La ocupación israelí del valle del Jordán palestino

Pierre Klochendler

Fuente: Jordan Valley: Farming Under Occupation – “Settlements and Military Bases Control our Land”, Global Research, 16/01/2014

El colono israelí Gadi Blumenfeld reparte machetes entre quince trabajadores palestinos y les enseña a cortar las espinas de las hojas de los dátiles. “Podría ser apuñalado por la espalda —dice—, pero gracias a la agricultura, mantenemos el área libre de terroristas”.

Sin embargo, el destino de esta árida franja de tierra, que es el hogar de 56.000 palestinos y 7.000 colonos, es tan incierto como la lluvia.

Se dice que una propuesta estadounidense de acuerdo marco para una solución de dos estados pondría fin a los asentamientos israelíes en el valle del Jordán, pero mantendría una presencia militar israelí durante diez años, al término de los cuales el estado palestino debería poder garantizar la protección, no solo de su población, sino también de Israel.

Mientras tanto, Blumenfeld se enorgullece de sus dátiles, “fruto de nuestras mentes y nuestras manos”. Mentes israelíes y manos palestinas, evidentemente.

En 2013, produjo 400 toneladas de dátiles medjoul de gran calidad, recogidos de 5.000 árboles que plantó en 400 dunams (40 hectáreas) cuando se asentó en Patsa’el hace cuatro décadas. “Hemos hecho que el desierto florezca, un milagro”.

Al igual que Blumenfeld, el agricultor palestino Amin Al-Masri, cuyos huertos están a unos pocos kilómetros de distancia, también está orgulloso de sus dátiles, “las madres de los dátiles del valle”. Dice que sus tierras son “las más fértiles de Palestina en la temporada baja”.

Al-Masri es dueño de la misma cantidad de tierra cultivable que Blumenfeld. “Por este paraíso en la tierra pagamos un precio muy alto. Los asentamientos y las bases militares controlan nuestra tierra”, subraya Al-Masri.

Después de que Israel ocupara el valle del Jordán en la guerra de los Seis Días de 1967, muchas extensiones de tierras fueron expropiadas a los agricultores palestinos y se entregaron a los colonos y las bases militares israelíes.

Parte del Gran Valle del Rift, el valle del Jordán representa el 28,3 por ciento de Cisjordania y es el territorio palestino más grande de los que se encuentran bajo el total control militar y administrativo de Israel, clasificado como área C desde los años 90.

Solamente las áreas urbanizadas —un 13 por ciento del valle— están bajo administración palestina, conocidas como área A.

Israel controla todos los pasos entre el valle del Jordán y Cisjordania, así como la frontera internacional entre Cisjordania y Jordania. El Puente de Allenby es la única frontera abierta a los palestinos que quieren ir a Jordania.

“El valle del Jordán es una zona de seguridad estratégica entre un estado palestino y Jordania. Debe mantenerse bajo soberanía israelí para impedir que yihadistas, Al Qaeda y salafistas se infiltren en Israel”, argumenta David El-Haiiani, director del consejo regional del Valle del Jordán, que incluye 21 asentamientos israelíes.

El 29 de diciembre, días antes de la visita del secretario de estado de EEUU John Kerry a la región para buscar la aceptación de su propuesta de acuerdo marco, el gobierno israelí apoyó un proyecto de ley que, si se aprobara en el parlamento, significaría la anexión israelí de los asentamientos y carreteras de acceso a ellos del valle del Jordán.

Los palestinos rechazan cualquier presencia israelí, militar o civil, en el valle.

“Si aceptáramos la presencia militar israelí aquí durante diez años, Benjamín Netanyahu encontraría alguna excusa para prolongar esa presencia otros diez años”, dice Al-Masri.

Blumenfeld también cultiva un huerto de 200 dunams en la zona militar cerrada situada entre la valla electrónica y el río Jordán. “A los palestinos no se les permite entrar en ella”, señala.

Aunque Israel firmó un tratado de paz con Jordania en 1994, hay minas terrestres antipersona esparcidas a lo largo de la cerca.

A finales de 1960, este terreno irregular fue denominado “la tierra de persecuciones armadas” contra la guerrilla palestina. Ahora tranquila, esta tierra de nadie es el hogar de lobos y jabalíes, garitas, puestos de avanzada y trincheras, centinelas olvidados de un pasado lejano.

“No vinimos aquí por razones ideológicas, sino para trabajar. Somos agricultores, no políticos”, dice Blumenfeld.

“Soy un hombre pacífico, un agricultor”, subraya Al-Masri. “Pero los agricultores tenemos que luchar por nuestra tierra”.

Muchos palestinos que viven aquí son pastores seminómadas y agricultores estacionales. La mayoría son extremadamente pobres y trabajan las tierras de otros.

“Si no trabajas para los colonos, no tendrás trabajo”, dice indignado un palestino que recoge pimientos morrones en Patsa’el. Alrededor de 6.000 palestinos trabajan en los asentamientos.

Ayman eDeis, pastor, no tiene casa. Su choza y su aprisco para las ovejas han sido demolidos dos veces este año, la última justo antes del invierno. “Las autoridades israelíes no quieren darme el permiso, no me lo darán nunca”, dice, de pie ante los escombros de su casa.

Israel dice que la falta de permisos de construcción se debe a que el valle es una zona de seguridad sensible.

En la zona militar cerrada están construyendo un depósito de agua, cuya finalidad es aumentar la capacidad de riego de cuatro estanques y 12 pozos artesianos israelíes.

Los colonos israelíes reciben agua dulce del profundo acuífero de Cisjordania, del río Jordán y de las riadas. Mientras tanto, los agricultores palestinos esperan las lluvias y utilizan sus cuatro pozos artesianos autorizados. Solo pueden cavar 400 metros de profundidad en el acuífero superficial, donde el agua es salina.

En 2013, los colonos produjeron 11.000 toneladas de dátiles, destinados principalmente a la exportación. Los palestinos produjeron, en cambio, 2.000 toneladas, en su mayoría para consumo local y para los mercados israelíes. “El mejor negocio del mundo hoy es la ocupación”, dice Al-Masri.

Un informe del Banco Mundial ha estimado que si los palestinos pudieran explotar los minerales del Mar Muerto, en el sur del valle del Jordán, su economía obtendría hasta 918 millones de dólares al año. El acceso a más tierras y agua podría reportar otros 704 millones de dólares al año. El valle del Jordán podría convertirse en el granero de Palestina.

“No quiero un estado en el papel, en el que Israel controle nuestros recursos y fronteras”, dice Mahmud Daraghmeh, un ingeniero palestino en paro que siembra frijoles amarillos en su parcela familiar. “Esto no es libertad. Esto no es un estado”.

Blumenfeld mira las bandadas de estorninos migratorios que sobrevuelan libremente la frontera. “Amo este valle”, exclama.

“Sin embargo, estoy dispuesto a pagar el precio por un acuerdo de paz real que ofrezca garantías a todo el mundo; que ponga fin al terror, porque en el pasado los terroristas controlaron los territorios que Israel abandonó; que ponga fin al conflicto”.

Traducción: Javier Villate