Gandolfo es profesora de Paz y Reconciliación en el Departamento de Sociología de la Universidad de Aberdeen. Su trabajo se centra en la identidad, el nacionalismo y los movimientos religiosos en Palestina/Israel. Su libro Palestinians in Jordan: The Politics of Identity (I.B. Tauris, 2012) analiza la identidad, la integración y el nacionalismo en las comunidades palestinas de Jordania.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)

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