Las protestas globales crecen mientras los ciudadanos pierden la fe en la política y el estado

Peter Beaumont

Fuente: Global protest grows as citizens lose faith in politics and the state, The Observer, 22/06/2013

Las manifestaciones de Brasil comenzaron después de que un pequeño aumento de los precios del transporte urbano provocara unas protestas masivas. En pocos días, estas protestas se convirtieron en un movimiento de extensión nacional cuyos intereses iban más allá de los precios de los autobuses: más de un millón de personas salieron a las calles gritando en contra de todo, desde la corrupción y el coste de la vida, hasta la cantidad de dinero que se iba a gastar en la Copa Mundial de Fútbol.

En Turquía, se produjo algo similar. Una protesta por el futuro de un parque de la ciudad de Estambul, disuelta violentamente por la policía, se transformó en algo mayor, en  una confrontación política de amplio alcance con el primer ministro Recep Tayip Erdogan, que seguramente no habrá concluido con el desalojo del Parque Gezi.

Si estas últimas protestas tienen alguna similitud es debido a que comparten características comunes: son contagiosas, están poco organizadas, tienen mensajes diversos y están teniendo lugar principalmente en lugares públicos urbanos.

A diferencia de los movimientos de protesta de 1968 o incluso de los ocurridos tras el final de la influencia soviética en Europa del Este en 1989, los de ahora son movimientos con pocos líderes reconocidos y a menudo con ideologías conflictivas en su seno. Sus puntos de referencia no son necesariamente ideológicos, sino que toman su inspiración de otras protestas, como las de la Primavera Árabe y el movimiento Occupy. El resultado ha sido una oleada de movimientos sociales, a veces de corta vida, desde Wall Street a Tel Aviv y desde Estambul a Río de Janeiro, a menudo con la participación de los miembros más jóvenes, más educados y más ricos de la sociedad.

Lo que es sorprendente para aquellos que, como yo, estamos cubriendo estas protestas es su naturaleza frecuentemente discursiva e indeterminada. La gente no acude necesariamente para escuchar un mensaje, sino para ocupar un lugar y discutir sobre su malestar (aunque la espléndida consecuencia sea la caída de un autócrata, como fue el caso de Hosni Mubarak en Egipto).

Si pudiéramos resumir las “nuevas protestas”, no destacaríamos lo específico que haya en ellas, sino una idea más amplia sobre la organización, sintetizada en una pancarta vista en Brasil la semana pasada: “Somos la red social”.

En Brasil, las diferentes pancartas ponen de relieve la dificultad de una categorización facilona cuando los manifestantes portan lemas que expresan un amplio abanico de demandas, desde reformas educativas a un transporte gratuito, mientras denuncian los miles de millones de dólares de las arcas públicas que se han gastado para construir los estadios de la Copa del Mundo 2014 y las Olimpiadas dos años más tarde.

“Es una especie de Trampa-22” [en referencia a la novela de Joseph Heller del mismo título y que expresa la idea de una elección entre dos opciones igualmente indeseables, N. del T.], dijo Rodrigues da Cunha, un manifestante de 63 años, a Associated Press. “Por un lado, necesitamos algún tipo de liderazgo; por otro, no queremos que esto esté relacionado con ser miembro de un partido político”.

Como señaló The Economist la semana pasada, mientras los movimientos de masas en Gran Bretaña, Francia, Suecia y Turquía han estado inspirados por una variedad de causas, como la caída de los niveles de vida, el autoritarismo gubernamental y los problemas relacionados con la inmigración, Brasil no encaja en esta imagen, pues tiene un desempleo juvenil en el nivel más bajo de la historia reciente y disfruta de la mejora más importante de los niveles de vida en la historia del país.

Entonces, ¿qué está pasando? Un análisis del Edelman Trust Barometer revela una ligera correlación entre el ranking de un país en la escala de confianza y la probabilidad de que haya protestas. Este barómetro es una medida de la confianza ciudadana en las instituciones, compilada por la firma norteamericana Edelman, la compañía de relaciones públicas de propiedad privada más grande del mundo.

En 2011, cuando el movimiento Occupy nacía en el Parque Zuccoti de Wall Street, el Reino Unido y EEUU estaban sólidamente situados en los primeros puestos entre los “desconfiados”, mientras que Brasil se encontraba entre los primeros puestos de los “confiados”. Ese año, Brasil había caído 30 puntos en la tabla, mientras que España y Turquía, que tuvieron protestas ese año, estaban ambos en la categoría de los “desconfiados”.

Paul Mason, redactor de economía de Newsnight de la BBC y autor de Why It’s Kicking Off Everywhere: The New Global Revolutions, ha argumentado que un factor clave, impulsado ampliamente por las nuevas tecnologías de la comunicación, es que la gente no solo tiene una mejor comprensión del poder, sino que es más consciente de sus abusos, tanto de los de la elite política como de la económica.

Mason cree que estamos inmersos en una “revolución causada por el cercano colapso del capitalismo de libre mercado, combinado con un repunte en la innovación tecnológica”. Pero no todo el mundo está tan convencido.

Sin embargo, parece cierta su afirmación de que una fuerza motriz, desde la Plaza Tahrir al movimiento Occupy, es la redefinición de lo que significa el término “libertad” y sus relaciones con los gobiernos, cada vez más distantes. Es importante, también, que muchas protestas recientes hayan tenido lugar en grandes ciudades que han sufrido los efectos de las políticas neoliberales.

