Afganistán: elecciones para otro régimen fraudulento

Eric Margolis

Fuente: Afghan Elections for Another Fake Regime, Information Clearing House, 6/04/2014

Las elecciones generales afganas celebradas esta semana han sido una farsa. Un grupo de candidatos, elegidos a dedo por EEUU, han fingido competir en unas elecciones cuyo resultado ya había sido determinado… por Washington.

Los candidatos eran políticos sumisos a EEUU y señores de la guerra del norte tayik y uzbeko, implicados en el narcotráfico. Entre ellos, destaca Rachid Dostam, un destacado criminal de guerra y principal aliado de la CIA, que ordenó la masacre de más de dos mil prisioneros talibanes.

Este es el soporte podrido sobre el que Washington espera construir una “democracia” afgana obediente, que seguirá ofreciendo bases para las tropas y los aviones estadounidenses. La mayoría de los pakistaníes, las tribus pashtunes, tienen poca voz en esta farsa.

El partido más grande y popular en Afganistán, el talibán, y su aliado, Hisbi-Islami, han sido excluidos de estas y las anteriores elecciones por ser considerados “terroristas”. Han llamado a boicotear los comicios, argumentando, correctamente, que están amañados y organizados por las potencias occidentales y sus aliados locales. Vemos el mismo modelo de falsa democracia a lo largo y lo ancho de Oriente Medio.

Si hubiera unas elecciones abiertas en la actualidad, las ganarían probablemente los talibanes. Los estadounidenses no tienen ningún problema en trabajar con comunistas, criminales de guerra y narcotraficantes. De hecho, bajo la ocupación norteamericana, la producción de opio, morfina y heroína ha crecido en Afganistán, alcanzando niveles récords. A esto se le llama “construir la nación”.

Después de 12 años en los que ha utilizado todo su arsenal, salvo las armas nucleares, el poderoso ejército de EEUU no ha conseguido derrotar a las mal armadas fuerzas talibanes. Las tribus pashtunes pueden seguir luchando indefinidamente. He aquí un dicho favorito de los talibanes: “los americanos tienen relojes; nosotros tenemos tiempo”. Los pashtunes han derrotado cuatro intentos británicos de colonizar Afganistán, la invasión soviética de los 80 y ahora la ocupación estadounidense.

La de Afganistán es la guerra más larga que ha librado EEUU en toda su historia. Mientras las tropas norteamericanas atacaban las posiciones de los talibanes, yo escribía en Los Angeles Times y otros periódicos que la invasión de Afganistán era un trágico error, una guerra que no podía ser ganada. Como era de esperar, fui denunciado por ello.

Mi columna, que llevaba escribiendo 26 años, fue incluida en la lista negra por una importante compañía de periódicos después de que me atreviera a decir que la guerra estaba perdida y que era un derroche de sangre y dinero.

Llegué a esta conclusión después de haber estado en el terreno con los muyahidines afganos en la Gran Guerra Santa de los 80 contra los ocupantes soviéticos, que relaté en “War at the Top of the World” (“Guerra en la cima del mundo”).

Unos años más tarde, estuve presente en el nacimiento de los talibanes. El movimiento pashtun surgió en la guerra civil de los primeros años 90 para luchar contra las violaciones masivas de las mujeres afganas y combatir a los comunistas tayikos y uzbekos afganos apoyados desde el exterior.

El actual plan de Washington consiste en instalar en Kabul un nuevo gobierno títere y mantener el control de la policía y el ejército afganos y sus 400.000 efectivos, que luchan a cambio de dólares estadounidenses. Luego, el dócil gobierno afgano “invitará”  a unos 16.000 soldados norteamericanos a quedarse y mantener a raya a los talibanes, con el concurso de un gran número de mercenarios tribales.

La clave del control estadounidense de Afganistán está compuesta por las bases aéreas de Bagram, Kandahar, Herat y Shindand, apoyadas por bases en Asia Central, Pakistán y el Golfo Pérsico. Estados Unidos y sus aliados no pueden conservar esas bases militares en Afganistán sin el respaldo de unas patrullas aéreas de combate, tremendamente caras y en estado de alerta las 24 horas, capaces de responder en cuestión de minutos a un ataque de los talibanes. Sin el continuo reabastecimiento y apoyo desde el aire, las fuerzas occidentales quedarían rápidamente aisladas y serían derrotadas.

Esta es una buena razón por la que la guerra en Afganistán haya costado hasta ahora unos 730.000 millones de euros (un trillón de dólares). Unos 13.000 millones han desaparecido debido a la corrupción masiva. Sin una continua corriente de dólares, el régimen de Kabul no duraría. Pakistán ha recibido más de 724 millones de euros desde 2001 para combatir a sus propios talibanes y permitir las operaciones militares estadounidenses.

Mientras tanto, los intentos de Barack Obama de reducir las fuerzas de ocupación estadounidenses en Afganistán están siendo abierta y descaradamente saboteadas por sus propios e insubordinados jefes militares, que no pueden reconocer la derrota frente a los talibanes, una tremenda humillación para las fuerzas tecnológicamente avanzadas de Estados Unidos.

Pero ahora que China y Rusia han desafiado a EEUU, el Pentágono ha encontrado un nuevo enemigo y razones para mantener unos presupuestos siempre crecientes. Puede tener que abandonar a regañadientes la aventura afgana. Después de todo, ¿quién recuerda la guerra de Vietnam y la huida vergonzosa de Saigón?


Eric S. Margolis es un galardonado periodista que escribe en el New York Times, el International Herald Tribune, Los Angeles Times, Times of London, Gulf Times, Khaleej Times, Nation (Pakistan), Hurriyet (Turquía), Sun Times (Malasia) y otros. Su sitio web es: Eric Margolis.

© Eric S. Margolis 2014

Traducción: Javier Villate