Otro asesinato encubierto: Por qué quería Israel la muerte de Arafat

Jonathan Cook

Fuente: Another Covert Assassination: Why Israel Wanted Arafat Dead, Palestine Chronicle, 13/11/2013

Parece que hay todavía muchas partes que preferirían que la muerte de Arafat siguiera siendo tratada como un misterio antes que como un asesinato.

Sin embargo, es difícil evitar extraer la conclusión lógica de los descubrimientos de la semana pasada, realizados por científicos suizos, de que el cuerpo del líder palestino contenía altos niveles de un isótopo radiactivo, polonio-210. Un estudio mucho más limitado y menos concluyente realizado por un equipo ruso, publicado inmediatamente después del anuncio suizo, también sugiere que Arafat murió por envenenamiento.

Es hora de decir lo que es evidente: que Arafat fue asesinado. Y las sospechas recaen claramente sobre Israel.

Solo Israel tenía los medios, el historial, la intención declarada y el motivo. Sin las huellas de Israel en el arma del crimen, puede que no sea suficiente para que Israel sea condenada en un tribunal de justicia, pero debería ser evidencia suficiente para condenar a Israel en el tribunal de la opinión pública mundial.

Israel tenía acceso a polonio en su reactor nuclear de Dimona. Tiene un dilatado historial de asesinatos políticos, algunos realizados de forma ostentosa, otros de forma encubierta, a menudo utilizando sustancias químicas difíciles de rastrear. Más notablemente, Israel trató de asesinar silenciosamente a otro líder palestino, Jaled Meshal, de Hamas, en Jordania en 1997, inyectando un veneno en su oído. Meshal se salvó porque los asesinos fueron capturados e Israel se vio obligado a suministrar un antídoto. Los líderes israelíes han hecho cola para negar que hubiera en algún momento una intención maligna hacia Arafat. Silvan Shalom, ministro de Energía, afirmó la semana pasada: “Nunca tomamos la decisión de hacerle daño físicamente”. Shalom debe de sufrir de falta de memoria.

Hay abundantes pruebas de que Israel quería “eliminar” a Arafat, que era el eufemismo empleado en aquellos días. En enero de 2002, Saúl Mofaz, jefe del estado mayor del ejército de Israel, dijo a Ariel Sharon, entonces primer ministro israelí: “Tenemos que librarnos de él”. Un micrófono abierto les jugó una mala pasada.

Arafat llevaba más de dos años encerrado en el maltrecho complejo de Ramala, rodeado de tanques israelíes. Entonces, el debate en el gobierno israelí era si debía ser exiliado o asesinado.

En septiembre de 2003, cuando Shalom era ministro de Asuntos Exteriores, el gobierno declaró que Israel “eliminará este obstáculo en la forma y el momento que elija”. El entonces viceprimer ministro Ehud Olmert aclaró que matar a Arafat era “una de las opciones”.

Lo que detuvo la mano de Israel —y alimentó su tono equívoco— fue la firme oposición de Washington. A raíz de estas amenazas, Colin Powell, entonces secretario de estado de EEUU, advirtió que actuar contra Arafat provocaría “la rabia en todo el mundo árabe, el mundo musulmán y muchas otras partes del mundo”.

Sin embargo, en abril de 2004, Sharon declaró que ya no estaba obligado por aquel compromiso contraído por él mismo con el presidente George Bush de no “dañar físicamente a Arafat”. “Estoy liberado de esa promesa”, dijo. La Casa Blanca, por su parte, dejó entrever una flexibilización de su postura: un portavoz no identificado respondió con suavidad que EEUU “se opone a esa acción”.

Se desconoce si Israel llevó a cabo el asesinato solo o si necesitó reclutar a uno o más miembros del círculo íntimo de Arafat, que se encontraba con él en su residencia de Ramala, para envenenarlo.

¿Y qué hay del motivo? ¿Qué esperaba ganar Israel con la “eliminación” de Arafat? Para comprender las intenciones de Israel, hay que volver a otro acalorado debate del momento entre los palestinos.

