Por una amplia coalición BDS

Jeremiah Haber

Fuente: The case for a BDS coalition, Mondoweiss, 30/06/2014

Hay una regla en política: tu mayor rival es el que está más cerca de ti ideológicamente.

Los simpatizantes del movimiento global BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones contra Israel), el movimiento que surgió como una respuesta a las tres convocatorias de las organizaciones de la sociedad civil palestina, son, en el mejor de los casos y más probablemente, esquivos con los sionistas progresistas que apoyan esta o aquella medida de boicot, desinversión o sanción contra la ocupación. Los críticos subrayan correctamente que estos sionistas progresistas están dispuestos a buscar una solución de “dos estados” que no haría justicia a los tres grupos en que están divididos los palestinos: los que están bajo la brutal ocupación de 1967, los “extraños ciudadanos” de Israel y los que están exiliados. Además, muchos de los simpatizantes del movimiento global BDS se opondrían a un estado de hegemonía judía en cualquier parte del planeta o, incluso, aunque estuviera localizado en un territorio no ocupado de la luna, simplemente porque es fundacionalmente discriminatorio contra los demás grupos en base a criterios étnico-religiosos.

Así, pues, ¿por qué deben los simpatizantes del movimiento global BDS prestar tanta atención y dar tan poca legitimidad a lo que Peter Beinart ha denominado “BDS sionista”? ¿Por qué debería haber una coalición oficiosa entre estos dos grupos? Después de todo, en la medida en que el BDS sionista tenga éxito, también lo tendría un estado de hegemonía judía, que excluiría a los refugiados palestinos, discriminaría a los no judíos (y a los judíos no ortodoxos en materia de estatus personal) y dominaría a una serie de bantustanes denominados “(¿Nueva?) Palestina”.

He aquí por qué:

En primer lugar, cualquier llamada al boicot, las desinversiones o las sanciones, por el motivo que sea (¡incluso en nombre de los colonos!) es vista, correctamente, como un golpe a la legitimidad de Israel. Los sionistas progresistas pueden protestar hasta decir basta, pueden argumentar que están actuando al margen de motivos sionistas-estatistas, pueden llamar la atención sobre las encuestas que señalan la existencia de israelíes contrarios a la ocupación. Todo esto apenas importa. Aunque su boicot parezca a algunos que no es más que una pose “chic liberal” que les permite dormir tranquilamente por la noche, será correctamente percibido por la mayoría pro-Israel como una amenaza, incluso una “amenaza existencial”, para usar la caracterización que del BDS ha hecho el primer ministro Benjamín Netanyahu.

En segundo lugar, toda llamada al boicot, las desinversiones o las sanciones, por limitada que sea, se extenderá cuando quienes hacen el llamamiento se presentan como defensores de quien sufre el boicot. Un alcohólico que abusa de alguien debe ser entregado a la policía, pero cuando la persona que llama [¿a la policía?] es su hermano, eso deja constancia de los límites de la lealtad familiar. Creo que cuando se escriba la historia del movimiento BDS, el llamamiento a un “BDS sionista” realizado por Peter Beinart en el New York Times merecerá algo más que una nota a pie de página. Personalmente, estoy muy de acuerdo con el artículo de opinión de Omar Barguti en el Times. Pero “Zionist BDS” fue escrito por un antiguo editor de New Republic, un partidario de la segunda guerra de Irak y un sionista que asiste a una sinagoga judía ortodoxa. “Zionist BDS” causó sensación y gente que no había oído hablar del BDS, o que sí había oído, y que lo había asociado a las Fuerzas del Mal, leyeron por primera vez de “uno de los suyos” el término “BDS” empleado de forma positiva.

En tercer lugar, el objetivo del movimiento BDS, al menos en mi opinión, no es castigar al estado de Israel. No estamos hablando de justicia retributiva en aras de la justicia, mucho menos de venganza por venganza. El objetivo del movimiento BDS es conseguir que Israel obedezca las convenciones y las leyes de derechos humanos en relación a todos los sectores del pueblo palestino. Me atrevería a decir que el movimiento global BDS ni siquiera es un movimiento pro-palestino, salvo en el sentido de que las personas cuyos derechos fundamentales están siendo violados suelen ser palestinas. Es, en esencia, un movimiento por los derechos humanos.

