El papel de EEUU en el aumento de la violencia en Irak

Stephen Zunes

Fuente: The US role in Iraq’s upsurge in violence, National Catholic Reporter, 25/01/2014

La trágica escalada de la violencia en Irak en los últimos meses, incluyendo la captura de partes de dos importantes ciudades iraquíes por parte de afiliados a Al Qaeda, es una consecuencia directa de la represión de la disidencia pacífica por parte del gobierno de Bagdad, con el apoyo de Washington y, en última instancia, de la invasión y ocupación estadounidense de 2003.

A finales de diciembre, las fuerzas iraquíes atacaron violentamente un campamento de protesta levantado en las afueras de Ramadi, matando a 17 personas. Human Rights Watch señaló que la actuación del gobierno “parecía pensada más para provocar la violencia que para impedirla”. De hecho, a pesar de la falta de apoyo popular, incluso en el interior del corazón sunita, Al Qaeda supo aprovecharse del descontento ciudadano que causó la represión gubernamental y lanzó unos ataques sin precedentes contra los principales centros urbanos en la provincia de Anbar. El gobierno de Obama respondió aumentando la ayuda militar al régimen de Bagdad.

Este fue el quinto incidente de importancia que tuvo lugar en 2013 en el que las fuerzas del gobierno dispararon contra manifestantes pacíficos y mataron a varios de ellos. Un reciente informe de Amnistía Internacional (AI) ha señalado que, en los últimos años, miles de iraquíes han sido detenidos con cargos poco creíbles y centenares han sido condenados a la pena capital o a gran cantidad de años de cárcel después de haber sido sometidos a juicios injustos. Además, sigue denunciando AI, “las torturas y otros malos tratos sufridos por los detenidos han sido frecuentes y cometidos con impunidad”. Ni siquiera los parlamentarios han sido inmunes, llegando a ser encarcelados con acusaciones dudosas. Los asesinatos extrajudiciales han convertido a Irak en el segundo país más peligroso del mundo para los periodistas.

El régimen iraquí, respaldado por EEUU, está dominado por partidos musulmanes chiítas sectarios que han discriminado a la minoría musulmana sunita. La combinación de la represión gubernamental y la insurgencia armada ha causado la muerte de casi 8.000 civiles solo en 2013.

Hasta la invasión y ocupación del país por EEUU en 2003, Irak había mantenido una larga tradición de laicidad y una sólida identidad nacional entre su población árabe, a pesar de las diferencias sectarias.

Antes de la conquista por EEUU, destacados analistas de la CIA y del departamento de Estado, así como un gran número de expertos en Oriente Medio, advirtieron de que una invasión de Irak podría desatar conflictos étnicos y sectarios violentos. Algunos de los arquitectos intelectuales de la guerra reconocieron algo parecido. En un documento fechado en diciembre de 1996, antes de convertirse en destacadas figuras del equipo de política exterior de Bush, David Wurmser, Richard Perle y Douglas Feith predijeron que un Irak post-Husein sería probablemente “desgarrado” por el sectarismo y otras divisiones, pero pidieron, de todos modos, que la Casa Blanca “agilizara” el colapso.

La invasión y ocupación de EEUU no solo no logró establecer una democracia funcional en Irak, sino que ni las tropas estadounidenses ni los sucesivos gobiernos de Bagdad respaldados por Washington han sido capaces de proporcionar a los iraquíes una seguridad básica. Esto ha llevado a muchos ciudadanos normales a recurrir a las milicias sectarias en busca de protección.

