Cómo ha ganado Hamas

Ariel Ilan Roth

No creo que haga falta decir que no comparto el punto de vista de este artículo, pero lo he traducido por dos razones. Una, porque creo que también hemos de conocer los planteamientos del “otro lado”, al menos, de las personas razonables del “otro lado”. Y otra porque su análisis frío sobre tácticas y victorias estratégicas me ha parecido interesante y, salvando la terminología que emplea, posiblemente correcto.JV

Tanques israelíes en las proximidades del norte de la Franja de Gaza, 18 julio 2014 (Ronen Zvulun / Courtesy Reuters)


No importa cómo y cuando el conflicto entre Hamas e Israel termine, dos cosas están claras. La primera es que Israel podría celebrar una victoria táctica. La segunda es que habrá sufrido una derrota estratégica.

A nivel táctico, el sistema de defensa contra misiles Cúpula de Hierro ha conseguido mantener el número de víctimas israelíes casi a cero y ha reducido, de forma importante, los daños materiales provocados por los cohetes lanzados desde Gaza. La invasión terrestre de Israel, iniciada el jueves, también está cosechando triunfos. Las fuerzas israelíes ha descubierto y destruido varios túneles de Hamas, incluyendo algunos que permitían entrar subterráneamente a Israel y otros que facilitaban los movimientos de bienes, municiones y militantes en el interior de la Franja de Gaza.

Estas victorias tácticas no deberían ser minusvaloradas. Pero, en todo caso, no equivalen a una victoria estratégica. La guerra, como enseñó Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios. Las guerras se libran para promover cambios políticos que, de alguna forma, beneficien al vencedor y perjudiquen al perdedor. Pero los israelíes han perdido de vista esta distinción.

Israel ha celebrado en el pasado victorias que, de hecho, eran derrotas. La guerra de octubre de 1973 es el mejor ejemplo. Israel dijo que había ganado porque sus fuerzas terminaron la guerra en la margen occidental del Canal de Suez tras haber rodeado a las fuerzas egipcias. Pero la realidad es que Egipto logró la victoria estratégica. El objetivo del presidente egipcio Anwar Sadat era capturar y controlar un territorio con el fin de desatascar las negociaciones políticas y, en última instancia, recuperar la península del Sinaí, ocupada por Israel. Y Sadat consiguió ese objetivo.

Los israelíes podrían creer que, aunque no fuera probable lograr un cambio en la situación política al final de esta guerra, al menos Hamas no lograría sus propios objetivos estratégicos. Podrían pensar, también, que la ausencia de un gran número de víctimas israelíes es un signo del fracaso de Hamas. Pero los israelíes están equivocados. Matar a un gran número de israelíes sería un placer para Hamas, pero no es algo vital para alcanzar un triunfo estratégico.

El objetivo estratégico de Hamas es romper la sensación de normalidad de Israel. Para que Israel subsista como una democracia floreciente y próspera, en condiciones de un conflicto permanente, sus ciudadanos deben mantener la ilusión de que sus vidas son más o menos similares a las que podrían tener en Londres, París o Nueva York. Si esa ilusión se destruye, podrían darse varios resultados, ninguno de ellos bueno para Israel. Desesperados por la imposibilidad de lograr la paz, algunos judíos israelíes podrían decidir emigrar. Lo más probable sería que los desacuerdos acerca de cómo afrontar el problema palestino se profundizarían, sembrando la discordia dentro de la sociedad israelí y socavando la narrativa hegemónica israelí sobre la naturaleza justa del sionismo. La cohesión en torno a esa narrativa ha sido una fuerza impulsora fundamental para hacer sacrificios y afrontar los peligros que implica vivir en Israel, incluyendo un largo y obligatorio servicio militar, que es un hecho de la vida para la mayoría de los judíos israelíes. Aunque estas fisuras internas no pusieran a Israel de rodillas, toda erosión del poder israelí —incluyendo el poder de la voluntad de la gente— es una ganancia para Hamas.

Israel ha deseado desde hace mucho tiempo frenar la expansión de la influencia de las organizaciones islamistas, que son vistas como enemigos implacables. Consideremos, por ejemplo, la primera intifada, entre 1987 y 1993, que condujo al debilitamiento de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y el ascenso de organizaciones peligrosas y muy activas, como Hamas y la Yihad Islámica. La amenaza que representaban estas organizaciones islamistas empujó a los líderes israelíes Isaac Rabin y Simón Peres a buscar un reforzamiento de la posición del líder de la OLP, Yasir Arafat, y a embarcarse en el proceso de paz de Oslo, que si hubiera tenido éxito, habría supuesto el final de Hamas.

De hecho, fue la violencia de la segunda intifada, que acabó con las vidas de casi 1.000 israelíes entre 2001 y 2004, tras una oleada de ataques suicidas en el corazón de las principales ciudades israelíes, lo que llevó a los israelíes a ceder y, finalmente, a apoyar una retirada unilateral de la Franja de Gaza. Esperaban que eso aplacara la ira palestina. No lo hizo.

