¿Vuelve el movimiento de países no alineados?

Samir Amin

Fuente: The Revival of the Movement of Non-Aligned Countries, Global Research, 27/05/2014

Si hemos de creer el reiterado discurso de los medios de comunicación occidentales, la idea de un resurgimiento de la no-alineación no es realista. De acuerdo con ese discurso, todo lo que pasó en el mundo entre 1945 y 1990 puede explicarse meramente por la “guerra fría” y nada más. La Unión Soviética desapareció y hemos pasado la página de la Guerra Fría, y cualquier postura análoga a lo que hemos conocido carece de sentido. Examinemos la ineptitud de este discurso y su prejuicio increíblemente arrogante, incluso racista. ¿Cuál es su base? La historia real de Bandung y del movimiento de los no-alineados que surgió de allí mostró que los pueblos de Asia y África tomaron la iniciativa. El lector/a encontrará en lo que he escrito una demostración de que el no-alineamiento fue un movimiento de países no alineados que se opusieron a la globalización que querían imponer las potencias imperialistas a los países que acababan de alcanzar su independencia, sustituyendo el difunto colonialismo con el neocolonialismo.

La no-alineación fue una negativa a cumplir con las exigencias de esta renovada globalización imperialista. El imperialismo ganó la batalla, al menos por el momento. El movimiento de países no alineados [MNOAL, en adelante, N. del T.] fue un factor positivo en la transformación del mundo para mejor, a pesar de todas sus limitaciones. La Unión Soviética comprendió entonces los beneficios que podría conseguir gracias a su apoyo al MNOAL, sobre todo porque la URSS también se oponía al sistema dominante de globalización y sufría debido al aislamiento al que le habían sometido las potencias atlánticas. Moscú se dio cuenta de que si apoyaba al MNOAL, podría romper su aislamiento. En cambio, las potencias imperialistas lucharon contra el MNOAL porque no estaba “alineado” con la globalización.

Llámenlo “Bandung 2” si quieren. Evidentemente, “el mundo ha cambiado desde entonces” (esta observación revela su extrema banalidad). Así, la nueva globalización imperialista no es una copia de aquella con la que se enfrentó Bandung. El discurso que reduce el MNOAL a un avatar de la Guerra Fría refleja un persistente prejuicio en Occidente: los pueblos de Asia y África fueron incapaces de tomar la iniciativa entonces y tampoco serán capaces de hacerlo ahora. Están condenados por siempre a ser manipulados por las principales potencias (sobre todo, por las occidentales). Este desprecio apenas consigue ocultar un profundo racismo. Como si los argelinos, por ejemplo, hubieran tomado las armas para contentar a Moscú, o quizá a Washington, y hubieran sido manipulados por ciertos líderes que habrían decidido tomar partido por unas potencias contra otras. No, su decisión surge de su justo deseo de librarse del colonialismo, la forma que tomó la globalización en esa época. Y cuando pusieron en práctica sus propias decisiones, el campo de batalla quedó configurado entre aquellos que apoyaban las luchas y aquellos que se oponían a ellas. Esa es la historia real.

1. Vivimos en una globalización desequilibrada, desigual e injusta. Algunos tienen derechos exclusivos a todos los recursos del planeta para su propio disfrute o incluso para derrocharlos.

Para otros, su obligación es aceptar este orden y ajustar sus exigencias al mismo, renunciando, si fuera necesario, a su propio desarrollo, a los derechos básicos a la alimentación, la educación, la salud, la vida misma, de grandes sectores de sus pueblos, nuestros pueblos. Este orden injusto es denominado “globalización”.

Deberíamos aceptar, incluso, que las potencias que se benefician de este orden mundial injusto, principalmente Estados Unidos, la Unión Europea y sus socios militares en la OTAN, tengan el derecho a intervenir por la fuerza de las armas con el fin de imponer sus derechos abusivos a usar, e incluso a saquear, nuestra propia riqueza. Lo hacen así recurriendo a varios pretextos: la guerra contra el terrorismo, cuando les conviene. Pero los hechos han mostrado que ni en Irak ni en Libia, por ejemplo, han ayudado sus intervenciones a establecer la democracia. Al contrario, sus intervenciones han destruido, simplemente, los estados y las sociedades afectadas. No abrieron el camino al progreso y la democracia, sino que lo cerraron.

Nuestro movimiento podría llamarse Movimiento de Países No Alineados con la Globalización. No nos oponemos a toda forma de globalización. Nos oponemos a esta forma injusta de globalización en la que nosotros somos las víctimas.

