La implosión de Libia

Patrick Cockburn

Fuente: The Implosion of Libya, CounterPunch, 17/03/2014

El ex primer ministro libio Alí Zeidan huyó la semana pasada después de que el parlamento le despojara de su cargo. Un barco petrolero con bandera de Corea del Norte, el “Morning Glory”, recogió ilegalmente un cargamento de crudo de manos de las fuerzas rebeldes en el este del país y navegó sin problemas, a pesar de que un ministro del gobierno dijera que el barco “se convertirá en un montón de chatarra” si deja el puerto. La armada libia acusó al mal tiempo de su incapacidad para detener el barco. Las milicias de Misurata, en el oeste de Libia, conocidas por su carácter violento y su independencia, han lanzado una ofensiva contra los rebeldes del este, en lo que podría ser las primeras refriegas de una guerra civil entre el oeste y el este del país.

Sin un gobierno central con poder real, Libia se está desmoronando. Y esto está sucediendo casi tres años después del 19 de marzo de 2011, cuando la fuerza aérea francesa detuvo la contraofensiva de Muamar Gadafi que perseguía aplastar el levantamiento de Bengasi. Meses más tarde, sus tanques incendiados todavía se podían ver en las calles de la ciudad. Mientras EEUU mantenía una intervención de perfil bajo, la OTAN lanzó una guerra en la que los rebeldes jugaron un papel secundario y de apoyo, pero que terminó con la caída y muerte de Gadafi.

Una característica destacada de los últimos acontecimientos de Libia es el escaso interés que están mostrando los dirigentes y los países que participaron con entusiasmo en la guerra en 2011 en lo que allí está pasando. El presidente Obama ha hablado orgullosamente del papel que jugó para impedir una “masacre” en Bengasi. Pero cuando los milicianos, cuya victoria fue asegurada por la OTAN, abrieron fuego, en noviembre del año pasado, contra una manifestación que protestaba contra su presencia en Trípoli, matando al menos a 42 manifestantes y disparando a niños con ametralladoras antiaéreas, apenas se oyeron unas quejas susurradas por Washington, Londres y París.

Casualmente, fue la semana pasada cuando Al Yazira emitió el último episodio de una investigación de tres años sobre el atentado de Lockerbie, que mató a 270 personas en 1988. Durante años, este fue considerado el crimen más detestable y más publicitado de Gadafi, pero el documental demuestra, más allá de toda duda razonable, que el miembro de los servicios de inteligencia libios Abdelbaset Al Megrahi, condenado por llevar a cabo el atentado, era inocente. Irán, por medio del Frente para la Liberación de Palestina – Comando General, ordenó la voladura del Pan Am 103 en respuesta al derribo de un avión de pasajeros iraní por la marina de EEUU a comienzos de 1988.

Algo así se había sospechado durante años. Las nuevas pruebas proceden, principalmente, de Abolghasem Mesbahi, un miembro de los servicios de inteligencia iraníes que desertó y confirmó el vínculo iraní. La Agencia de Inteligencia de la Defensa de EEUU había llegado hace mucho tiempo a la misma conclusión. El documental hace hincapié en el gran número de importantes políticos y altos miembros de los gobiernos que, a lo largo de los años, debían de haber conocido los informes de los servicios de inteligencia sobre la verdad de los hechos y que, sin embargo, decidieron mentir sobre ello.

Hay un viejo dicho periodístico según el cual si quieres conocer la política del gobierno, imagina lo peor que pueden hacer y, luego, supón que lo han hecho. Este cinismo no es acertado en todos los casos, pero es una buena guía para pensar en la política occidental con respecto a Libia. Esto no significa defender a Gadafi, un dictador excéntrico que inculcó su pueril culto a la personalidad en su pueblo, aunque nunca fue tan sangriento como Sadam Husein o Hafez Al Asad.