El liderazgo palestino estaba dividido en dos bandos, constituidos alrededor de dos dirigentes: Arafat y Mahmud Abas, su hipotético sucesor. La pareja había tenido estrategias marcadamente divergentes con respecto a Israel.

En opinión de Arafat, Israel había renegado de los compromisos contraídos en los acuerdos de Oslo. Era, por tanto, reacio a centrarse exclusivamente en el proceso de paz. Defendía una doble estrategia: mantener canales abiertos para las conversaciones mientras organizaba la resistencia armada para presionar a Israel. Por esta razón, ejerció un férreo control personal sobre las fuerzas de seguridad palestinas.

Por su parte, Abas creía que la resistencia armada era un regalo para Israel, pues deslegitimizaba la lucha palestina. Quería centrarse exclusivamente en las negociaciones y en la construcción del futuro estado palestino, esperando ejercer una presión indirecta sobre Israel demostrando a la comunidad internacional que se podía confiar a los palestinos la tarea de construir un estado. Su prioridad era cooperar estrechamente con EEUU e Israel en temas de seguridad.

Israel y EEUU favorecieron enérgicamente la postura de Abas, llegando a presionar a Arafat para que redujera su poder y designara a Abas para ocupar el recién creado puesto de primer ministro.

La principal preocupación de Israel era que, a pesar de haber maniatado a Arafat en su búnker, seguía siendo una figura unificadora para los palestinos. Al negarse a renunciar a la lucha armada, Arafat logró contener las crecientes tensiones entre su propio movimiento Fatah y su principal rival, Hamas.

Una vez desaparecido Arafat y con Abas instalado en su lugar, esas tensiones estallaron violentamente, tal y como Israel había previsto. Esto culminó en una división que desgarró al movimiento nacional palestino y le condujo a un cisma territorial entre la Cisjordania controlada por Fatah y la Franja de Gaza gobernada por Hamas.

Según Israel, Arafat era el jefe de la “infraestructura terrorista”. Pero la preferencia de Israel por Abas procedía no de un respeto hacia el nuevo primer ministro palestino, sino de la creencia de que podría persuadir a los palestinos para que aceptasen un acuerdo de paz. Sharon pronunció aquellas famosas palabras de que Abas no infundía más respeto que un “pollo desplumado”.

El interés de Israel en matar a Arafat es evidente si se tiene en cuenta lo que ocurrió después de su muerte. No solo se derrumbó el movimiento nacional palestino, sino que sus dirigentes volvieron a comprometerse en una serie de inútiles conversaciones de paz, permitiendo que Israel se concentrara en la apropiación de tierras y la construcción de más asentamientos.

Examinando el asunto de si Israel se benefició de la desaparición de Arafat, el analista palestino Mouin Rabani observó: “¿No ha contestado ya a esta pregunta el ejemplar compromiso de Abu Mazen [Abas] con los acuerdos de Oslo y su colaboración con Israel en materia de seguridad a las duras y las maduras?

La estrategia de Abas puede estar pasando su última prueba en estos momentos, cuando el equipo negociador palestino está intentando convencer a Israel, una vez más, de que acepte unas mínimas concesiones sobre el estado palestino, corriendo el riesgo de ser culpado por el inevitable fracaso de las conversaciones. Este esfuerzo parece estar profundamente equivocado.

Aunque las conversaciones han posibilitado la excarcelación de un puñado de envejecidos presos políticos palestinos, Israel ha anunciado, en contrapartida, una masiva expansión de los asentamientos y el inminente desalojo de unos 15.000 palestinos de sus hogares en Jerusalén Este.

Sin duda, un trato que Arafat habría deplorado.


Jonathan Cook ganó el premio especial de periodismo Martha Gellhorn. Sus últimos libros son Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (Pluto Press) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (Zed Books). Visite su sitio web www.jonathan-cook.net.

Traducción: Javier Villate