2. Las respuesta que queremos dar a este reto son fáciles de formular en términos de sus principios fundamentales.

Tenemos derecho a elegir nuestro propio camino de desarrollo. Las potencias que fueron y son las principales beneficiarias del orden existente deberían ajustarse a los requerimientos de nuestro desarrollo. El ajuste debe ser mutuo, no unilateral. Es decir, no es el débil el que debe ajustarse al fuerte, sino el fuerte el que debe ajustarse a las necesidades del débil. Las leyes deberían establecerse para reparar las injusticias, no para perpetrarlas. Tenemos derecho a llevar a la práctica nuestros propios proyectos soberanos de desarrollo. Rechazamos los dogmas de la globalización actualmente vigentes.

Nuestro proyecto soberano de desarrollo debe posibilitar que nuestras naciones y nuestros estados se industrialicen como consideren adecuado, con estructuras legales y sociales de su elección, aquellas que nos permitan desarrollarnos con tecnologías modernas. Estas, por su parte, deben diseñarse para asegurar la soberanía alimentaria y permitir que todos los sectores de nuestros pueblos se beneficien del desarrollo, poniendo freno al proceso actual de empobrecimiento.

La puesta en práctica de nuestros proyectos soberanos requiere que recuperemos la soberanía financiera. No debemos aceptar el saqueo financiero que beneficia a los bancos de las potencias económicas dominantes. El sistema financiero global debe adaptarse a las implicaciones de nuestra soberanía.

Nos corresponde a nosotros definir las formas y los medios para desarrollar la cooperación Sur-Sur que facilite el éxito de nuestros proyectos soberanos de desarrollo.

3. Nuestro movimiento puede y debe actuar en el seno de la ONU para restablecer sus derechos violados por la globalización injusta.

En la actualidad, la llamada “comunidad internacional” se ha autoproclamado la sustituta de la ONU. Los medios de comunicación de las potencias dominantes siguen repitiendo las frases: “La comunidad internacional cree esto o aquello, decide esto o aquello”. Pero si lo examinamos más detenidamente, descubrimos que la “comunidad internacional” a la que se refieren está compuesta por Estados Unidos, la Unión Europea y dos o tres países elegidos a dedo, tales como Arabia Saudí y Catar.

¿Hay algo más insultante para nuestros pueblos que esta autoproclamación? Pareciera que China, Argelia, Egipto, Senegal, Angola, Venezuela, Brasil, Tailandia, Rusia, Costa Rica y muchos otros países no existieran. Que no tienen derecho a que sus voces sean escuchadas en la comunidad internacional. Tenemos, pues, una gran responsabilidad en el entorno de la ONU, donde somos un grupo importante. Pero esto requiere la restauración de los derechos de la ONU, el único marco aceptable para la expresión de la comunidad internacional.

4. Ahora podemos echar un vistazo a nuestro pasado, que nos proporciona grandes lecciones sobre lo que fuimos una vez y lo que debemos volver a ser.

El MNOAL se formó en 1960, siguiendo el camino abierto por la Conferencia de Bandung de 1955. Trató de defender los derechos de nuestros pueblos y naciones de Asia y África, que entonces no habían sido reconocidos como socios en pie de igualdad en la reconstrucción de un nuevo orden mundial. Nuestro movimiento no fue un subproducto del conflicto entre las dos grandes potencias del momento (EEUU y la URSS) y de la Guerra Fría, como algunos tratan de hacernos creer. Tras la Segunda Guerra Mundial, Asia y África seguían estando sometidas en gran medida al odioso colonialismo. Nuestros pueblos estaban inmersos en luchas de gran alcance para recuperar nuestra independencia por medios pacíficos o mediante guerras de liberación, cuando era necesario. Habiendo recuperado nuestra independencia y restaurado la existencia de nuestros estados, nos encontramos en conflicto con el orden mundial que querían imponernos en aquella época. Entonces, nuestro MNOAL proclamó nuestro derecho a elegir nuestra propia vía de desarrollo, implementó leyes y forzó a las potencias del momento a adaptarse a las demandas de nuestro desarrollo.

Algunas potencias de entonces lo aceptaron. Otras no. Las potencias occidentales (EEUU y los países que formarían parte de la Unión Europea, miembros ya de la OTAN desde 1949) nunca ha ocultado su hostilidad a nuestro propio proyecto de desarrollo independiente. Lucharon contra nosotros con todos los medios a su disposición. Otras potencias, la URSS en primer lugar, eligieron una vía diferente. Aceptaron e incluso apoyaron las posturas del MNOAL. La potencia militar que representó la URSS en aquellos años limitó, en efecto, las posibilidades de agresión por parte de los nostálgicos del colonialismo y ardientes partidarios de un orden internacional injusto.

Podemos, por tanto, decir que aunque el mundo actual no es el de 1960 —una observación evidente y banal—, el MNOAL que existía hace 60 años era un movimiento de países no alineados con la globalización, esa globalización que quisieron imponernos en aquel entonces.

Traducción: Javier Villate