El sistema educativo de Israel vende intolerancia y mentiras

Jonathan Cook

Fuente: Israel’s education system peddles intolerance and lies, blog de Jonathan Cook, 7/01/2014

Camisetas del ejército israelí: “Un disparo, dos muertos”. Una mujer palestina embarazada en el centro de una diana. Abominable apología del asesinato racista y neonazi.

John Kerry pasó la semana pasada tanteando el terreno con los israelíes y los palestinos sobre el denominado acuerdo marco, ideado para cerrar la brecha entre las dos partes. Pero los temas que está intentando resolver parecen más intratables cada día que pasa.

Cuando se dirigía a la región, el gobierno israelí dio su bendición a una ley para anexionarse el valle del Jordán, una gran franja de tierra de Cisjordania que podría ser la espina dorsal económica del estado palestino y su única puerta de salida al mundo exterior. El domingo, después de que Kerry se fuera, el ministro de defensa, Moisés Yalon, dijo que la paz era imposible mientras los palestinos y sus libros de texto escolares “incitaran” contra Israel, citando incluso un “índice de incitaciones palestinas” elaborado por el gobierno.

Este exabrupto eclipsó dos estudios israelíes que podrían proporcionar algún día un punto de referencia para juzgar un “índice de incitaciones israelíes”.

Una encuesta de opinión reveló que casi dos terceras partes de los judíos israelíes creen que la narrativa palestina del conflicto —incluyendo la nakba, la gran desposesión de los palestinos en 1948 para crear Israel— debería enseñarse en las escuelas.

Esto va en contra de la opinión del propio Netanyahu. Su gobierno aprobó en 2011 una ley que prohíbe a las instituciones públicas ofrecer plataformas para este tipo de conmemoraciones.

Otro estudio ha demostrado que, cuando los estudiantes judíos aprenden árabe a una edad temprana, entre los 10 y los 12 años, tienen puntos de vista menos hostiles y estereotipados sobre los árabes. En la actualidad, muchos estudiantes judíos no aprenden jamás árabe.

En referencia a un programa experimental que emplea a maestros de la minoría palestina israelí, el estudio señala que esta ha sido la primera vez que la mayoría de los niños judíos han mantenido relaciones estrechas con un árabe.

Sin embargo, el ministerio de educación ha ignorado estos estudios y se ha negado a financiar el pequeño programa experimental y, por supuesto, a extenderlo.

Esto no es un descuido. Los sucesivos gobiernos israelíes han diseñado cuidadosamente la estructura de la sociedad israelí para asegurarse de que los ciudadanos judíos y palestinos se mantengan en mundos lingüísticos, culturales, educativos y emocionales diferentes.

No es difícil comprender las razones. La última cosa que los líderes israelíes quieren es que los ciudadanos judíos y palestinos desarrollen intereses compartidos, forjen lazos de amistad y actúen de forma solidaria. Eso erosionaría los fundamentos del estado judío, especialmente la premisa de que los judíos necesitan defenderse de un mundo hostil: la imagen especular de Israel como “una villa en la jungla”.

En pocas palabras, el futuro del estado judío depende, precisamente, de los estereotipos antiárabes inculcados en las mentes de los jóvenes israelíes.

Probablemente, no es una casualidad que, a medida que Israel ha sufrido una presión mayor en los últimos 20 años para alcanzar la paz, la separación entre judíos y palestinos se haya ido afianzando.

Hoy en día, la mayoría de los judíos israelíes rara vez se encuentra con un palestino, sobre todo, con uno de Cisjordania o Gaza. Es fácil olvidar que antes de los acuerdos de Oslo de 1993, muchos judíos israelíes se aventuraban frecuentemente en áreas palestinas para hacer compras, comer y reparar sus coches. A su vez, los palestinos eran vistos en las comunidades israelíes, aunque solo fuera como obreros de la construcción o camareros. Puede que fueran encuentros muy desiguales, incluso coloniales, pero era raro que los israelíes demonizaran a sus vecinos.

Esos contactos son ahora un recuerdo lejano. Y así es como líderes como el Sr. Netanyahu quieren que sigan las cosas.

Dentro de Israel, la dirección que sigue la política es la misma. En las últimas semanas, el gobierno ha insistido en elevar el umbral de la representación electoral, un esfuerzo poco disimulado para librarse de los partidos árabes en el parlamento. También se está promoviendo una ley que gravaría enormemente a las organizaciones de derechos humanos, aquellas que dan una voz a los palestinos de Israel y de los territorios ocupados.

Este fin de semana, Avigdor Lieberman, ministro de relaciones exteriores, ha dicho que un acuerdo de paz debe incluir la desaparición de cientos de miles de ciudadanos palestinos transfiriéndolos al futuro y muy circunscrito estado palestino.

La queja del parlamentario palestino Ahmed Tibi, que ha argumentado que los líderes israelíes ven a los ciudadanos palestinos como meras “piezas de ajedrez”, va al centro de la cuestión. Es fácil deshumanizar a aquellas personas a las que se conoce poco y de las que nos preocupamos poco.

La política de separación de Israel —y sus justificaciones basadas en la seguridad— no solo requiere que judíos y palestinos sean mantenidos separados, sino que los palestinos sean confinados a una serie de guetos, tanto en Cisjordania como en Jerusalén, Gaza o Israel.

Estas divisiones son la causa de un sufrimiento interminable. Un reciente estudio de Gaza, el más aislado de todos estos guetos, ha encontrado que una tercera parte de los palestinos está separada físicamente de algún familiar cercano. Las restricciones impuestas por Israel fuerzan a los palestinos a renunciar a casarse, a enterarse de las muertes de familiares tardíamente, a perder cursos escolares y a no tener un tratamiento médico adecuado.

Dar prioridad a la seguridad de los israelíes a costa de la libertad de los palestinos ha sido la debilidad central de los acuerdos de Oslo, y el mismo planteamiento está contaminando las actuales conversaciones de paz.

En un comentario publicado en el diario Haaretz la semana pasada, Gadi Shamni, un destacado general, enunció extensamente las muchas razones militares —dejando de lado las de carácter político— por las que Israel nunca podría correr el riesgo de permitir un estado palestino viable. Decía que, de acuerdo con las mejores evaluaciones del ejército, Israel necesitaría controlar las fronteras de dicho estado y buena parte de su territorio, incluyendo el valle del Jordán, durante un periodo que se extendería “desde 40 años a la eternidad”.

La realidad es que no hay acuerdo en la Tierra que pueda garantizar protección para una villa frente a las bestias que le acechan. Ha llegado el momento de abandonar la villa o de empezar a ver la jungla como un bosque que debe ser explorado.


Jonathan Cook es un galardonado periodista británico que vive en Nazaret, Israel, desde 2001. Ha escrito tres libros sobre el conflicto palestino-israelí, siendo los dos últimos Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (2008) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (2008).

Traducción: Javier Villate

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