Ucrania, la Unión Europea y el FMI

Mark Weisbrot

Fuente: Ukraine, the EU and the IMF, CounterPunch, 8/05/2014

Cuando los manifestantes de Euromaidan salieron a las calles en Kiev a comienzos del año pasado, muchos tenían la esperanza de formar parte de Europa. La Europa que admiraban era la del bienestar material y los niveles de vida que no estaban al alcance de la mayoría de los/as ucranianos/as, cuyo ingreso medio es actualmente similar al de El Salvador. Una Europa con una economía social de mercado, tecnologías avanzadas y transportes públicos, atención médica universal, pensiones adecuadas y vacaciones pagadas durante unas cinco semanas. O algo parecido.

Si tienen la suerte de evitar una guerra civil, los ucranianos pueden encontrarse con una sorpresa desagradable cuando sus actuales dirigentes, o los que elijan dentro de poco, negocien su futuro económico con sus nuevos y no electos jefes europeos. La Europa de su futuro inmediato y a medio plazo puede parecerse más a la de Grecia o España, pero con menos de una tercera parte de su renta per cápita y con una parte, mucho más miserable, de la recortada seguridad social actual de esos países.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha anunciado que una de las condiciones de sus préstamos —junto con las de la Unión Europea (UE) y EEUU— será la austeridad fiscal durante los próximos dos años y medio. La economía ya está en recesión y el FMI ya ha vaticinado una fuerte caída del 5 por ciento del PIB en 2014. El gran peligro es que el ajuste fiscal se convierta en un objetivo en constante revisión si la economía, y por tanto los ingresos fiscales, se contrae todavía más y el gobierno recorta más aún el gasto para cumplir con los objetivos del déficit. Esto es lo que ha pasado en Grecia, donde un ajuste, que las autoridades europeas podían haber logrado con relativa facilidad y poco sufrimiento, se convirtió en una recesión de seis años y una pesadilla que le ha costado a Grecia una cuarta parte de su renta nacional, además de un 27,5 por ciento de desempleo.

¿Improbable? El ministro alemán de finanzas, Wolfgang Schaeuble, dijo a la prensa el mes pasado, con toda la sensibilidad de un Cliven Bundy o del propietario de Los Angeles Clippers Donald Sterling, que Grecia podría ser un ejemplo para Ucrania. Esto es como decir que la Gran Depresión de EEUU podría servir como modelo para Ucrania.

Pero no tenemos que mirar a Grecia o España para ver los riesgos de un programa de austeridad fiscal y “reformas” promovido por el FMI y sus actuales directores/as europeos/as. Ucrania ha tenido su propia experiencia no hace mucho: entre 1992 y 1996, Ucrania perdió la mitad de su PIB cuando el FMI y sus amigos machacaron las economías rusa y ucraniana. La economía de Ucrania no empezó a crecer de nuevo hasta los años 2000. Si hacemos una comparación, en los peores años de la Gran Depresión de EEUU (1929-1934) se produjo una pérdida del PIB del 36 por ciento.

Además, Ucrania se enfrenta a una serie de riesgos que hacen que la austeridad sea especialmente peligrosa en este momento. Las exportaciones de Ucrania representan aproximadamente el 50 por ciento del PIB y la mitad van a la UE y Rusia, dos economías que pueden evolucionar a peor en un futuro próximo: Europa, debido a la prolongada y autoinducida recesión que apenas está asomando, y Rusia, debido a posibles nuevas sanciones y al conflicto con EEUU y sus aliados. Si Rusia decide tomar represalias cortando las exportaciones de energía a Ucrania (o a Europa), esto podría provocar una recesión en este país. Las inversiones en Ucrania han sido muy débiles el año pasado (aproximadamente la mitad del pico alcanzado antes de la Gran Recesión) y es probable que empeoren más aún debido a la intensificación del conflicto civil.

El sistema financiero ucraniano está muy debilitado, debido a la reciente depreciación de la moneda ucraniana (ya que gran parte del endeudamiento estaba en moneda extranjera). Y la reciente depreciación elevará la inflación (actualmente en solo un 1,2 por ciento anual), aunque la economía se contraiga; como lo hará el aumento de los precios de la energía que está siendo exigido por el FMI. Lamentablemente, el Fondo también quiere que el Banco Central adopte una política antiinflacionista, lo que podría contribuir a profundizar la recesión.

Por supuesto, algunos ajustes y reformas que el FMI y Europa proponen pueden ser necesarios o beneficiosos. El déficit corriente de Ucrania, mayoritariamente comercial, de 9,2 por ciento tiene que bajar. Pero la forma más rápida para hacerlo (reducir las importaciones mediante la contracción de una economía que ya está en recesión) es brutal e injusta, además de arriesgada. El FMI tiene razón al apoyar un tipo de cambio más flexible, algo que se puso en práctica en febrero; y una economía basada en el consumo intensivo de energía, con grandes subsidios gubernamentales a los combustibles fósiles, también necesita una reforma en este área.

Pero no se puede destruir una economía con el fin de salvarla, y todo el propósito del préstamo europeo debería ser amortiguar los ajustes y permitir que la economía y el empleo crezcan, así como evitar una espiral descendente. Por desgracia,  como indican las declaraciones de Schaeuble —y los documentos del FMI—, estas personas suelen ver la crisis como una oportunidad para rehacer la economía a su imagen y semejanza, sin considerar los costes y las consecuencias. Y al igual que hicieron los colonialistas portugueses en Brasil en el siglo XVI, que querían no solo la tierra y el trabajo, sino también las almas de los indígenas, a quienes pretendieron convertir al cristianismo, la religión neoliberal es aquí una parte de la ecuación. Nadie ha pedido disculpas por la destrucción innecesaria de la economía de Ucrania (o de la de Rusia) en los años 90.

“¡Que se joda la UE!”, dijo la subsecretaria de estado de EEUU Victoria Nuland en febrero, mientras discutía con el embajador norteamericano en Ucrania sus planes para llevar adelante un cambio de régimen en el país. Si el nuevo gobierno sigue el programa del FMI/UE, muchos/as ucranianos/as podrían terminar diciendo lo mismo.


Mark Weisbrot es economista y codirector del Center for Economic and Policy Research. Es coautor, junto a Dean Baker, de Social Security: the Phony Crisis.

Este texto apareció originalmente en Al Jazeera.

Traducción: Javier Villate