El persistente lanzamiento de cohetes de poca potencia contra ciudades del sur de Israel desde que este país se retiró de Gaza no ha causado demasiados problemas en el resto del estado judío como para otorgar a Hamas algún beneficio estratégico. En otras palabras, los ataques de Hamas contra las ciudades fronterizas no ha impedido que la mayoría de los israelíes atiendan a sus compromisos diarios y prácticamente se olviden de la situación política y humanitaria de los palestinos de Gaza.

Sin embargo, esta nueva ola de violencia ha causado enormes trastornos. Los cohetes disparados desde Gaza han hecho sonar las sirenas en Tel Aviv, Jerusalén, Haifa, Beersheba —todas las principales ciudades de Israel— y en los puntos intermedios. Los cohetes no han matado a nadie, hasta el momento, pero han obligado a casi todo el mundo a acudir a los refugios varias veces al día y ha hecho añicos la ilusión de que lo que pase “allí” no nos afecta “aquí”.

Eso sería suficiente para que Hamas proclamara la victoria. Pero el grupo ha acumulado más beneficios estratégicos. En primer lugar, el número desproporcionado de víctimas israelíes y palestinas ha hecho que Israel aparezca, al menos ante los ojos de muchos occidentales, como el agresor, aunque Hamas haya disparado primero esta vez. En segundo lugar, la Cúpula de Hierro ha hecho que la cobertura de la prensa extranjera dentro de Israel sea un aburrimiento. “Los cohetes explotan, son interceptados, la vida continúa” no es, precisamente, una noticia excitante. Las represalias israelíes, que destruyen edificios y dejan cuerpos destrozados, venden más periódicos. Así, el mundo se ha centrado en Gaza. Los amigos de Israel pueden pensar que eso es injusto: Israel está siendo castigada por defender eficazmente a sus ciudadanos, mientras que Hamas deja a los palestinos desprotegidos. Pero esa no es la cuestión. La guerra no es un ejercicio de justicia, sino la búsqueda de objetivos estratégicos.

Y en ese sentido, Hamas ha ganado. Ha roto en mil pedazos la necesaria ilusión de los israelíes de que un empate político con los palestinos le sale gratis a Israel. Ha mostrado a los israelíes que, aunque los palestinos no puedan matarles, pueden imponerles un alto precio psicológico. Además, ha elevado el perfil de la causa palestina y reforzado la percepción de que los palestinos son víctimas débiles que se enfrentan con un poderoso agresor. A la larga, esa sensación se traducirá en mayor presión sobre Israel, quizá por parte de los políticos y, con toda seguridad, por parte de los movimientos sociales cuyo objetivo es aislar políticamente a Israel y debilitarle mediante boicots económicos.

Hay algunos que pueden fantasear con la idea de que esta derrota vendrá con el mismo rayo de esperanza que surgió tras la derrota de 1973. Aunque los ataques de Sadat contra los israelíes en el Sinaí destrozaron el sentimiento de invencibilidad que los israelíes habían alimentado desde el fin de la guerra de 1967, la de 1973, al menos, dio paso a los acuerdos de Camp David y a una paz duradera, aunque fría, que ha ofrecido seguridad regional a Israel desde finales de los años 70. Quizá la victoria estratégica de Hamas en este conflicto produzca dividendos similares para Israel a largo plazo. Sin embargo, eso parece bastante improbable. Sadat tenía objetivos concretos, a saber, la reapertura del Canal de Suez y la recuperación de la Península del Sinaí, objetivos que eran reconciliables con las propias necesidades de Israel. Sin embargo, Hamas quiere eliminar Israel, un objetivo que deja escaso margen para la negociación.

Al final, este round se lo llevarán los palestinos, como sucedió en 2008. Al centrarse en los beneficios tácticos, Israel no debería perder de vista los peligros con que se enfrenta a partir de estas derrotas estratégicas. No hay mucho que Israel pueda hacer para cambiar el comportamiento de Hamas. Lo que tiene que hacer, no obstante, para impedir que Hamas capitalice su victoria estratégica es recordar a los israelíes contemporáneos lo que sabían muy bien sus primeros líderes. Como dijo Moisés Dayan, un jefe del estado mayor israelí y posterior ministro de defensa, “sabemos que, con el fin de que su esperanza [la de los árabes] de aniquilarnos se desvanezca, es nuestra responsabilidad —mañana y noche— estar armados y preparados”. El reto que tiene ante sí Israel es mantenerse en ese estado de alerta mientras, al mismo tiempo, toma las decisiones humanas y apropiadas que garanticen su seguridad, amplíen el atractivo de Israel como socio estratégico y comercial de Occidente y mantengan su cohesión social interna a largo plazo. Esta apuesta puede parecer imposible de ganar, pero los primeros 19 años de existencia nacional de Israel sugieren lo contrario.

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Ariel Ilan Roth es director ejecutivo del Instituto Israel.

Traducción: Javier Villate (@bouleusis)