Hamas-Fatah: ¿Unidad, para qué?

Jonathan Cook

Fuente: Hamas-Fatah Reconciliation: Unity on Israel’s Terms Won’t Help, Palestine Chronicle, 10/06/2014

Foto: Activestills.org

En la atmósfera de celebración de la semana pasada, cuando se formó el gobierno de unidad palestino que puso fin a siete años de disputas entre Fatah y Hamas, era fácil pasar por alto una ausencia.

Hamas había aceptado permanecer en la sombra para apaciguar a Washington, que está legalmente obligado a negar la ayuda a un gobierno que incluye a un grupo denominado terrorista. El nuevo gobierno palestino no parecía muy diferente de su predecesor: la participación de Hamas se limitaba a tres independientes, todos ellos en ministerios de menor importancia.

Y puesto que este gobierno de transición sigue funcionando dentro de los confines de la ocupación israelí, los tres ministros de Gaza no pudieron viajar a Cisjordania para asistir a la ceremonia de toma de posesión del 2 de junio debido a la prohibición de Israel.

El nombramiento de un gobierno provisional formado por tecnócratas es probable que sea la fase más sencilla del proceso de reconciliación acordado a finales de abril. El acuerdo se ha mantenido hasta ahora —a diferencia de acuerdos anteriores— porque Hamas, en una situación más desesperada que su rival, Fatah, ha capitulado.

Por esa razón, EEUU y la mayoría de los gobiernos del mundo se han apresurado a ofrecer su bendición. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, por su parte, ha lanzado serias advertencias sobre el “fortalecimiento del terrorismo” y ha dado su visto bueno a la construcción de 3.300 nuevas viviendas en los asentamientos para castigar a los palestinos.

Está por venir una fase mucho más difícil: el gabinete palestino, bajo la presidencia de Mahmud Abas, tiene que supervisar unas elecciones nacionales, que serán muy disputadas entre Hamas y Fatah y que se espera que se celebren a comienzos del próximo año.

Estas elecciones son consideradas vitales. Los palestinos no han podido decidir quién les gobierna desde 2006, cuando Hamas salió victorioso. Un año más tarde, tras una breve y feroz lucha, Hamas y Fatah crearon feudos separados en Gaza y Cisjordania, respectivamente. Los dos grupos tienen que demostrar su legitimidad en las urnas.

En el caso de que las elecciones se celebren y Hamas resulte ganador de nuevo, EEUU y otros países podrían boicotear al nuevo gobierno, como hicieron en 2006, y retirar la tan necesitada ayuda.

Pero es mucho más probable que Israel no permita que las elecciones se celebren.

Hace ocho años, en los meses anteriores a las elecciones, Israel llevó a cabo una oleada de arrestos de líderes de Hamas, intentando con ello frustrar el proceso democrático. Israel también pretendía impedir la votación en la ocupada Jerusalén Este, que es considerada parte de su capital “eterna e indivisible”. Pero la Casa Blanca, sabiendo que unas elecciones sin Jerusalén carecerían de credibilidad, presionó a Israel para que las permitiera a regañadientes.

Menos recordado es que Fatah conspiró en silencio con Israel para posponer las elecciones. Temiendo que Hamas arrasara, Fatah intentó utilizar la intransigencia israelí en el tema de Jerusalén como una excusa perfecta para retrasar las elecciones hasta un momento más favorable a sus intereses.

Netanyahu ya ha anunciado que no permitirá elecciones en Jerusalén Este, añadiendo que impedirá también que Hamas presente candidatos en otras partes. No sorprende. Durante los últimos ocho años, Israel ha intentado erradicar la presencia de Hamas en Jerusalén, encarcelando a sus líderes o expulsándolos a Cisjordania.

Pero el comportamiento de Fatah en 2006 apunta a un obstáculo aún mayor para consumar la reconciliación. La realidad es que Hamas y Fatah han entrado en el proceso de reconciliación únicamente por su desesperada situación.

El aislamiento político y geográfico de Hamas en Gaza ha sondeado nuevas profundidades desde que el régimen egipcio se volvió hostil. Bloqueado por todos los lados, Hamas ha visto cómo su popularidad disminuía a medida que la crisis económica del enclave se ha ido agravando. Un acuerdo con Fatah parece ser la única opción para abrir las fronteras.

Mientras tanto, la credibilidad de Fatah y Abas se ha visto socavada de manera constante debido a años de colaboración con Israel —al mismo tiempo que los asentamientos se han ido expandiendo—, con la esperanza de que sirviera para conseguir un estado. Con pocos logros que mostrar, los palestinos ven a Fatah cada vez más como un cobarde contratista de la seguridad de Israel.

La nueva estrategia de Abas —impulsar la condición de estado en la ONU— requiere que su potencial gobierno de estado establezca sus credenciales democráticas, su integridad territorial y un consenso nacional para sustentar la opción diplomática.

La prioridad de Netanyahu no solo es evitar las elecciones, sino debilitar el compromiso de ambas partes con la unidad, castigándoles por su insolencia. Puede hacerlo, pues Israel controla todos los aspectos de la vida palestina.

Israel ha dado un nuevo impulso a la construcción de asentamientos y ha declarado la guerra a la economía palestina, negándose a aceptar depósitos de shekels de los bancos palestinos e imponiendo, además, apagones colectivos diarios por facturas pendientes de pago a la compañía eléctrica israelí.

Abas, responsable ahora del pago mensual de salarios a decenas de miles de funcionarios públicos de Gaza, será todavía más vulnerable a las amenazas israelíes sobre la retención de los ingresos por impuestos y aduanas. El lunes, se informó que Israel había estado presionando a los capitales extranjeros para que responsabilizaran directamente al presidente palestino del lanzamiento de cohetes desde Gaza.

Hamas se enfrenta a dificultades igualmente graves. Si se aleja demasiado de los dictados de Fatah, le culparán de destruir el pacto de unidad. Pero si se adhiere demasiado a Fatah, perderá su identidad y correrá el riesgo de ser desbordado por grupos más militantes, como la Yihad Islámica.

La analista política Samah Sabawi ha observado, respecto al gobierno de unidad, que “lo que necesitamos no es tanto ministerios y autoridades, sino resistencia y liberación”. El gobierno de unidad, sea de tecnócratas o de políticos electos, seguirá funcionando dentro de las limitaciones impuestas por la ocupación israelí.

En realidad, el gobierno de unidad ha dado, simplemente, nueva vida a la ilusión —creada por los acuerdos de Oslo hace dos décadas— de que un buen gobierno de la Autoridad Palestina (AP) puede mejorar la situación de los palestinos. En la práctica, esta gobernanza ha supuesto someterse a las exigencias de seguridad de Israel, una obligación palestina que Abas ha calificado como “sagrada” la semana pasada.

Como sugiere Sabawi, un pueblo ocupado no necesita mejorar la recogida de la basura o la iluminación de las calles, sino una estrategia de resistencia eficaz.

Los palestinos no se beneficiarán de una AP que supervise la ocupación simplemente porque esté más “unificada”. Al contrario, su lucha por alcanzar una libertad verdadera crecerá mucho más.


Jonathan Cook ganó el premio especial de periodismo Martha Gellhorn. Sus últimos libros son Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (Pluto Press) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (Zed Books). Tiene un sitio web en www.jonathan-cook.net.

Traducción: Javier Villate