El ‘Watergate’ israelí: los hechos sobre el agua palestina

Amira Hass

Fuente: The Israeli ‘watergate’ scandal: The facts about Palestinian water, Haaretz, 16/02/2014

Rino Tzror es un periodista que debate con sus entrevistados en lugar de limitarse a adularlos. El jueves pasado, no actuó como de costumbre y permitió que la ministra de justicia Tzipi Livni engañara a la audiencia en todo lo referente a la cuestión del agua planteada por Martin Schulz, el presidente del parlamento europeo.

Livni fue invitada al programa de la Radio del Ejército como una voz sensata que habría de criticar el comportamiento del ministro de economía Naftali Bennett y compañía hacia Schulz (el partido Habayit Hayehudi de Bennett abandonó furiosamente el Knesset, el parlamento israelí, cuando Schulz se preguntó si, en realidad, los israelíes se asignaban a sí mismos cuatro veces más agua que a los palestinos).

“Le dije [al presidente del parlamento europeo] que estaba equivocado y que le engañaron deliberadamente”, declaró Livni a Tzror. “No es así como se asigna el agua. Israel da a los palestinos más agua que la pactada en los acuerdos provisionales”.

La misma palabra “da” debería haber estimulado a Tzror. Pero Livni siguió camelándole con su bien aprendido tono y sus quejas por la postura palestina sobre el agua potable y el Comité Conjunto del Agua.

He aquí los hechos.

Israel no da agua a los palestinos; la vende a buen precio. Los palestinos no se habrían visto obligados a comprar agua a Israel si esta no fuera la potencia ocupante que controla sus recursos naturales y si no fuera por los Acuerdos de Oslo II, que limitan el volumen  de agua que pueden producir los palestinos, así como el desarrollo y el mantenimiento de su infraestructura hídrica.

Este acuerdo provisional de 1995 debía ser sustituido por un acuerdo permanente en un plazo de cinco años. Los negociadores palestinos se engañaron a sí mismos creyendo que conseguirían la soberanía y, por tanto, el control de sus recursos hídricos.

Los palestinos eran débiles, estaban desesperados y no prestaron atención a los detalles. Así, Israel impuso en ese acuerdo un reparto escandalosamente desigual, humillante y exasperante de los recursos hídricos de Cisjordania.

El reparto está basado en el volumen de agua que producían y consumían los palestinos en vísperas del acuerdo. Así, se les asignó 118 millones de metros cúbicos al año, que habrían de obtenerse de los tres acuíferos mediante perforaciones, pozos agrícolas, manantiales y precipitaciones. Atento, Rino Tzror: el mismo acuerdo asignó a Israel 483 millones de metros cúbicos al año procedentes de los mismos recursos (y ha sobrepasado este límite varios años).

Dicho de otra forma, un 20 por ciento del agua va a parar a los palestinos que viven en Cisjordania y un 80 por ciento, a los israelíes —tanto a los que viven en Israel como a los que viven en las colonias de Cisjordania— que, además, disfrutan también de los recursos hídricos de Israel.

¿Por qué deben acceder los palestinos a pagar por el agua potable a Israel, que les roba continuamente el agua que fluye bajo sus pies?

El segundo escándalo del acuerdo: se condenó a Gaza a ser autosuficiente en la gestión del agua y a depender exclusivamente del acuífero que está dentro de sus límites. ¿Cómo podemos ilustrar esta injusticia?

Supongamos que los residentes en el Neguev tuvieran que sobrevivir solo con los acuíferos de la región de Bersheba-Arad, sin el acueducto nacional y sin tener en cuenta el crecimiento demográfico. ¿Se lo imaginan?

Si los israelíes tuvieran en mente la paz y la justicia, el acuerdo de Oslo habría contemplado el desarrollo de una infraestructura hídrica que comunicara a Gaza con el resto del país.

Según el acuerdo, Israel seguirá vendiendo 27,9 millones de metros cúbicos de agua al año a los palestinos. En una muestra de generosidad colonialista, Israel aceptó reconocer las necesidades futuras palestinas, estimadas en 80 millones de metros cúbicos al año. Todo está detallado en el acuerdo, con la meticulosidad propia de un magnate capitalista. Israel venderá una parte y los palestinos producirán el resto, pero no perforando el acuífero occidental de montaña. Eso está prohibido.

Pero en la actualidad, los palestinos producen solo 87 millones de metros cúbicos en Cisjordania (21 millones menos que los asignados por los acuerdos de Oslo). La sequía, los límites que han impuesto los israelíes al desarrollo y a la perforación de nuevos pozos y las restricciones a los movimientos de las personas son las principales causas. La mala gestión palestina es algo secundario. Por tanto, Israel “da”, es decir, vende, unos 60 millones de metros cúbicos al año. Eso es más que lo que establecieron los acuerdos de Oslo. La conclusión es devastadora: la dependencia palestina del ocupante se ha incrementado.

Alrededor de 113.000 palestinos no están conectados a la red de suministro de agua. Cientos de miles más sufren cortes en el suministro de una forma regular durante los meses estivales. En el Área C, Israel prohíbe incluso cavar cisternas para recoger agua de lluvia. ¿A eso se le llama “dar”?

En lugar de pasar el tiempo calculando si el consumo de agua per cápita de una familia israelí promedio es cuatro o “solo” tres veces más que el consumo palestino equivalente, abran sus ojos: en los asentamientos abundan los espacios verdes, mientras que, al otro lado de la carretera, los barrios de las ciudades y pueblos palestinos están sometidos a una política de rotación del agua. Las gruesas tuberías de Mekorot (el suministrador nacional israelí de agua) llegan hasta los asentamientos del valle del Jordán, mientras un tractor palestino transporta, ante los ojos de los colonos israelíes, un tanque oxidado de agua traída desde algún lugar lejano. En verano, los grifos se secan en Hebrón, pero no dejan de funcionar en Kiryat Arba y Beit Hadasah.

¿Es todo esto un engaño deliberado?


Amira Hass es una conocida y galardonada periodista israelí, en cuya columna del diario Haaretz suele ocuparse de los temas de la ocupación israelí de los territorios palestinos. Véase lo que de ella se dice en Wikipedia.

Traducción: Javier Villate