Una buena parte de las actuales divisiones de Irak se remontan a la decisión de las autoridades de ocupación estadounidenses, tomada inmediatamente después de la conquista, de abolir el ejército iraquí y purgar la burocracia del gobierno. La desaparición de estos dos bastiones del laicismo y la identidad nacional creó un vacío que pronto fue llenado por partidos y milicias sectarios. Además, las autoridades de ocupación estadounidenses alentaron el sectarismo al constituir un gobierno provisional basado, no en la competencia técnica o en la afiliación ideológica, sino en identidades étnicas y religiosas. Esto ha facilitado que prácticamente todas las cuestiones políticas se hayan debatido no en base a sus méritos, sino en función de los grupos a los que beneficiaban o perjudicaban. El resultado ha sido una gran inestabilidad, en la que los partidos políticos, los bloques parlamentarios y los ministerios gubernamentales están constituidos sobre lealtades sectarias.

Teológicamente, hay menos diferencias entre suníes y chiíes que entre católicos y protestantes. En pequeñas ciudades iraquíes con una única mezquita, suníes y chiíes acuden juntos a rezar. Los matrimonios mixtos no son raros. Pero gracias a la invasión y ocupación estadounidense, esta convivencia pacífica se ha desbaratado en gran medida.

A diferencia de los suníes, los chiíes tienen una clara jerarquía. Los ayatolás son los equivalentes de los cardenales católicos. En consecuencia, las estructuras sociales existentes de las comunidades chiítas, basadas en dicha jerarquía clerical, fueron unas de las pocas organizaciones sociales que sobrevivieron al régimen totalitario de Sadam Husein y fueron, así, capaces de organizarse políticamente cuando las fuerzas estadounidenses derribaron al gobierno de Bagdad en 2003. En cambio, los suníes y los grupos laicos estaban en desventaja cuando se encontraron, repentinamente, libres para organizarse.

Estados Unidos apostó inicialmente por un gobierno indefinido, compuesto por iraquíes escogidos, directa o indirectamente, por Washington. Sin embargo, cuando centenares de miles de iraquíes tomaron las calles en enero de 2004, pidiendo el derecho de elegir a sus propios dirigentes, el gobierno Bush accedió, a regañadientes, a convocar elecciones. Después de haber sido dominada por los suníes bajo el régimen baasista, los hachemitas y los otomanos, la mayoría chiíta estaba ansiosa por gobernar. No puede extrañar, pues, que las elecciones llevaran al poder a partidos religiosos chiítas que, desde entonces, han marginado a los demás grupos e impuesto su versión represiva y misógina de la ley islámica en las partes de Irak donde dominan, especialmente en el sur del país.

La oposición sunita a la dominación chiíta no procede de un resentimiento por la pérdida de una supuesta posición privilegiada en la vida política iraquí que tendría bajo la dictadura. En realidad, Sadam reprimió a sus hermanos árabes suníes junto a los kurdos suníes y los árabes chiíes. No obstante, la mayor parte de la minoría árabe suní, independientemente de sus sentimientos hacia el régimen de Sadam, se ha identificado siempre con el nacionalismo árabe. La mayor parte de la resistencia armada que emergió tras la caída de Sadam Husein se reclutó entre las comunidades árabes suníes. La insurgencia ha atacado al gobierno iraquí, dominado por los chiíes, que llegó al poder tras la invasión de EEUU y que es visto por muchos como una marioneta en manos de EEUU y de Irán.

Puede establecerse una analogía útil con el conflicto de Irlanda del Norte, que no responde a las diferencias teológicas entre católicos y protestantes, sino a las diferencias políticas entre lealistas británicos y republicanos irlandeses. Sin embargo, puesto que estas tendencias políticas están íntimamente unidas con las identidades religiosas, los extremistas de ambos lados persiguen a los civiles en base a su lealtad religiosa. Esto es, esencialmente, lo que ha ocurrido en Irak, pero a una escala mucho más grande.

Así pues, la tendencia de EEUU a culpar al “conflicto sectario” y a los “odios latentes desde hace mucho tiempo” de la violencia que asola al país equivale a culpar a las víctimas y eludir el reconocimiento del papel de EEUU en la actual tragedia.


Stephen Zunes es profesor de Política y coordinador de estudios sobre Oriente Medio en la universidad de San Francisco.

Traducción: Javier Villate