El 15-M: cambiar la sociedad desde arriba o desde abajo

Como suele ser habitual, he leído un artículo de Carlos Taibo con el que estoy completamente de acuerdo: Sobre el 15-M y el juego político-electoral-representativo.

En él, Taibo lamenta la decisión que han tomado algunas asambleas del 15-M de unirse a Izquierda Unida y otros grupos de izquierda para constituir un bloque electoral. Yo también.

No sé cuántas veces habremos de caer en la ilusión de que se puede cambiar la sociedad ganando elecciones, constituyendo un gobierno de izquierda y cambiando la sociedad desde arriba, desde el poder. Esta vía se ha experimentado en infinidad de ocasiones, en el Estado español y en el mundo entero. Solo en muy raras ocasiones ha dado buenos frutos, pero incluso en estos ha sido a costa de un régimen de libertades más o menos restringido. Podríamos poner como ejemplos Cuba y Venezuela, y otros aún mucho peores.

Parece que es inevitable. El poder, su posesión, conduce de forma harto probable a abusar de él. Cuando quienes acceden a él son personas o grupos con una ideología de “izquierda”, se hacen importantes reformas que mejoran las condiciones de vida de los más pobres y marginados, pero las libertades, la autoorganización, la autogestión y la democracia suelen quedar bloqueadas. Por lo general, totalmente bloqueadas. Y eso significa que, tarde o temprano, las reformas se detienen, quienes detentan el poder abusan de él hasta convertirse en una nueva clase dominante y nos encontramos con sociedades más o menos frustradas que necesitan otro cambio radical.

La vía electoral y la consiguiente estrategia de cambiar la sociedad desde arriba (aunque sus mismos promotores hablen de participación, democracia de base, etc.) ha sido una y mil veces un fiasco. No negaré que la vía alternativa de cambiar la sociedad desde abajo, que personalmente propugno, también ha sido ensayada con fracasos, pero en ocasiones muy contadas. Se me ocurre, por ejemplo, la frustrada revolución que buscaron, con más ilusión que acierto y teniendo que luchar contra el enemigo y también contra los teóricos “amigos” del bando republicano, los anarquistas españoles bajo la II República y tras el levantamiento franquista. Pero, insisto, esas ocasiones han sido muy escasas y en condiciones siempre muy desfavorables (si tener que luchar contra los propios “amigos” no es desfavorable, ya me diréis).

Lo que sí quiero señalar es que cambiar la sociedad desde abajo no debe ser visto, de forma única y excluyente, como un acto revolucionario de abatimiento del estado o algo así. Este cliché debería ser sometido a crítica radical. Cambiar desde abajo puede ser visto, también, como un proceso largo, de creación paulatina de los embriones de las instituciones de la nueva sociedad en el seno de la vieja. Podemos discutir cómo creemos que sería ese proceso, pero no lo haré en este artículo.

Lo que ahora quiero señalar es que esa vía alternativa de cambio desde abajo aún no se ha desarrollado con la suficiente fuerza y generalización. Podemos decir que es una vía aún inexplorada.

Y también quiero decir que no se trata de inventar nada. Se trata, más bien, de desarrollar lo que la gente, de hecho, está haciendo para defenderse de la crisis y de las políticas de austeridad, sean de derechas o de izquierdas. ¿Y qué está haciendo la gente? Crear cooperativas de trabajadores, bancos éticos, comercio justo, cooperativas de crédito, cooperativas agrícolas, bancos de tiempo, sistemas de trueque e intercambio de bienes y servicios, monedas locales y alternativas (bitcoin, eusko, etc.), ocupaciones y autogestión de fábricas y un largo etcétera. Eso es lo que mucha gente está haciendo en Grecia, Estados Unidos, España, Gran Bretaña, etc.

Esto es, en mi opinión, lo que habría que desarrollar, generalizar, coordinar, federar… creando autoorganización, organizaciones ciudadanas y populares gestionadas democráticamente e independientes de partidos, sindicatos y demás grupos… llamémosles sospechosos (de tantas cosas aborrecibles).

Estas iniciativas ayudarían a mejorar las condiciones de vida de las personas paradas, de los jóvenes, de las mujeres, de los pobres… De hecho, lo están haciendo allí donde están teniendo éxito. Y, además, ayudan a que los ciudadanos/as nos hagamos más fuertes y solidarios, con organizaciones que realmente controlamos y que, si se generalizan, podrían constituir una red de ayuda mutua y de cooperación que, tal vez, pudiera plantearse nuevos logros, cambiando la sociedad para mejor.

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