Las dimensiones geopolíticas del golpe de estado en Ucrania

Peter Schwarz

Fuente: The geopolitical dimensions of the coup in Ukraine, World Socialist Web Site, 27/02/2014

“Cuando la Unión Soviética se desplomó a finales de 1991, Dick quería ver no solo el desmantelamiento de la Unión Soviética y del imperio ruso, sino de Rusia misma, de forma que ninguna más pudiera ser una amenaza para el resto del mundo”, escribió el exsecretario de defensa de EEUU Robert Gates en sus recién publicadas memorias. Gates se estaba refiriendo al entonces secretario de defensa y más tarde vicepresidente de EEUU, Dick Cheney.

Estas palabras arrojan luz sobre las dimensiones geopolíticas del reciente golpe de estado en Ucrania. Lo que está en juego no es tanto asuntos domésticos —desde luego, no la lucha contra la corrupción y por la democracia—, sino más bien una lucha internacional por el poder y la influencia que se remonta a un cuarto de siglo.

El Financial Times coloca los recientes acontecimientos de Ucrania en el mismo contexto. En un editorial del 23 de febrero se dice: “Durante un cuarto de siglo este inmenso territorio, situado precariamente entre la Unión Europea y Rusia, ha sido objeto de una disputa geopolítica entre el Kremlin y Occidente”. En 2008, un torpe intento del presidente George W. Bush no consiguió atraer a la OTAN a las antiguas repúblicas soviéticas de Ucrania y Georgia, “pero la revolución de Maidan ofrece ahora una segunda oportunidad para que todas las partes reconsideren el estatus de Ucrania en la línea divisoria de Europa”.

La disolución de la Unión Soviética en diciembre de 1991 fue un regalo inesperado para las potencias imperialistas. La Revolución de Octubre de 1917 había retirado una parte considerable de la superficie terrestre de la esfera capitalista. Esto fue visto como una amenaza por la burguesía internacional, incluso mucho después de que la burocracia estalinista traicionara el objetivo de la revolución socialista mundial y asesinara a toda una generación de marxistas revolucionarios. Además, la fortaleza económica y militar de la Unión Soviética se alzaba como un obstáculo para la hegemonía mundial de Estados Unidos.

La disolución de la Unión Soviética y la introducción del mercado capitalista creó las condiciones para que la riqueza social creada por generaciones de trabajadores fuera saqueada por un puñado de oligarcas y la banca internacional. Las conquistas sociales en los campos de la educación, la salud, la cultura y las infraestructuras fueron hechas pedazos y no hicieron más que disminuir.

Pero esto no fue suficiente para EEUU y las principales potencias europeas. Querían asegurarse de que Rusia nunca volvería a amenazar su hegemonía global, tal como se expresaba con claridad en la cita anterior de Dick Cheney.

Para 2009, la alianza militar de la OTAN, dominada por EEUU, había integrado en sus filas a casi todos los países de Europa Oriental que una vez habían pertenecido a la esfera de influencia de la Unión Soviética. Pero los intentos de incorporar a las antiguas repúblicas soviéticas a la OTAN habían fracasado —con la excepción de los tres países bálticos, Estonia, Lituania y Letonia— debido a la resistencia de Moscú. Ucrania, con sus 46 millones de habitantes y su situación geográfica estratégica entre Rusia, Europa, el Mar Negro y el Cáucaso, fue invariablemente el principal centro de atención de estos intentos.

Ya en 1997, el exconsejero de seguridad nacional de EEUU Zbigniew Brzezinski escribió que sin Ucrania, cualquier intento de Moscú para reconstruir su influencia en el territorio de la antigua Unión Soviética estaba condenado al fracaso. La tesis central de su libro El Gran Tablero Mundial es que la capacidad de EEUU para ejercer la jefatura mundial depende de que pueda impedir la emergencia de una potencia dominante y antagónica en el continente eurasiático (véase The power struggle in Ukraine and America’s strategy for global supremacy – World Socialist Web Site).

En 2004, EEUU y las potencias europeas apoyaron y financiaron la “Revolución Naranja” en Ucrania, que llevó al poder a un gobierno pro-occidental. Pero el régimen se desintegró rápidamente debido a las luchas internas. El intento de 2008 de incorporar a Georgia en la OTAN provocando una confrontación militar con Rusia también fracasó.

Ahora, EEUU y sus aliados europeos están tratando de utilizar el golpe de estado en Ucrania para desestabilizar, una vez más, otra antigua república soviética y atraerla a su esfera de influencia. De esta forma, corren el riesgo de un conflicto armado con Rusia.

