La colonización israelí del valle del Jordán y el mito de la seguridad

Ben White

Fuente: Bantustan Borders: Israel’s Colonisation of the Jordan Valley and the security myth, Middle East Monitor, 6/11/2013

En la reunión habitual de los domingos del gobierno israelí, el primer ministro Benjamín Netanyahu repitió que, como parte de cualquier futuro acuerdo con los palestinos, Israel mantendrá una “frontera de seguridad” en el valle del Jordán. Ese mismo día, los medios de comunicación israelíes informaron que Netanyahu había ordenado la construcción de una barrera de seguridad en la frontera jordana. Según un periodista israelí, esto “terminaría el cierre total de Cisjordania”.

Esta no es la primera vez que Netanyahu ha insistido en su pretensión de apoderarse del valle del Jordán. Por ejemplo, en 2010 dijo al Comité de Defensa y Asuntos Exteriores que “Israel nunca aceptaría retirarse del valle del Jordán en un acuerdo de paz firmado con los palestinos”, mientras que en su discurso de 2011 ante el Congreso, el primer ministro israelí afirmó que “una presencia militar duradera en el valle del Jordán” es “absolutamente vital”.

En enero de 2012, Netanyahu dijo a los miembros del Likud que él solo firmaría “un acuerdo permanente si incluye la permanencia de Israel en el valle del Jordán”, afirmación que fue posteriormente matizada por miembros del gobierno, asegurando que solo se refería a una “presencia militar”.

El argumento de la seguridad se extiende incluso para justificar la prohibición de construir en la región a los palestinos. Esta misma semana, un miembro del gobierno de Tel Aviv dijo a la BBC que “el valle del Jordán es, en parte, una zona de seguridad sensible”, por lo que “ciertas áreas no son adecuadas para un desarrollo privado”. Sin embargo, al igual que sucede con otras políticas israelíes, como la red de asentamientos de Cisjordania y el muro de separación, los intereses de Israel en el valle del Jordán parecen estar basados más en la colonización y el beneficio económico que en la seguridad.

Los desalojos y demoliciones de casas y propiedades palestinas en el valle del Jordán son, tristemente, algo habitual, con estallidos periódicos de expulsiones y demoliciones. Un ejemplo de esto fue la oleada del verano de 2010, cuando varias aldeas, cuya existencia se remontaba a antes de la ocupación de 1967, sufrieron el afán destructor israelí (algo parecido a la fachada “legal” dada a la destrucción de hogares beduinos en el Neguev). Soldados y excavadoras israelíes atacan a los pastores palestinos y sus familias, llegando a destruir los refugios provisionales levantados por cooperantes voluntarios para dar techo a los recién desalojados.

Mientras tanto, los asentamientos israelíes en el valle del Jordán siguen floreciendo como parte de lo que ya en 2006 fue descrito como “anexión de facto”, y donde los consejos de asentamientos desempeñan su papel para asegurar que “en la casi totalidad del valle del Jordán, la construcción palestina está prohibida”. Utilizando diferentes métodos, “de un total de 160.000 hectáreas que abarca el valle del Jordán, Israel ya se ha apropiado de 125.000, es decir un 77,5 por ciento, donde los palestinos tienen prohibido entrar”.

Como señaló la Autoridad Palestina (AP) en su respuesta a unas recientes declaraciones de Netanyahu, Israel obtiene cientos de millones de dólares de los asentamientos del valle del Jordán, con un 40 por ciento de los dátiles que se exportan a la Unión Europea cultivados en esas colonias. Los mismos palestinos —incluyendo niños— son explotados como mano de obra barata en tierras que son suyas pero que les han sido arrebatadas por los colonos, que son ahora sus patrones. En un caso especialmente grave de este régimen de apartheid, uno de estos asentamientos recibe una cantidad de agua para cultivar bananas equivalente al 25-40 por ciento de la cuota concedida a toda una aldea palestina para las “necesidades de consumo” de todos sus habitantes.

Lo que está ocurriendo en la actualidad es una continuación de la limpieza étnica que comenzó tras la Guerra de los Seis Días de 1967. Se suele olvidar la escala de las expulsiones que tuvieron lugar entonces, pero en un corto periodo de tiempo alrededor de 250.000 palestinos huyeron a Jordania, de los cuales solo un 7 por ciento ha podido volver. Los campos de refugiados de los alrededores de Jericó dan cobijo hoy a parte de aquellos expulsados.

A finales de junio de 1967, el comisionado general de la UNRWA (agencia de la ONU para los refugiados palestinos) dijo en la Asamblea General que el área de Jericó había sufrido una caída de población del 90 por ciento. Un artículo del New York Times de septiembre de 1968 observó que Israel parecía “haber terminado de expulsar a los árabes de las áreas que consideraban sensibles desde el punto de vista de la seguridad”. El valle del Jordán terminó sufriendo “la pérdida de población más elevada en toda Cisjordania durante la guerra y después”.

La realidad actual de la colonización israelí del valle del Jordán y sus efectos en la población palestina indígena ha sido bien documentada por el Departamento de Negociaciones de la OLP, así como por grupos como Oxfam, B’Tselem y la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios. Las declaraciones de Netanyahu sobre la seguridad son patentemente falsas y representan otra indicación más de que el “estado” palestino futuro —si es que llega a existir alguna vez— está destinado a ser un bantustán cercado con vallas.

Traducción: Javier Villate