Hannah Arendt y la intolerancia judía

Gilad Atzmon

Fuente: Hannah Arendt and Jewish Intolerance , Window Into Palestine, 13/10/2013

En 1961, la filósofa y teórica política alemana Hanna Arendt viajó a Jerusalén con el fin de cubrir el juicio de Adolf Eichmann para The New Yorker. El nuevo docudrama de Margarethe von Trotta, Hanna Arendt, cuenta la historia de su viaje y la controversia que siguió a su reportaje.

Lo que Arendt (Barbara Sukowa) vio en Eichmann no fue estupidez, sino realmente inconsciencia, una completa incapacidad para el pensamiento crítico independiente. Arendt comprendió que esta inconsciencia permitía que el mal fuera algo banal, algo distinto de un siniestro crimen premeditado. La “banalidad del mal”, como tal, es la estructura que permite que la ética desaparezca y la obediencia ciega tome su lugar. Hasta cierto punto, la banalidad del mal es esa descarnada obediencia que suprime realmente la responsabilidad del ejecutor y convierte el genocidio en una operación mecánica.

La comunidad judía se indignó por la lectura que Arendt hizo del Holocausto y del juicio de Eichmann, y se opuso al retrato de Eichmann como un funcionario obediente del aparato burocrático del estado. Protestaron contra la noción clave de la “banalidad del mal”. Querían venganza y querían que se viera a Eichmann como un caso arquetípico del “agitador antisemita”. Pero Arendt sugirió que Eichmann no era nada de eso. Según la filósofa, la presencia de Eichmann en Jerusalén probó que no era más que una pieza menor de una gran máquina.

La comunidad judía se enfureció por la afirmación de Arendt de que, en realidad, fue la colaboración de los consejos judíos (Judenräte) lo que hizo que el Holocausto fuera una tragedia colosal. Arendt argumentó que, sin la ayuda de los Judenräte en el registro y la concentración de los judíos en guetos y, posteriormente, en la colaboración activa en las deportaciones a los campos, habrían perecido muchos menos judíos. En ese sentido, Arendt consideró que los judíos fueron, al menos parcialmente, responsables de su propia destrucción.

La opinión de Arendt es ahora ampliamente aceptada por muchos historiadores, pero en los años 60 tuvo que afrontar severas condenas por hablar de unos hechos evidentes.

La película es una mirada devastadora de las profundidades de la intolerancia cultural judía. Y también revela el persistente antagonismo intelectual judío con el pensamiento filosófico continental.

Los judíos dieron al mundo muchos científicos destacados, cineastas, artistas, poetas y comediantes, pero aún así fueron muy pocos los grandes pensadores judíos que, intrigados por la verdad y la noción del ser, se enfrentaron con la histeria judía: Spinoza fue excomulgado y Otto Weininger se suicidó antes de tener que enfrentar un destino similar.

La película Hanna Arendt cuenta una historia similar, una campaña de desprestigio implacable y despiadada, plagada de difamaciones y de abusos.

Arendt era una estudiante y ávida seguidora de Martin Heidegger, uno de los grandes pensadores del milenio pasado. Intentó elaborar una explicación filosófica del mundo en que vivía. Se esforzó por comprender el verdadero significado del Holocausto, alejado de la visión simplista y popular del mismo. Arendt trató de comprender qué es lo hace que la gente deje de pensar éticamente —si es que alguna vez pensaron de esa forma— y fue este intento lo que desestabilizó la identidad política judía y provocó las condenas.

Pero aquí está la buena noticia. Todos los estudiantes de humanidades en Occidente se han encontrado, en algún momento, con la obra de Hanna Arendt, pero nadie conoce a sus detractores por su nombre. Lo mismo se puede decir de Spinoza, de quien sabemos que fue sometido a las mismas campañas rabínicas implacables, pero nadie conoce los nombres de estos rabinos.

Huelga decir que el calvario de Hanna Arendt me resulta muy familiar. Como Arendt, he sido objeto de una similar campaña judía únicamente por decir la verdad que todos los judíos conocen muy bien. Sin embargo, siendo una persona de buen corazón, sigue esperando que algunos de mis más devotos detractores puedan merecer una o dos notas a pie de página en una de mis biografías. Después de todo, ha dedicado toda su vida a la causa.

Traducción: Javier Villate