El futuro de Palestina: ¿cuáles son las opciones?

Richard Falk

Fuente: Palestine’s future: What are the options?Al Jazeera, 21/06/2014

Un puesto de control israelí en la ciudad vieja de Hebrón, Cisjordania (Foto: Getty Images)

Durante años, el pensamiento dominante sobre Palestina ha considerado casi exclusivamente las variaciones sobre el tema de la solución de dos estados. El secretario de estado de EEUU John Kerry impulsó unas negociaciones entre la Autoridad Palestina e Israel que “fracasaron” antes incluso de que empezaran hace un año. Al menos, Kerry fue lo bastante prudente para advertir a ambas partes que estaban en un momento decisivo, de vida o muerte, para resolver el conflicto sobre la base de dos estados para dos pueblos.

Habiéndose convertido en parte prácticamente inseparable del movimiento de los colonos, el gobierno israelí ha considerado que el apoyo a un estado palestino era únicamente una forma de apaciguar a la opinión pública internacional, dada su creencia de que una solución política era posible y necesaria, y que solo podía alcanzarse si los palestinos tenían su estado. La Autoridad Palestina parece interpretar la misma música, aunque con cierta solemnidad. En los últimos años, los palestinos han perdido incluso la capacidad para decir “no”, a pesar de que no han tenido nada que ganar y algo que perder.

Con lo que parece ser el final de este proceso de paz, las falsas esperanzas en las negociaciones diplomáticas han sido reemplazadas por el silencio en las altas esferas acerca de cómo puede terminar el conflicto. Retrospectivamente, resulta fácil concluir que las precondiciones políticas para las negociaciones de paz nunca existieron en el lado israelí. Esto se debe, principalmente, a que la visión expansionista de los colonos derechistas se ha convertido en la política oficial del estado en Tel Aviv y, además, a que ya no ha habido más presión por parte de la resistencia armada palestina.

Del lado palestino, hubo un cierto entusiasmo por acabar con la ocupación y convertirse en un estado plenamente soberano, pero, al mismo tiempo, reinaba la confusión sobre su significado práctico, sobre un acuerdo que exigiría al pueblo palestino abandonar a los varios millones de palestinos que viven en campos de refugiados en el extranjero.

La lógica israelí de la seguridad

La lógica de la seguridad de la derecha israelí consiste en que Israel solo podrá mantener su seguridad si sigue controlando toda Cisjordania, o su mayor parte.

Esto refleja la opinión de que la verdadera amenaza para Israel no procede de la resistencia armada palestina. Procede, más bien, del mundo árabe que la rodea y que está dotándose de armamento más avanzado, el cual es casi seguro que, en algún momento, volverá sus armas y misiles hacia Israel.

La consecución de la paz a través de la diplomacia y las negociaciones entró hace tiempo en bancarrota, pero después del colapso de las últimas conversaciones, es una vía totalmente desacreditada. Esto plantea la siguiente pregunta: ¿y ahora qué?

En situaciones de este tipo, donde las diferencias parecen irreconciliables, lo habitual suele ser “pensar con originalidad”. El viejo esquema se basó en el consenso asociado con el mantra de los dos estados. Ahora no hay esquema y se tienen que idear y evaluar nuevas alternativas. Hay cinco que merecen una reflexión y cada una tiene cierta plausibilidad.

Un único estado israelí: esto implica la extensión de las fronteras de Israel para incorporar a la mayor parte de Cisjordania, aquella en la que se encuentran los asentamientos, con la excepción de unos pocos puestos de avanzada aislados. Esta idea ha adquirido una mayor relevancia política, pues el nuevo presidente israelí, Reuven Rivlin, es un abierto defensor de una versión supuestamente humanitaria de un único estado israelí. Esta versión benevolente, expuesta con cierto detalle por un influyente abogado colono, Dani Dayan, sugiere una flexibilización radical de la vida palestina en relación con las humillaciones cotidianas (puestos de control, restricciones a la movilidad, etc.) e incluso anticipa el desmantelamiento del muro de separación. Promete, también, elevar de forma significativa el nivel de vida de los palestinos y admite que este tipo de “paz económica” nunca satisfará las reivindicaciones políticas y legales palestinas sobre el territorio, la independencia y el derecho al retorno. Básicamente, ofrece un pacto con el diablo, por el cual los palestinos renuncian a su lucha por la autodeterminación a cambio de ciertos beneficios psicológicos y económicos tangibles, un cierto confort material y un poco de dignidad en el interior del sistema de gobierno israelí.