Pero las potencias de la OTAN que lo derrocaron —y según algunas informaciones, dieron orden de matarlo— no lo hicieron porque era un tirano. Lo hicieron porque promovió una política estrafalariamente nacionalista y generosamente financiada que era contraria a los intereses occidentales en Oriente Medio. Si el verdadero objetivo de la guerra era reemplazar a Gadafi con una democracia laica, es absurdo que los aliados regionales de Occidente en el conflicto fueran las monarquías absolutas y teocráticas de Arabia Saudí y el Golfo. Esto es igualmente cierto de la intervención occidental y saudita en Siria, que tiene el supuesto objetivo de sustituir al presidente Bachar Al Asad con un gobierno libremente elegido que ha de establecer el imperio de la ley.

Libia está implosionando. Sus exportaciones de petróleo han caído desde los 1,4 millones de barriles al día de 2011 a los 235.000 barriles al día de la actualidad. Las milicias retienen a 8.000 personas en cárceles y parece que muchas de ellas han sido torturadas. Unas 40.000 personas de la ciudad de Tawergha, situada al sur de Misurata, fueron expulsadas de sus casas y estas fueron posteriormente destruidas. “Cuanto más toleran las autoridades libias las actuaciones impunes de las milicias, más fuertes se sienten y menos dispuestas están a retirarse”, dice Sarah Leah Whitson, directora de Human Rights Watch para Oriente Medio y Norte de África. “Los repetidos aplazamientos para desarmar y desarticular a las milicias no hacen más que prolongar los estragos que están causando en todo el país”.

Lamentablemente, las milicias se están fortaleciendo. Libia es un territorio de señores de la guerra regionales, tribales y étnicos, que a menudo no son más que meros chantajistas que explotan su poder y la ausencia de una adecuada fuerza policial. Nadie está seguro. El jefe de la policía militar de Libia fue asesinado en Bengasi en octubre, mientras que el fiscal general de la era post-Gadafi fue asesinado en Derna el 8 de febrero. A veces, el motivo del asesinato es oscuro, como lo fue el de un médico indio en Derna, que puede causar el éxodo de 1.600 médicos indios que llegaron a Libia después de 2011 y de quienes depende el sistema de salud del país.

Los gobiernos de la región y de Occidente comparten la responsabilidad de buena parte de lo que está sucediendo en Libia, así como, también, los medios de comunicación. El levantamiento libio fue presentado como un claro enfrentamiento entre buenos y malos. Mientras Gadafi y su régimen fueron demonizados, sus oponentes fueron tratados con una ingenua falta de escepticismo e investigación. El subsiguiente colapso del estado libio desde 2011 ha sido mayoritariamente ignorado por los medios de comunicación extranjeros, mientras los políticos han dejado de referirse a Libia como un ejemplo de intervención extranjera exitosa.

¿Podemos aprender algo positivo de la experiencia libia, que pueda ser de utilidad en el establecimiento de estados que supongan una verdadera mejora con respecto a los gobernados por Gadafi, Asad y otros similares? Una cuestión importante es que las demandas de derechos civiles, políticos y económicos —que estuvieron en el centro de los levantamientos de la Primavera Árabe— no significan nada sin un estado-nación que los garantice. De lo contrario, las lealtades nacionales quedarán sepultadas por los odios sectarios, regionales y étnicos.

Esto debería ser evidente, pero pocos de los que han apoyado las revueltas árabes, por razones que no sean el autointerés, parecen haberse dado por enterados. “La libertad bajo el imperio de la ley es algo casi desconocido fuera de los estados-nación”, ha escrito el periodista y eurodiputado Daniel Hannan en un sucinto análisis de las razones del fracaso de la Primavera Árabe. “La libertad constitucional requiere un cierto grado de patriotismo, entendido como disposición a aceptar las decisiones molestas de tus compatriotas, a respetar los resultados electorales cuando se pierde”.

Puede que este grado de compromiso no sea suficiente, pero sin él solo la fuerza puede mantener unido al estado. La fuga del “Morning Glory”, la expulsión de Alí Zeidan y el triunfo de las milicias demuestran que, hasta el momento, el estado libio no tiene apoyo popular ni poder militar para mantenerse.


Patrick Cockburn es autor de Muqtada: Muqtada Al-Sadr, the Shia Revival, and the Struggle for Iraq.

Traducción: Javier Villate