Boicot a Israel: la mejor esperanza para una paz justa

Nathan Goldwag

Fuente: BDS: The Best Hope for a True Peace, Mondoweiss, 14/01/2014

Indiscutiblemente, uno de los logros más notables de Nelson Mandela y del Congreso Nacional Africano fue el desmantelamiento del régimen legal del apartheid en Sudáfrica, sin que ello supusiera la destrucción de la población colonial. Aunque su dominio del sistema político ha terminado, la comunidad blanca, británica y afrikaner, sigue firmemente acomodada en la vida cultural y económica de la nación. Es difícil exagerar lo extraño que esto es.

En el transcurso del proceso de descolonización, hubo otros dos países africanos que se enfrentaron con problemas similares a los de Sudáfrica: el dominio político de una minoría de colonos europeos. Ninguno de estos dos casos terminó bien. En Argelia, donde el FLN logró la victoria en 1962 y el gobierno francés aceptó la independencia, todos los argelinos franceses, muchos de los cuales tenían raíces en el país que se remontaban a 130 años, abandonaron en masa el país, dejando tras ellos todas las infraestructuras destruidas. En Zimbabue/Rodesia, el acuerdo de 1979, que supuso el fin de la guerra civil y condujo a la caída del gobierno rodesiano del apartheid, contenía disposiciones que protegían a la minoría blanca. Pero en 1999, solo quedaba un puñado de blancos; el resto se había ido. ¿Por qué logró Sudáfrica una reconciliación que no fue posible en los otros casos? Más aún, ¿por qué fue posible la reconciliación?

Parte de la respuesta, estoy seguro de ello, consiste en la habilidad y la humildad del Sr. Mandela y de los líderes del Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés). Pero hay otra explicación también. Argelia, Zimbabue/Rodesia y Sudáfrica tuvieron que enfrentarse con el dominio de minorías blancas. Sin embargo, la forma en que cayeron los gobiernos racistas fue muy diferente. En Argelia, fue una combinación de cansancio de los franceses por la guerra y la presión militar del FLN. En Rodesia, el aislamiento en el seno de la comunidad internacional jugó su papel, pero fue la incapacidad del gobierno blanco para suprimir la guerra de guerrillas que desgarraba el país lo que le obligó a negociar. En estos dos casos, la insurgencia armada basada en la identidad étnica fue la clave de la victoria. En Sudáfrica, la violencia de grupos como Spear of the Nation (Lanza de la Nación) influyó ciertamente en el colapso del régimen del apartheid. Pero fue, fundamentalmente, la campaña internacional de boicot, desinversiones y sanciones contra Sudáfrica lo que terminó por aislar totalmente al régimen racista y provocó su caída. Mientras que en Argelia y Zimbabue/Rodesia fueron batallas libradas en el lenguaje del movimiento independentista anticolonial las que dieron al traste con los regímenes blancos, en Sudáfrica la lucha se basó en la justicia y la igualdad. Básicamente, los primeros fueron conflictos étnicos, mientras que el segundo fue una reivindicación de derechos humanos.

