Milicias armadas y oposición civil en Alepo, Siria

Edward Dark

Fuente: Syria’s Rebels in Rift With Aleppo’s Civil Opposition, Al-Monitor, 27/06/2013

Hay todavía muchos analistas que no quieren enterarse de la realidad y las características de la oposición armada siria, ni de que, cuando las armas consiguen determinar el curso de los acontecimientos, la organización y la lucha no-violenta de los grupos civiles democráticos apenas tienen espacio para respirar. No es algo propio de Siria, sino de cualquier guerra (¿recuerdan la mal llamada guerra civil española?). Y si hay armas que se levantan contra el gobierno, hay gobiernos que entregan esas armas y el dinero para comprarlas. Es fácil entender que, a partir de ese momento, son esos gobiernos los que dan las órdenes a la rebelión armada, algo que, por otro lado, se ve reforzado por las lealtades sectarias religiosas. A pesar de esta realidad, algunos seguirán hablando de una inexistente “revolución” siria y de una prácticamente inexistente lucha democrática contra el régimen de Bachar Al Asad, que no tiene más espacio que el de organizar la ayuda humanitaria. Esta diferencia de análisis conlleva, lógicamente, diferencias en las propuestas de solución. Allá ellos, quienes dicen estar del lado de la “revolución” siria, con sus más que imposibles propuestas de resolución del conflicto. Lo cierto es que la mejor solución para la crisis siria es la negociación, una negociación que pare, en la medida de lo posible, la sangría y la destrucción (que es sangría y destrucción de la sociedad civil también) y que favorezca algunas aperturas que sean aprovechables por los demócratas y los libertarios. JV

La división entre los activistas civiles y los revolucionarios armados ha llegado a su clímax desde que comenzó el levantamiento sirio y no hace más que agravarse aún más. Existe una multitud de razones para que suceda esto, pero la más importante se refiere a los objetivos, lo que cada lado espera que logre el levantamiento. Para los activistas civiles, es el derrocamiento de la tiranía y el establecimiento de una sociedad laica, civil y democrática. Para los que han tomado las armas, es básicamente una lucha por el poder con muchas aristas: de clase, sectarias u oportunistas, dependiendo del espectro de los grupos armados al que se pertenezca.

La principal característica de los activistas civiles de todo el país fue su insistencia en el no-sectarismo y su adhesión a los ideales de justicia y libertad. Los grupos armados se han ido transformando camaleónicamente, justificando al principio el levantamiento armado para “proteger a los manifestantes” de las fuerzas de seguridad y, posteriormente, justificando su violencia como una reacción ante la violencia del régimen. Sean cuales fueran los objetivos que estos grupos pudieran haber tenido inicialmente, fueron cuidadosamente mantenidos en secreto, tanto ante la sociedad como ante los medios de comunicación, aunque sí hubo algunos indicios preocupantes. Cuando el levantamiento progresó y algunos de esos grupos fueron armados y entrenados por potencias regionales y extranjeras, adoptaron otros planes, normalmente dictados por quienes les suministraban las armas y el dinero. Simplemente, ya no les importaba el levantamiento popular y las protestas que les vieron nacer y les otorgaron su legitimidad; ahora trataron de dominar la revolución y destruirla transformándola en una guerra civil con dimensiones visiblemente sectarias, tal y como quedó patente con los ataques deliberados contra chiíes y alauíes, al margen de sus vínculos con el régimen.

Y eso sin mencionar al más siniestro de todos los grupos armados, los islamistas, yihadistas y afiliados a Al Qaeda que querían convertir a Siria en otra teocracia de estilo talibán. Ya tienen organizados sus tribunales y consejos religiosos, que imparten justicia basada en la Sharia. El de Alepo, por ejemplo, es denominado Hai’aa Sharia, que se ocupa de todo, desde los asesinatos y violaciones a los crímenes contra la “moral”, como beber alcohol o vestir pantalones cortos. Lo preocupante es que muchos sirios ven esto como algo preferible al crimen y el desorden rampantes, y están ayudando a estos grupos a ganar apoyo a expensas de los más moderados. Además, hay que tener en cuenta la ayuda que ofrecen a los residentes, así como su reputación de respetar la propiedad privada (no la pública o estatal).

En otras palabras, los activistas civiles querían cambiar la sociedad, mientras que los grupos armados solo querían cambiar el rostro de los tiranos que la gobernaban. Otra importante diferencia entre los grupos armados y civiles es la forma extraña en que los grupos armados utilizan el lema “el fin justifica los medios” para hacer, básicamente, lo que quieren, como saquear las casas y los negocios de la gente, ejecutar sin juicio previo, secuestrar de forma aleatoria, colocar coches-bomba y bombardear indiscriminadamente áreas civiles e, incluso —y esto es quizá hurgar en la herida— torturar y asesinar a varios destacados activistas  de la oposición y de los medios de comunicación en Alepo, como han sido los casos de Mohamed Al-Jalid y Abdulá Yasin. Ambos fueron silenciados después de que empezaran a criticar y exponer abiertamente los robos llevados a cabo por varios grupos rebeldes. Los perpetradores de esos crímenes son bien conocidos e incluso ahora, después de varios meses, siguen libres y combatiendo “con todas sus fuerzas” contra el régimen.

