El dilema de Karzai

Binoy Kampmark

Fuente: The Karzai Dilemma, CounterPunch, 2/12/2013

Al líder afgano Hamid Karzai no le gusta su papel de marioneta. Estaba destinado a ser un títere de la confusa y a menudo incompetente política de Washington en Afganistán. Con Karzai al frente de un estado roto y mutilado, las fuerzas de la coalición demostraron con mucho aplomo qué versión de la democracia estaban dando al estado afgano. No solo era una jovencita débil, sino también enferma y a punto de morir.

El enfado por las reticencias de Karzai a aceptar el plan de seguridad propuesto por Washington es casi divertido. Ha sido acusado por Tom Donilon, consejero de seguridad nacional del presidente Barack Obama, de “imprudente en relación con Afganistán”. Se ha negado a ratificar el acuerdo de seguridad con los ocupantes, a pesar del visto bueno dado la semana pasada por la Loya Jirga, el consejo de ancianos de las tribus. Está esperando su momento, hasta que se celebren las elecciones nacionales en primavera.

Si se implementara, el acuerdo bilateral de seguridad supondría una continuación de la presencia militar de EEUU en el país hasta diciembre de 2014, fecha en la que concluirá el mandato de la ONU que supervisa su misión. Esto es una prueba más de la profunda desconfianza que la retirada de las tropas suscita en Washington y su desprecio hacia los deseos de los afganos, que son considerados como meros elementos del paisaje en la planificación estratégica.

Retirada es un término que quisieran eliminar por completo, evacuando al grueso de las tropas y sometiendo a los sátrapas de Kabul a una estrecha vigilancia. En palabras de un anónimo asesor del gobierno Obama, “la presencia de los servicios de inteligencia depende en gran medida de la presencia del ejército” (Washington Post, 2/12/13). Si se retiran a los militares, el personal de inteligencia y de operaciones especiales de EEUU no podrían ser eficaces. De ahí la imperiosa necesidad de cortar las alas de la soberanía afgana, limitándola a los parámetros de percepción de la seguridad del gobierno de Washington.

Linda Robinson, analista de RAND, ha sugerido un enfoque diferente: mentir aún más para persuadir a Karzai. Darle una “opción cero” [retirada total, N. del T.] no es inteligente. La política de Washington hacia Kabul, en este caso, “ha mostrado una incomprensión radical del nacionalismo y el orgullo afganos” y habría sido más prudente que afrontara “esto de tal forma que su papel de guardián de la soberanía afgana fuera intachable”. Orgullo, soberanía y nacionalismo son tres conceptos inexistentes en la política de EEUU hacia este país, pero Robinson no se atreve a mencionarlo.

Llama igualmente la atención que Washington asumiera que la aceptación afgana de una soberanía vigilada fuera una mera cuestión de tiempo; suposición absurda que parece ser el elemento básico de un torpe proyecto de hegemonía. Entre 8.000 y 12.000 soldados estadounidenses y aliados permanecerían en varias bases de Kabul y en las cuatro esquinas del país. La guerra interminable continuaría.

Se están recalcando las consecuencias que tendría que las tropas estadounidenses fueran totalmente retiradas de la región. La ayuda exterior desaparecería y, por tanto, el estado se asfixiaría. Esta fue la amenaza que la consejera de seguridad nacional de la Casa Blanca Susan E. Rice dirigió a Karzai. Este dijo el 1 de diciembre que Washington había comenzado a cortar los suministros militares. Como señalaba una declaración del consejo de seguridad nacional afgano, emitida el domingo, “la reunión llegó a la conclusión de que el corte de los suministros de combustible y servicios de apoyo al ejército y la policía afganos está siendo utilizado como un medio de presión para que Afganistán [firme] el Acuerdo Bilateral de Seguridad con Estados Unidos” (Al Jazeera, 1/12/13).

James F. Dobbins, enviado especial del Departamento de Estado de EEUU a Afganistán y Pakistán, ha emitido un pronóstico sombrío: “Si no se firma [el acuerdo], si esta ansiedad crece, se estará provocando, para las próximas elecciones, un grado de inestabilidad causado por la creciente preocupación de que Afganistán retorne a los años noventa” (Washington Post, 2/12/13). La línea oficial de las fuerzas de ocupación es torpe y fantasiosa: que el retorno a los años noventa debe ser evitado, que la coalición ha sido vital para estabilizar Afganistán.

Se han dibujado líneas ficticias en la arena, cuyo traspaso causará calamidades. Lo cierto es que las fuerzas de ocupación están creando condiciones totalmente artificiales e instituciones muy débiles. Afganistán fue invadida y ocupada de forma muy poco convincente. Se ha creado un sucedáneo de democracia, alimentado con sobornos y corrupción, y, sin duda, algunos en la región serían felices con la opción de retirar todas las fuerzas de EEUU si Karzai se niega a someterse. Es poco probable que Karzai ponga en evidencia a Washington, dada su querencia por estar al sol que más calienta. La farsa continuará, pero solo por algún tiempo.

Una fuerza que invade, por muy paternalista y benigna que sea, con el tiempo debe irse. Afganistán seguirá luchando contra todos los que han ocupado su país, ya que no ha conocido otra cosa. Karzai no es más que una aberración, pura fachada, una nota a pie de página que será borrada por la próxima lucha por el poder.

Con la política afgana en ruinas, los países que han invertido en la empresa, a menudo con sangre, generalmente sin éxito, necesitan unas narrativas plausibles. Necesitan argumentar que la sangre derramada ha merecido la pena. El caso no es convincente. La mayor prueba de ese fracaso es el mismo Karzai, el hecho de que Afganistán esté condenado si él y sus patrocinadores permanecen en el poder.


Dr. Binoy Kampmark ha sido profesor en Selwyn College, Cambridge, del programa de becas e investigación de la Commonwealth. Es también profesor de la Universidad RMIT de Melbourne. Correo-e: bkampmark@gmail.com.

Traducción: Javier Villate