En un artículo titulado “After Ukraine, the West Makes Its Move for the Russian Periphery”, el grupo de expertos Stratfor, que tiene estrechos lazos con los servicios secretos norteamericanos, dice: “Occidente quiere aprovechar el éxito que representa haber apoyado a los manifestantes antigubernamentales de Ucrania para montar una campaña de ámbito regional más amplia”.

“Una delegación georgiana está visitando en estos momentos Washington y el primer ministro del país, Irakli Garibashvili, se va a reunir esta semana con el presidente de EEUU Barack Obama, el vicepresidente Joe Biden y el secretario de estado John Kerry”, dice Stratfor. El primer ministro moldavo Yuri Leanca va a visitar también la Casa Blanca para reunirse con el vicepresidente Joe Biden el 3 de marzo. “Entre las prioridades de temas a tratar en ambas reuniones están las perspectivas de la integración occidental de ambos países; en otras palabras, cómo acercarlos a EEUU y la Unión Europea y alejarlos de Rusia”.

Lilia Shetsova, de la fundación estadounidense Carnegie Endowment for International Peace (sic) de Moscú, sostiene que el golpe de estado de Ucrania se extenderá a otros países y a Rusia misma. “Ucrania es el eslabón más débil de la cadena post-soviética”, escribe en un comentario en el Süddeutsche Zeitung. “Tenemos que considerar que levantamientos similares son posibles en otros países”.

Shetsova insiste en una característica de la revolución ucraniana que quiere retener a toda costa: la movilización de las fuerzas fascistas. “La caída de Yanukovich se debe fundamentalmente a los ‘elementos radicales’ de Maidan, entre otros al Sector de Derecha, que se ha convertido en una seria fuerza política”. Y añade: “El futuro de Ucrania dependerá de que los ucranianos puedan mantener Maidan”.

Los “elementos radicales” que Shetsova quiere mantener a toda costa son las milicias fascistas armadas, que están vinculadas a las peores tradiciones de la historia ucraniana: los pogromos y los asesinatos en masa de judíos y comunistas que tuvieron lugar durante la Segunda Guerra Mundial. El papel de estas milicias fascistas será aterrorizar e intimidar a la clase obrera.

Solo hicieron falta unas pocas horas para que el contenido social reaccionario del levantamiento ucraniano quedara claro. Los “valores europeos” que, supuestamente, van a imperar tras el derrocamiento del viejo régimen consisten en ataques masivos contra la ya empobrecida clase obrera. Como condición para obtener los préstamos que el país necesita urgentemente para evitar la bancarrota, el FMI está exigiendo la flotación del tipo de cambio del grivna, un brutal programa de austeridad y aumentos de hasta seis veces en el precio del gas de uso doméstico.

La flotación de la moneda del país dará lugar a una inflación galopante, el correspondiente aumento en el coste de la vida y la destrucción de los ahorros  de los ucranianos. El programa de austeridad irá dirigido, principalmente, a recortar las pensiones y el gasto social, mientras que el aumento de los precios del gas supondrá que muchas familias no podrán calentar sus casas.

Ucrania se va a convertir en un país en el que trabajadores cualificados y profesionales van a ganar salarios muy inferiores a los que actualmente se pagan en China. Esto es de especial interés para Alemania, el segundo socio comercial más importante de Ucrania después de Rusia y, con un volumen de 5.360 millones de euros, el segundo inversor más grande.

Mientras que para EEUU el aislamiento de Rusia es un objetivo de primer orden, Alemania está interesada en los beneficios económicos que puede obtener en Ucrania, país que ya ha invadido militarmente en dos ocasiones, en 1918 y en 1941. Quiere explotar el país como una plataforma de mano de obra barata y utilizarlo para bajar aún más los salarios en Europa Oriental y Alemania.

Según los datos del Instituto Económico Alemán, los costes laborales en Ucrania son de los más bajos del mundo. A 2,50 euros la hora trabajada, los costes laborales medios (salarios brutos más otros costes) de los trabajadores y empleados de oficina son mucho más bajos que los de China (3,17 euros), Polonia (6,46 euros) y España (21,88 euros). En Alemania, una hora de trabajo cuesta 35,66 euros, es decir, 14 veces más.

La Oficina de Estadísticas de Ucrania estima que el salario mensual medio es de 3.073 grivnas (220 euros). Los docentes están también muy mal pagados.

El expresidente Yanukovich era un representante de la oligarquía ucraniana. Rechazó el acuerdo de asociación con la UE porque temía que no podría sobrevivir políticamente a las consecuencias sociales. Ahora, su caída representa un pretexto para incrementar la pobreza y la explotación hasta extremos incompatibles con la democracia y esto conducirá a nuevas protestas sociales. Es precisamente con el fin de reprimir estas futuras protestas sociales que se mantendrán las milicias fascistas.

Traducción: Javier Villate