Para ilustrar más personalmente lo que estoy diciendo, voy a referirme a lo que le sucedió a un amigo mío y veterano activista civil, Mustafá Karman, que fue trágicamente asesinado cuando una protesta en Bustan Al-Kaser, donde participaba, fue bombardeada. Estaba allí casi todos los días, proporcionando ayuda, organizando protestas o trabajando en su proyecto a largo plazo, una escuela para niños pobres y desplazados de la zona. Murió justo antes de que se abriera y le pusieron su nombre. Muchos no saben esto, pero Mustafá era chií y a menudo bromeaba diciendo que los dos lados le perseguían. Unos porque era un activista de la oposición, otros simplemente porque era chií. Este era su dilema y se volvió algo tan peligroso que, de hecho, estuvo planeando abandonar el país. Lamentablemente, fue asesinado poco antes de que pudiera hacerlo.

Detestaba a los grupos armados que no solo no ayudaban en el trabajo que los activistas civiles estaban intentando hacer en las zonas liberadas, sino que a veces lo obstaculizaban activamente, temiendo que eso pudiera restarles influencia. Para ellos, la influencia y el poder procedían de sus armas, no del trabajo en la sociedad civil. Muchos activistas intentaron razonar con los grupos armados, convencerles de que dejaran las armas para no poner en peligro las vidas de los civiles, o explicarles por qué era necesario organizar una especie de administración civil en sus áreas, pero siempre fue inútil. “No hay esperanza, simplemente no se puede razonar con esta gente”, me dijo uno de ellos.

Abu Mohamed fue otro activista incansable y plenamente dedicado que conocí, un hombre de mediana edad al que ayudé antes de que Alepo fuera asaltada por los rebeldes. Le recogí con mi coche en el barrio de Al-Sikari y nos llevó por varios lugares para distribuir alimentos a las familias desplazadas del área. Les conocía a todos personalmente, a cada una de las familias. Sabía lo que necesitaban. “Esta mujer vive sola y cuida de niños huérfanos, necesitamos entregarle provisiones de pañales y comidas para bebés. Esta familia duerme en el suelo, necesitan colchones”.

Cuando los rebeldes asaltaron Alepo y entraron en Al-Sikari, fueron directamente a la clínica y la enfermería locales y robaron medicinas y equipamientos. Abu Mohamed trató de detenerlos. “Eso es para la gente aquí, lo necesitan”, les gritó. “Ya no —le dijeron—. Ahora es nuestro”. No sé lo que ha sido de Abu Mohamed, perdí el contacto con él poco después. Pero sé que perdió su casa durante los bombardeos del régimen, cuando los rebeldes se hicieron fuertes en la zona. Otra víctima de su “liberación”.

Pero tal vez lo más alarmante de todo fuera un inquietante mensaje que recibí hace poco de una activista de la que no había oído nada durante un tiempo. “Hay centenares de familias hambrientas en Akuol”, me dijo. “Necesitan ayuda alimentaria inmediatamente, si puedes ayudarlas o conoces a alguien que pueda hacerlo…”. Ya no suelo viajar a las áreas de Alepo controladas por los rebeldes, pues los principales puntos de entrada se han vuelto muy peligrosos por la presencia de francotiradores. Así que le contesté: “¿No está esa zona controlada por los rebeldes? He oído que están recibiendo grandes cantidades de ayuda de varios grupos establecidos en Turquía”.

“Sí, está entrando mucha ayuda a las áreas rebeldes, pero estos la venden para comprar armas”, me respondió. Eso tenía sentido. Había visto muchos artículos turcos baratos en el mercado con un sello que decía “Ayuda humanitaria, no vender”. Parece que ahora los rebeldes pueden añadir la hambruna a su lista de “logros” en Alepo.

Y, así, el abismo entre los grupos civiles y los armados se ha profundizado y muchos activistas creen que están librando una batalla inútil, intentando detener un río torrencial con un dique de paja. Muchos de ellos se han desilusionado y frustrado, algunos se dedican a ayudar en lo que pueden para hacer frente a la crisis humanitaria, otros simplemente han abandonado el país. La mayoría de los activistas se sienten traicionados y utilizados por los grupos armados.


Edward Dark es el seudónimo de un sirio que vive en Alepo. Su dirección en Twitter es @edwardedark.

Traducción: Javier Villate