Omar y el puesto de control: una pesadilla diaria

Ramzy Barud

Fuente: Omar and the Checkpoint: Everyday a Nightmare, Palestine Chronicle, 25/02/2014

Omar es un niño palestino de siete años, de Gaza. Su familia consiguió los permisos necesarios para cruzar el puesto de control de Erez y llegar a Jerusalén, donde le iban a intervenir quirúrgicamente. Le acompañó su padre. Al volver, después de la operación, el niño y su padre fueron retenidos en el puesto de control de Kalandia, que separa Jerusalén Este de Cisjordania. Dijeron que el padre necesitaba otro permiso de las fuerzas de ocupación israelíes para llevar de vuelta a su hijo, cuyas heridas estaban todavía frescas debido a la reciente cirugía. Los soldados no estaban de buen humor.

Esta historia fue contada en todos sus penosos detalles por una activista israelí de derechos humanos, Tamar Fleishman, de la asociación Machsomwatch (Control de los puestos de control). Su nombre está vinculado con el puesto de control de Kalandia, pues ella ha pasado allí infinidad de horas, informando de los indignantes abusos a los que los soldados israelíes someten a los viajeros palestinos. Su narración, aunque penosa de leer, arroja luz sobre un aspecto de la ocupación israelí que suele pasar desapercibido. Muchos hablan de los puestos de control israelíes que salpican la geografía de Cisjordania, pero pocos valoran en su justa medida lo que supone vivir encarcelados entre puestos de control, sometidos al humor y los caprichos de los soldados israelíes.

“El cuerpo de Omar estaba todavía anestesiado cuando se desplomó en el banco de metal de las oficinas del puesto de control de Kalandia”, escribió Fleishman en el Palestine Chronicle. “Hacía mucho frío a estas horas del anochecer. El padre de Omar se quitó su chaqueta de cuero y le arropó con ella a su hijo. Omar no abrió los ojos. Ni el ojo sano ni el otro, que estaba hinchado por la cirugía. Siguió durmiendo. Parecía estar entre el sueño y la pérdida de la conciencia”.

El relato continúa y parece que no va a terminar nunca. Omar es un caso representativo de todos los niños palestinos y su padre encarna a todos los padres palestinos que viven bajo la ocupación.

La desgarradora foto de Omar, hecha también por Fleishman, le muestra dormitando torpemente en un sucio banco metálico, cubierto por la chupa de su padre. Probablemente, el niño no era consciente de la realidad que le rodeaba. Tal vez hubiera oído a su padre suplicar a los soldados, o sentido la suave caricia de una madre palestina que también estaba esperando en el puesto de control. Podría, incluso, haber sentido cómo el aire frío penetraba por su piel hasta sus frágiles huesos. O quizá no sintió nada en absoluto. Pero a pesar de todo, Omar es el nombre de todos los niños palestinos enfermos y su historia simboliza el depravado corazón de los ocupantes israelíes.

Omar no es un niño de un póster victimista. Su dolor y el de su padre no deberían suscitar meramente imágenes de la naturaleza miserable de los soldados o diatribas filosóficas sobre la forma en que la ocupación israelí está matando el alma de Israel, o reavivar el debate sobre la “solución” al “conflicto” que más nos gusta. Ni la acción de los soldados, la de sus superiores militares y políticos y la de aquellos que les han armado y financiado (principalmente EEUU y los países europeos) serán influenciadas en lo más mínimo por los animados debates políticos y académicos. Simplemente, tienen los medios y el poder para mantener esta colosal red de controles que convierten las vidas de los palestinos en una pesadilla interminable, y no tienen razones para ponerle fin.