Esta afirmación puede parecer trivial y simplista en exceso, y lo es en cierta manera. Evidentemente, quienes lucharon contra la tiranía de los gobiernos francés y rodesiano estaban luchando por sus derechos humanos, aunque no emplearan estos términos. Y la lucha en Sudáfrica también tenía fundamentos étnicos y raciales. Pero esta es una cuestión de lenguaje y percepción. Y no solo de percepción por parte de los observadores, sino también de percepción de los participantes. Los conflictos étnicos son sangrientos y brutales. Conducen a enfrentamientos y odios persistentes, atrocidades y genocidios, masacres y contramasacres. Una vez que la gente se ha convencido de que su grupo está radicalmente opuesto a otro grupo, el resultado final es inevitable. Aunque el conflicto tenga raíces en agravios reales, es probable que la reacción de la mayoría de la gente sea darse por vencida, suspirar y decir que, aunque es ciertamente trágico, no hay mucho que pueda hacerse si el odio es omnipresente. En un conflicto basado en los derechos humanos, la percepción es muy diferente. En Sudáfrica, el hecho de que el impulso del movimiento viniera de la comunidad internacional significó que el conflicto fue algo más que blancos contra negros. Fue, más bien, un conflicto en torno al gobierno de Sudáfrica, que estaba siendo considerado responsable de violaciones de los derechos humanos. Esta estrategia centró la atención del movimiento anti-apartheid en la lucha contra un conjunto de leyes y costumbres sudafricanas, en lugar de una lucha étnica más general entre opresores y oprimidos. El uso de sanciones internacionales y del lenguaje de los derechos humanos significó que las condiciones de la victoria exigidas por el ANC tan solo requerían la deconstrucción del régimen político del apartheid, al tiempo que permitían la reconciliación de la población en general.

He dicho antes que hubo otros dos países que enfrentaron el mismo problema que Sudáfrica. En realidad, hubo tres. El último es Israel, que tiene un gobierno democrático para su población judía, mientras que millones de palestinos de Cisjordania han pasado 46 años bajo la ocupación militar, viendo cómo les robaban sus tierras para ser entregadas a los colonos israelíes. En estos momentos, la mayoría de la gente ve el conflicto palestino-israelí como un conflicto étnico. Incluso la gente que tiene simpatías por la lucha palestina se lamenta de que los dos grupos “se odian mutuamente”. Esto es así porque, pese a muchos intentos y propósitos, ha sido un conflicto étnico. Los palestinos han utilizado las armas del terrorismo, de la insurgencia, de la insurrección popular, siempre dirigidas contra Israel en general, y a menudo contra los judíos. Pese a todos los intentos y propósitos, ha sido una guerra librada entre dos grupos étnicos. Esto ha contribuido mucho a la percepción internacional de que el conflicto no tiene solución. Pero esto está empezando a cambiar. El llamamiento de la sociedad civil palestina para realizar una campaña de boicot, desinversiones y sanciones contra Israel (BDS) utiliza el lenguaje de la justicia internacional y de los derechos humanos. Pide unos cambios específicos en la política y el gobierno israelíes, y lo hace así en base a acciones específicas y cuantificables tomadas contra el pueblo palestino que suponen otras tantas violaciones del derecho internacional y de los derechos humanos fundamentales. En efecto, esta orientación transforma el conflicto, inicialmente una guerra a muerte del estilo de Argelia y Zimbabue/Rodesia, en una campaña de estilo “sudafricano” por poner fin a un gobierno basado en el dominio racial.

Algunas personas pueden preguntarse si importa, realmente, la forma en que se lleve a cabo la lucha contra la opresión israelí. Después de todo, los tres países considerados lograron la victoria. Y, para ser honestos, estoy de acuerdo. Si el movimiento BDS desapareciera mañana, la resistencia palestina continuaría. Y creo que, en algún momento, lograría la victoria. Pero seamos claros. Si el movimiento BDS desapareciera mañana, la lucha volvería a emplear, casi con certeza, métodos terroristas e insurreccionales. Y si los palestinos lograran la victoria por esta vía, los resultados se parecerían mucho al caos y al derramamiento de sangre posteriores a la independencia que tuvieron lugar en Argelia y Zimbabue. Esta es la razón por la que debemos apoyar la campaña BDS. El desarrollo de una campaña por la libertad palestina basada en la justicia, los derechos humanos y la coordinación internacional es la única forma de asegurar que, cuando caiga el régimen del apartheid israelí, lo que le suceda será realmente una democracia para todos sus ciudadanos y no la ascendencia de una oposición victoriosa manchada de sangre y vengativa.


Nathan Goldwag es estudiante de la universidad de Brandeis y miembro de Voz Judía por la Paz.

Traducción: Javier Villate