Nunca volveré a Israel

Manu Leguineche
24 noviembre 2005

He tratado de seguir las reglas del oficio: hablar lo menos posible de uno mismo, utilizar con mesura la primera persona en mis crónicas.Voy a romper por primera vez con la norma para contar una anécdota personal. Me había prometido no volver a Israel porque los dos últimos interrogatorios a que fui sometido por los shin beths, el servicio de seguridad interior, o quienes fueran, se pasaron mucho de rosca. Todos deben pasar por las mismas horcas caudinas, pero unos más que otros. Cuando mataron al primer ministro Isaac Rabin, la entrevista de los agentes fue tan larga, además de surrealista, que llegué al mostrador con el vuelo cerrado. Me dieron ganas de preguntar a la agente por qué no dedicaban el mismo tiempo y esfuerzo en prever asesinatos como el de su primer ministro, obra de la extrema derecha hebrea.

[…]

El acoso no cesaba. Examinaron el contenido de las maletas, los libros, los papeles. Pidieron la factura del hotel, lo que llevó un cuarto de hora de escrutinio más o menos. Después le tocó el turno al ordenador. Estaba, y está, un poco chamuscado en el extremo de la tapa. Me preguntaron muy intrigados por qué.Se había quemado un poco una noche en que no advertí que la lámpara se había pegado a la tapa. Hicieron venir a un técnico que examinó el desperfecto. «¿Por qué no lleva batería?», preguntó de forma adusta como si hubiera descubierto que en su lugar llevaba una bomba. Insistió mucho en la quemazón del borde y no le convencieron mis explicaciones. «La batería no pesa», sentenció. Se llevó el disquete. Me preguntaron el nombre del empleado del Business Center de mi hotel en Jerusalén que me había conectado a Internet.

Llegados a un punto, hicieron que recogiera mi maleta y los dos bolsos y me llevaron al otro extremo del aeropuerto, donde el equipaje pasó por la cinta de Rayos X. Esa operación duró 10 o 15 minutos porque inmovilizaron la maleta y las bolsas. Sudaba.Sudaba hasta el punto que una de las interrogadoras me preguntó si me sentía mal. «No, lo que me pasa es algo que usted no alcanzará a entender nunca», dije en tono un poco altisonante, propio de la situación, «lo que me pasa es que estoy indignado». En efecto, no llegó a entenderlo.

He pasado en el ejercicio de mi profesión por varias cárceles, me han declarado persona non grata en el Chile de Pinochet, en la Sudáfrica de los racistas blancos (con la protesta del director de este periódico), en la Argelia de los generales, he sido interrogado en la Dirección General de Seguridad de Rabat durante la Marcha Verde. Me negaron la entrada en algunos países y me expulsaron a punta de pistola de otros, como en Irak al comienzo de la guerra con Irán. He conocido algún acoso después del 11 S, pero nunca me he sentido tan atropellado en mis derechos como en Israel.

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