¿Por qué deberían hacerlo? La ocupación militar israelí es un negocio enormemente beneficioso. Los colonos judíos no suelen ser conscientes de que su presencia en los territorios ocupados constituye una violación del derecho internacional y de la Cuarta Convención de Ginebra. Es un crimen de guerra. Pero, ¿lo saben? Y si lo saben, ¿les preocupa? Viven en viviendas subvencionadas por el gobierno, comunicados por una costosa red de carreteras —reservada “solo para judíos”—, disfrutan de numerosos beneficios, que ni siquiera tienen los que viven en Israel. Los colonos se apoderan del agua de los acuíferos de Cisjordania, mientras los palestinos apenas obtienen una pequeña parte de sus propios recursos hídricos. Los hijos de los colonos reciben una excelente atención médica y la mejor educación, mientras sus padres se mueven con sus bonitos coches y gozan de una gran calidad de vida. Por su parte, la mayoría de los palestinos subsisten con bajos ingresos y se pasan la vida negociando el pase por los puestos de control, desde el día que nacen hasta el día que mueren, todos y cada uno de los días de sus vidas.

Los líderes israelíes prosperan gracias al apoyo político que reciben de los colonos y se estremecen con la sola idea de que pueden perder el favor de los más mesiánicos, ultranacionalistas y derechistas de ellos. El ejército israelí está desplegado por toda Cisjordania para proteger a los colonos y los asentamientos, además de para someter a los palestinos. Los puestos de control como los de Kalandia tienen esa misión. Al igual que en muchos puestos de control de Cisjordania y alrededores, los pasillos de entrada rápida están reservados a los colonos judíos, con son atendidos con prontitud. Mientras tanto, los palestinos tienen que desfilar entre enormes bloques de cemento o vallas, a la espera de exponer su caso y sus ruegos a los soldados.

Algunas áreas de espera de los puestos de control parecen jaulas gigantescas. La agencia de noticias Maan informó el 6 de enero que Adel Mohamed Yakub, de 59 años y natural de Balaa, “murió aplastado por una muchedumbre” en el puesto de control de Efraim/Taybeh, cerca de la ciudad cisjordana de Tulkarem. “Unos 10.000 trabajadores palestinos cruzan el puesto de control cada día y la lentitud de los trámites de inspección causa la formación de peligrosas aglomeraciones en el puesto de control”.

Yakub tenía esposa y siete hijos. Ahora, 9.999 palestinos siguen cruzando cada día el puesto de control de Taybeh. Aunque el ejército israelí aumentara el número de soldados que se ocupan de los trámites de los permisos para los trabajadores palestinos o ampliara un poco las vallas a derecha o izquierda, seguiría en pie la cuestión fundamental: ¿qué empujará a Israel a poner fin a la ocupación, a derribar sus muros y vallas y poner fin a este horrible y prolongado episodio  histórico?

¿Cuánto tiempo pasará antes de que los trabajadores palestinos hagan retroceder las vallas y a los soldados que participan en los tormentos colectivos y diarios de centenares de miles de palestinos?

En cuanto al resto de nosotros, ¿seguiremos dándole vueltas a este debate banal?: un lado que justifica las acciones de Israel, a veces en el nombre de Dios y su “Pueblo Elegido”, y otras veces en el nombre de la “seguridad”. El otro lado se ha quedado atascado promoviendo la victimización palestina como fin en sí mismo, sin comprender los verdaderos fundamentos políticos, o el deseo de llevar a cabo actos tangibles de solidaridad con Omar, su padre y tantos como ellos.

Omar fue finalmente despertado por su angustiado padre, que consiguió el certificado de nacimiento original de su hijo (una copia, según Fleishman, no era suficiente) y, tras una larga espera, los dos pudieron volver a su casa antes de que el paso de Erez se cerrara. Sin embargo, otros Omar deben de estar esperando en algún puesto de control, en alguna parte de la Palestina ocupada, con su certificado original de nacimiento en la mano, acompañado por un familiar atribulado, suplicando un sentimiento moral a un soldado sin sentimientos morales.


Ramzy Barud es columnista, consultor de medios y miembro del consejo editorial de Palestine Chronicle. Su último libro es My Father Was a Freedom Fighter: Gaza’s Untold Story (Pluto Press, Londres).

Traducción: Javier Villate