En cuarto lugar, los objetivos del BDS no se alcanzarán hasta que una masa crítica de israelíes, o al menos de sus líderes, tomen conciencia de la insostenibilidad del status quo. Esta es una de las muchas lecciones de Sudáfrica. Y lo que hará posible ese logro es que la gente sea concienciada por personas consideradas dignas de confianza.

¿Qué significa esto en la práctica? Como mínimo, los desacuerdos entre los dos sectores, aunque no se oculten, deben ser respetuosos, sin insultos. Las dos partes deben librar una lucha común contra la brutal ocupación. Puesto que no creo que la ocupación vaya a terminarse pronto, esto permitirá a las dos partes establecer relaciones que conduzcan a algo más que una mera alianza táctica. El sector pro-palestino tendrá que enfrentarse al hecho de que hay más de seis millones de judíos que viven en Palestina; el sector pro-israelí, a su vez, tendrá que enfrentarse al hecho de que la hegemonía judía no puede basarse moralmente en un estado étnico excluyente. Muchas personas de los dos sectores ya lo han hecho así.

Que haya una lucha conjunta o, tal vez de manera más realista, una alianza de intereses morales superpuestos. Esto no es normalización o diálogo interminable; es una buena y clásica política de coalición. Puede muy bien llegarse a una fase en la que la ayuda de los sionistas progresistas no sea útil o bienvenida, cuando el sector palestino haya conseguido la fuerza suficiente y el reconocimiento para presionar por su cuenta. (Véase blancos y negros en el movimiento por los derechos civiles en EEUU.) Ciertamente, llegará un momento en que los sionistas progresistas tendrán que elegir entre sus valores contrapuestos, y muchos ya están haciendo esa elección.

En cuanto al movimiento global BDS, ha aplaudido, con razón, la reciente decisión de la iglesia presbiteriana de EEUU de retirar sus inversiones en empresas que se están beneficiando de la ocupación, a pesar de que la resolución reafirma explícitamente el derecho de Israel a existir como estado soberano y apoya la solución de dos estados, además de que no toma postura sobre el derecho al retorno, pero pide justicia para los refugiados palestinos.

¿Qué va a pasar ahora? El gran Moisés Maimónides (Ben Maimon / Ibn Maimun) dice en su Código de Derecho que uno tiene el deber de regañar a su vecino cuando este comete un delito. Cuando se trata de asuntos interpersonales, esa regañina debe hacerse en privado, cuidando de no avergonzar al malhechor. Pero en “asuntos que afectan al Cielo”, si la reprimenda privada no es efectiva, el malhechor “se expone a la humillación pública y su pecado es publicitado. Es sometido a abuso, desprecio e insultos hasta que se arrepienta, tal como fue practicado por todos los profetas de Israel” (Leyes relacionadas con disposiciones éticas, 6:8).

El movimiento global BDS no exige la eliminación de Israel, mucho menos su destrucción. Pide que Israel se “arrepienta” y reconozca los derechos de los palestinos consagrados en las convenciones y el derecho internacionales. Los sionistas progresistas discreparán, sin duda, acerca de los hechos malvados cometidos por Israel. Pero ha llegado la hora de “la humillación pública, el abuso, el desprecio y los insultos”, no como un castigo o una venganza, sino como reconocimiento de los derechos humanos.

Porque si la penosa situación de los palestinos no es un “asunto relativo a los cielos”, no sé qué puede ser.

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Jeremiah Haber es el seudónimo de Charles J. Manekin, profesor de filosofía y de estudios judíos ortodoxos, que divide su tiempo entre Israel y Estados Unidos. Su sitio web es The Magnes Zionist.

Traducción: Javier Villate