Un estado binacional: la versión más idealista de la solución de un único estado presupone un estado laico que abarque toda la Palestina histórica, establezca un gobierno único con democracia y derechos humanos para todos y cree regiones semiautónomas donde los judíos y los palestinos puedan disponer de una administración propia y estén basadas en identidades nacionales y étnicas separadas. Esto tiene varios obstáculos: dadas las realidades en el terreno y la adhesión de una abrumadora mayoría de israelíes al proyecto sionista de un estado judío, con un ilimitado derecho de retorno para los judíos de todo el mundo, la propuesta parece utópica, carente de atractivo político. Además, las disparidades de riqueza y educación conducirían, probablemente, al dominio israelí de cualquier proceso que pretendiera unificar el país sobre bases no sionistas.

Retirada israelí de los territorios ocupados: en esta propuesta no habría un cambio explícito del sistema de gobierno. De una manera similar al Plan de Desconexión para Gaza de 2005 de Ariel Sharon, esta nueva iniciativa se aplicaría a aquellas partes de Palestina que Israel pretende incorporar dentro de sus fronteras internacionales definitivas. Este arreglo dejaría a la Autoridad Palestina a cargo del resto de Cisjordania, así como de Gaza. Mantendría el régimen de ocupación y el muro de separación, imponiendo rígidos controles fronterizos y una represión constante, privando a los palestinos del disfrute de la mayoría de sus derechos humanos fundamentales. Su principal obstáculo reside en que los palestinos no tendrían ningún motivo para aceptar esta solución. Sería denunciada en la mayoría de las instancias internacionales, incluyendo la ONU, y aislaría a Israel como un estado paria.

Autodeterminación palestina: hay una nueva corriente de pensamiento en el campo palestino, formulada por Alí Abunimah en su importante libro, The Battle for Justice in Palestine. El énfasis se pone en el activismo de la sociedad civil y en la resistencia palestina no-violenta, con apoyo internacional, para una solución que responda al derecho palestino de autodeterminación. Qué forma ha de asumir la autodeterminación es algo que deben decidir los palestinos por sí mismos. La realización de la autodeterminación presupone un liderazgo que sea aceptado por los auténticos representantes de la totalidad del pueblo palestino. Los contornos de la división o unidad territorial que emerja sería el resultado de unas negociaciones, pero su encarnación debería abordar las legítimas reivindicaciones del pueblo palestino y un reconocimiento por parte israelí de las injusticias cometidas en el pasado. Aquí, el obstáculo está representado por las enormes disparidades de poder y el compromiso de la comunidad judía internacional con el proyecto sionista. La forma de esquivar este obstáculo es ganar un apoyo internacional que presione a Israel, EEUU y Europa y les obligue a repensar sus intereses basándose en un nuevo realismo que tome en cuenta la creciente influencia palestina.

Coexistencia pacífica: en los últimos años y por extraño que parezca, Hamas parece ser el último reducto de una versión de la solución de dos estados, aunque en su forma maximalista. Israel tendría que retirarse a las fronteras de 1967, poner fin a su bloqueo de la Franja de Gaza y entregar a los palestinos el control de Jerusalén Este. El principal obstáculo que existe es que Israel tendría que renunciar a sus objetivos expansionistas y desmantelar los asentamientos, aunque podría conservar el proyecto sionista con un alcance más limitado. Un segundo obstáculo sería que Hamas pide en su carta fundacional la eliminación total de la presencia judía en la Palestina histórica, lo que da a la propuesta un sesgo táctico, dando al arreglo un carácter provisional y no una paz sostenible. Es imposible imaginar que Israel acepte semejante propuesta, que borraría todo lo ganado en el terreno. Además, cualquiera que fuera su contenido, el hecho de que Hamas fuera el origen de la propuesta sería suficiente para que Israel la rechazara.

En conclusión, parece obvio que ninguno de estos cinco enfoques es lo bastante atractivo para configurarse como una alternativa al status quo o lo bastante convincente políticamente para modificar el equilibrio de fuerzas en que se apoya el conflicto. No obstante, hay indicios de que los israelíes se están moviendo hacia una opción impuesta unilateralmente y los palestinos se están inclinando cada vez más hacia una combinación de resistencia no-violenta y apoyo y solidaridad internacionales.

En el primer caso, el movimiento de los colonos está al frente del mismo. En el segundo, es la campaña BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones) la que impulsa el cambio. En ambos casos, los gobiernos han estado temporalmente marginados como actores políticos en relación con la lucha. Esto es, en sí mismo, un rasgo fundamental.


Richard Falk es profesor emérito Albert G. Miliband de la Facultad de Derecho Internacional de la Universidad de Princeton e investigador del Centro Orfalea de Estudios Globales. Es también Relator Especial de la ONU sobre los derechos humanos de los palestinos.

Traducción: Javier Villate