La ‘Nakba’ interminable

Thomas Are

Fuente: Ongoing Nakba Story, Sabbah Report, 14/05/2014

El 15 de mayo de 1948 es un día para recordar. Para los judíos, es un día en el que se celebra la creación del estado de Israel. Para los árabes, es un día para lamentar la Nakba, la mayor catástrofe en la historia palestina. Para Israel, fue un momento en que Dios finalmente intervino y declaró que los judíos eran su pueblo favorito, quizá su único pueblo. Y les dio, una vez más, la tierra de otros.

Este 15 de mayo, las sinagogas, las salas de cine, los periódicos y las pantallas de televisión estarán repletos de ceremonias y celebraciones por la bondad de Dios con los judíos y la valentía de los pioneros que crearon el estado de Israel, la “única democracia de Oriente Medio”.

Al mismo tiempo, apenas se hablará de la penosa situación de los palestinos que perdieron sus tierras y su libertad. Más de 750.000 fueron expulsados de sus hogares, muchos violados, robados y masacrados, con el fin de hacer sitio para un estado judío. Más de 500 pueblos árabes fueron destruidos, arrasados y enterrados, creando el mayor problema de refugiados de la historia moderna.

Alguien dijo: “Si matas a una persona, es un crimen. Si matas a miles, es solo una estadística”.

Sin embargo, la Nakba es una realidad. Recibí un comentario a una entrada de mi blog:

Tom, esto es cuando mi esposa Aida y su familia huyeron de Palestina solo con lo puesto, dejando su casa de tres pisos y las dos tiendas de su padre. Lo perdieron todo. En los 25-30 primeros años de su vida, se despertaba gritando, entre cuatro y cinco veces al mes, que los judíos iban tras ella para matarla a ella y a su familia. Cuando le conocí en 1956, ella y sus tres hermanos, su madre y su padre vivían en una única habitación, con una pequeña cocina en un rincón y un baño. Había cuatro camas pequeñas que se utilizaban para sentarse durante el día y para dormir por la noche. ¡¡¡Esta habitación tenía 12×16!!!

Tu amigo,

Tony

Multipliquemos esta historia por mil y comprenderemos por qué la creación del estado de Israel es algo difícil de celebrar.

Pienso en Elías Chacour, a quien conocí hace unos 30 años.

Cuando Elías tenía nueve años, su padre reunió a la familia. “Hubo un monstruo en Europa que perseguía y mataba a los judíos. Ahora está muerto, pero los judíos no se sienten seguros allí. Así que van a venir aquí y vivir con nosotros durante un tiempo”. Chacour recuerda que la noticia le emocionó y pensó en dejar su dormitorio para hacer sitio a los invitados. Después de todo, los judíos eran también hijos de Abraham. Eran hermanos de sangre.

Pero no fueron como invitados. Llegaron con armas. Un día, Chacour y su familia fueron expulsados de su casa a punta de pistola. Un soldado les gritó: “Esta tierra es nuestra. Fuera de aquí. Moveos”.

Lo que no sabían era que los palestinos estaban siendo expulsados de sus hogares en toda la Galilea. En la lucha, los padres fueron separados de sus hijos, algunos nunca se volvieron a ver. Sobre todo los más ancianos. Elías y otros habitantes de Biram se dirigieron hacia un pequeño pueblo llamado Gish. Esperaba que sus vecinos les ayudaran. Pero cuando llegaron al pueblo, no había nadie. Las casas y las tiendas estaban vacías. Todos se preguntaban qué les habría pasado a sus habitantes.

Algunos días más tarde, los niños de Biram estaban jugando en un descampado cercano. La pelota rodó por un barranco. Elías fue tras ella. Cuando llegó abajo, vio la mano de un niño pequeño que sobresalía de la arena. Acababa de descubrir lo que les había pasado a los habitantes de Gish. Habían sido capturados y ejecutados [1].

Este no fue un caso aislado. No es más que un reflejo de los objetivos oficiales del sionismo. Los historiadores han documentado al menos 33 masacres en pueblos palestinos. El historiador israelí Tom Segev escribe:

Israel nació del terror, la guerra y la revolución, y su creación necesitó cierto grado de fanatismo y crueldad [2].

En 1940, Joseph Weitz (Yosef Weitz), director del Departamento de Colonización de la Agencia Judía, dijo:

Entre nosotros debe estar claro que no hay espacio para los dos pueblos en este país. No lograremos nuestro objetivo si los árabes permanecen en este país. No hay más opción que transferir a los árabes a países vecinos, a todos ellos. No debe quedar ni un pueblo ni una tribu [3].

Rafael Eitan, jefe del estado mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, dijo:

Declaramos abiertamente que los árabes no tienen derecho alguno a establecerse ni en un centímetro de Eretz Israel … La fuerza es lo único que han de entender … Cuando nos hayamos instalado en el territorio, todo lo que podrán hacer los árabes es corretear por ahí como cucarachas drogadas en una botella [4].

Es sorprendente que Israel haya conseguido vender al mundo occidental —o sea, a EEUU— la falsa imagen de que, pese a lo que muestran los hechos, Israel es realmente la víctima que necesita una gran cantidad de dinero para protegerse de los malvados árabes.

Hace casi tres décadas que conozco a Elías Chacour y, a pesar de haber sido salvajemente golpeado por los soldados judíos que le acusaron de ser un terrorista cuando tenía nueve años, dice que “no los puedo odiar. Son mis hermanos de sangre. Quizá estén confundidos o temerosos, pero, no obstante, son mis hermanos”.

Así, este 15 de mayo, cuando Israel celebre con orgullo su día, ondearé una bandera palestina delante de mi casa para declarar mi solidaridad con Elías Chacour, Tony Rukab y tantos otros que han sufrido 64 años de Nakba. No puedo imaginar que alguien mire hacia atrás, vea la historia de la dominación militar israelí de un pueblo más débil y encuentre algo de lo que estar orgulloso.

Soy estadounidense y hay muchas cosas de mi país de las que puedo estar orgulloso, pero nuestra celebración de las atrocidades israelíes no es una de ellas.

Notas

[1] Elias Chacour, Blood Brothers, Fleming Revell Company, 1984, pp. 20, 36-53.

[2] Citado por Alison Weir, Against Our Better Judgment, If Americans Knew.org, 1914, p. 58.

[3] Alan Hart, Zionism, The Real Enemy of the Jews, Vol. 1, Clarity Press, 2009, p. 122.

[4] Íbid., p. 123.

Traducción: Javier Villate