Tali Hatuka, una geógrafa urbana israelí, cuyo libro sobre las nuevas formas de protestas se publicará el año próximo, sostiene que las movilizaciones de masas contra la guerra de Irak de 2003 constituyen un punto de inflexión en la forma que han adoptado las protestas. Hatuka argumenta que, mientras las anteriores protestas ciudadanas tendían a estar limitadas en su organización, las protestas contra la guerra de Irak vieron manifestaciones en 800 ciudades que abrazaban y toleraban una gran variedad de puntos de vista.

“Más recientemente —escribió Hatuka en la revista Geopolitics el año pasado— este espíritu ha caracterizado a la Primavera Árabe y a Occupy Wall Street de Nueva York, que han sido protestas basadas en liderazgos informales y en una diversidad de voces”.

“Hasta la década de 1990 —dijo la semana pasada—, las protestas tendían a estar organizadas entorno a una estructura piramidal con un liderazgo centralizado. Se ponía tanto trabajo en la planificación como en la movilización misma. Y los efectos de la protesta eran tan importantes como la protesta misma. Ahora, la protesta es organizada por redes, es mucho más informal y el evento mismo es, a menudo, inmediato”.

Hatuka procura no generalizar demasiado y distingue entre los acontecimientos de la Primavera Árabe, donde las protestas de masas derribaron regímenes, y las movilizaciones en las democracias occidentales. Pero señala cómo la nueva forma de protesta tiende a producir alianzas fracturadas y temporales.

“Si comparas lo que estamos viendo hoy con el movimiento de los derechos civiles de EEUU —incluso con los movimientos de 1989—, estos eran mucho más consistentes. Ahora, el evento mismo es el mensaje. La cuestión es si esto es suficiente”.

Hatuka sospecha que no lo es, subrayando que el activismo actual —desde las manifestaciones contra la guerra de Irak en adelante— no ha conseguido resultados concretos y sus efectos se han evaporado frecuentemente. Por esta razón, las formas actuales de protestas podrían ser un fenómeno pasajero y verse obligadas a cambiar.

Otra característica clave de las nuevas protestas, argumenta Saskia Sassen, profesora de sociología de la Universidad de Columbia, en Nueva York, es la noción de “ocupación”, que no ha estado confinada a la táctica del movimiento Occupy. Hemos visto ocupaciones de varios tipos en la Plaza Tahrir de El Cairo, en el Parque Gezi de Estambul y en las protestas que tuvieron lugar en Tel Aviv en 2011.

“Ocupar no es lo mismo que manifestarse. Muchas protestas recientes nos permiten entender que la ocupación hace de un lugar algo nuevo y, por tanto, hace historia, utilizando lo que antes era considerado simplemente un trozo de suelo”, escribió Sassen recientemente. “En Egipto, EEUU y otras partes, es importante el hecho de que el objetivo de los ocupantes no sea conquistar el poder. Estaban y están comprometidos, más bien, con trabajar con los ciudadanos, exponiendo los defectos y los errores de la sociedad y el sistema político”.

“Este es un momento muy peculiar —dijo Sassen al Observer—. Esta forma de protesta es muy amorfa en comparación con los movimientos anteriores”. Ella argumenta que un factor característico es que muchos movimientos de protesta de la última década han estado definidos por la participación de lo que denomina como “clase media modesta”, que a menudo ha sido la beneficiaria de los sistemas contra los que protestaban, pero cuyas posiciones han sido erosionadas por las políticas económicas neoliberales, que han permitido que la distribución de la riqueza y de las oportunidades sean capturadas por una pequeña minoría. A medida que la gente se ha sentido cada vez más alejada del gobierno y de las instituciones económicas, una gran parte de las nuevas formas de disidencia de masas han llegado a ser vistas como una oportunidad para expresar ideas de “ciudadanía”.

“Lo que la gente está diciendo muy a menudo es que tú eres el estado. Yo soy un ciudadano. He hecho mi trabajo. Tú no reconoces eso”.

La opinión de Sassen de que muchas de las últimas protestas están promovidas por la clase media parece haber sido confirmada abiertamente —en el caso de Brasil, al menos— por la presidenta Dilma Rousseff, cuando reconoció que las nuevas clases medias “quieren más y tienen derecho a más”.

Para una generación de viejos teóricos políticos, como admite Sassen, al menos para aquellos de tradición marxista, las actuales tendencias han sido a veces confusas. “Recuerdo una charla con [el historiador británico marxista] Eric Hobsbawm, un buen amigo. Me preguntó: ‘¿Qué pasa con Occupy?’. Le dije que era un movimiento muy interesante. Pero añadió: ‘Si no hay un partido, no tiene futuro'”.

Fue, precisamente, esta misma preocupación lo que llevó hace dos años a Malcolm Gladwell —en un polémico ensayo publicado por el New YorkerSmall change: why the revolution will not be tweeted— a plantear una cuestión similar: ¿pueden las redes de activistas basadas en medios sociales y con “débiles vínculos” mantenerse a largo plazo?

“La vieja forma piramidal de organizar protestas tiene sus limitaciones, pero también las tienen las nuevas formas de organización”, dice Hatuka. “A menudo no parecen muy eficaces a largo plazo. La gente acudirá frecuentemente un día o dos, y estas protestas no ofrecen necesariamente una alternativa ideológica”.

Traducción: Javier Villate