Irak: Una guerra mercenaria

Patrick Cockburn

Fuente: How Iraq Was Turned into a Mercenary War, Counterpunch, 21/10/2013

Los gobiernos de EEUU y Gran Bretaña nunca apreciaron el odio de los iraquíes de todas las clases sociales hacia los contratistas extranjeros de seguridad.

Eran despreciados como pistoleros freelance con licencia para matar o mutilar a los iraquíes, convencidos de que tenían la misma inmunidad que los soldados de EEUU ante la ley iraquí. A menudo parecía que veían a los iraquíes como una subespecie hostil que debía ser tratada con sospecha. El asesinato de 17 civiles por efectivos de Blackwater Worlwide, en la Plaza Nisur de Bagdad el 16 de septiembre de 2007, es el incidente más notorio, pero ha habido muchos más, algunos de los cuales siguen sin conocerse.

En las atestadas calles de Bagdad, los conductores iraquíes procuran mantener una distancia prudencial entre ellos y los convoyes de los contratistas, pues estos disparaban de forma despreocupada contra los motores de los vehículos que, según ellos, se acercaban demasiado. A veces disparaban contra el conductor y los pasajeros. El decano de la universidad de al-Nahrain, Jalid al-Yudi, fue una de esas víctimas. Me lo encontré en un hospital en 2004. Unos hombres que iban en una camioneta, vestidos con chalecos antibalas y portando rifles norteamericanos, le habían disparado en el abdomen cuando se dirigía a una ceremonia de graduación. “Nos quedamos atrapados en un atasco de tráfico”, me dijo su guardaespaldas iraquí. “Cuando se acercaron al coche del profesor al-Yudi, uno de los hombres de la GMC abrió fuego”. La camioneta salió pitando y nadie se percató de quién había disparado.

A finales de 2007, alrededor de 180.000 contratistas privados trabajaban en Irak; de ellos, entre 25.000 y 30.000 eran hombres de seguridad armados. Aproximadamente la mitad trabajaba para el gobierno de EEUU: entre ellos figuraban 1.500 efectivos de Blackwater, Triple Canopy y DynCorp, que se encargaban de la seguridad del Departamento de Estado de EEUU.

Hubo enfrentamientos con unidades del ejército y la policía iraquíes. En 2006, un miembro de estos cuerpos de seguridad extranjeros, en estado ebrio, mató de un disparo a un iraquí del servicio de seguridad del vicepresidente Abd al-Mahdi. Más de 30 compañías de seguridad han proporcionado unos 10.000 guardas al ejército de EEUU y la mayoría tenía tareas cotidianas que no requerían muchas habilidades. Estos efectivos eran contratados al menor coste posible en países como Perú, Nepal y Uganda, donde los salarios eran bajos y el desempleo, alto.

La calidad de estos guardias de seguridad variaba mucho, desde eficientes exsoldados gurka hasta atolondrados expolicías de Lima. Estos últimos apenas hablaban inglés o árabe y me enseñaban postales del Perú diciéndome “Machu Pichu good!” y mostraban el signo de la victoria con los dedos. Estos hombres estaban en lugares fijos y peligrosos, como las entradas en la Zona Verde.

Los embajadores extranjeros se hacían a menudo una idea exagerada de los, por otro lado, indudables peligros de viajar por Bagdad debido a las informaciones de sus guardas de seguridad, que vivían en un estado de paranoia elevada. Una compañía encargada de la protección de un embajador de Europa Occidental pedía información con 24 horas de antelación cuando tenía que desplazarse fuera de la Zona Verde, por muy corto que fuera el trayecto, de forma que pudiera examinar cada obstáculo de la ruta en busca de explosivos. No estaba en el interés de estas compañías minimizar los peligros. Los embajadores que dependían de los policías militares de sus propios ejércitos podían tener una visión más equilibrada de las condiciones locales de seguridad.

Muchas compañías extranjeras de seguridad creían que sus reputaciones estaban siendo injustamente dañadas por Blackwater y otros, los cuales, decían, eran atípicos. “A Blackwater le llamábamos Dishwater”, dijo uno [Juego de palabras en inglés. Dishwater significa “agua para fregar”, N. del T.]. Como era de esperar, los políticos iraquíes estaban dispuestos a retirar la inmunidad a los contratistas privados extranjeros durante las negociaciones con EEUU sobre el estatus final de las fuerzas ocupantes, el cual entró en vigor cuando las últimas tropas de EEUU abandonaron Irak en 2011. El ejército y la policía iraquíes querían que las compañías extranjeras de seguridad se fueran del país y, así, poder beneficiarse ellos de los posibles contratos.

La subcontratación de las funciones militares, especialmente aquellas que tenían que ver con las tareas de abastecimiento y seguridad, estaba en consonancia con la ideología de EEUU y Gran Bretaña favorable al mercado libre durante la guerra de Irak. Pero tenía graves inconvenientes, como dar a pistoleros agresivos el derecho a disparar primero y preguntar después. También supuso que funciones cruciales, como la conducción de camiones hasta puestos avanzados en estado de semi-asedio, fueron llevadas a cabo por hombres que esperaban no ser atacados y ganar un poco de dinero extra.

En Afganistán, los convoyes de intendencia militar procedentes de Pakistán tienen que pagar a los talibanes para no ser atacados, de forma que las fuerzas extranjeras están subvencionando realmente a los insurgentes que tratan de derrotar. Como en Trampa-22 (Catch-22), de Joseph Heller, la decisión de privatizar la guerra significa que la búsqueda de la mayor rentabilidad se realiza a expensas de la eficacia militar y se abre una puerta a desastres como el de la Plaza Nisur.


Patrick Cockburn es autor de Muqtada: Muqtada al-Sadr, the Shia Revival, and the Struggle for Iraq.

Traducción: Javier Villate