El linchamiento judicial de Bradley Manning

Chris Hedges

Fuente: The Judicial Lynching of Bradley Manning, Global Research, 10/06/2013

El juicio militar contra Bradley Manning es un linchamiento judicial. El gobierno ha amordazado a la defensa. El soldado tiene prohibido argumentar que tenía la obligación moral y legal, de acuerdo con el derecho internacional, de hacer públicos los crímenes de guerra que desveló.

Los documentos que informan de esos crímenes, las torturas y los asesinatos, y que fueron revelados por Manning porque estaban clasificados como documentos secretos, han sido excluidos del juicio, eliminando de esta forma el tema fundamental de los crímenes de guerra. Manning tiene prohibido argumentar en contra de la afirmación no verificada del gobierno de que él ha perjudicado a la seguridad nacional.

David E. Coombs, abogado de la defensa, dijo durante las audiencias previas al juicio que la negativa del juez a permitir la información sobre la ausencia de daños reales causados por las filtraciones “elimina la posibilidad de una defensa viable y, en realidad, de toda defensa digna de ese nombre”. Y esto es, de hecho, lo que ha sucedido.

Manning tiene también prohibido presentar ante el tribunal sus motivos para entregar a WikiLeaks cientos de miles de cables diplomáticos secretos, registros de guerra de Afganistán e Irak y vídeos. Los temas de sus motivos y del posible daño causado a la seguridad nacional  solo pueden plantearse en el momento de emitir la sentencia, pero entonces puede ser demasiado tarde.

Las draconianas restricciones del juicio, ya conocidas por muchos estadounidenses musulmanes juzgados en la denominada “guerra contra el terror”, presagia un futuro de juicios-espectáculo y obediencia ciega. Ya se ha confirmado que nuestros mensajes de correo electrónico y conversaciones telefónicas son registrados y almacenados a perpetuidad en ordenadores del gobierno. Quienes intenten desvelar los crímenes del gobierno pueden ser fácilmente vigilados, espiados y procesados bajo la ley de espionaje. Los informantes no tienen ninguna privacidad ni protección legal.

Esta es la razón por la que Edward Snowden —ex consultor tecnológico de la CIA, que trabajó para un contratista del Departamento de Defensa con vínculos con la Agencia de Seguridad Nacional, y que filtró al periodista del Guardian Glenn Greenwald la información sobre el programa ultrasecreto del Consejo de Seguridad Nacional de espionaje masivo de mensajes electrónicos y otros datos personales— ha huido de Estados Unidos. La Primera Enmienda [que protege la libertad de expresión y de prensa, N. del T.] está muerta. No existe ningún mecanismo legal que permita denunciar los crímenes de la elite del poder. Estamos amordazados y encadenados. Y quienes se atrevan a resistir corren el peligro, si no huyen de EEUU, de reunirse con Manning en la cárcel, quizá el último refugio de las personas honestas y valientes.

Coombs abrió el juicio la semana pasada rogando clemencia a la jueza, la coronel Denise Lind, en base a la juventud y la sinceridad de Manning. Lind ha permitido a Coombs que presente solo evidencias circunstanciales sobre los motivos de Manning o su estado mental. Puede argumentar, por ejemplo, que Manning no sabía que Al Qaeda podía ver la información que filtró. Coombs tiene también permiso para argumentar, como hizo la última semana, que Manning fue selectivo en sus filtraciones, buscando no perjudicar a los intereses nacionales. Pero estas son concesiones menores del tribunal. Manning tiene prohibido invocar en el juicio la libertad de información, especialmente en lo que atañe a los intercambios de mensajes electrónicos con su delator, el confidente del gobierno Adrian Lamo, así como su derecho a desafiar las órdenes militares cuando se trata de crímenes de guerra, tal como es reconocido por el derecho internacional.

Manning tampoco puede apelar a los principios de Nüremberg, un conjunto de normas creadas por la Comisión de Derecho Internacional de Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial que determinan lo que constituye un crimen de guerra. Los principios establecen que los líderes políticos, los mandos militares y los combatientes son responsables de crímenes de guerra, aunque las leyes domésticas e internas permitan ese tipo de atrocidades. Los principios de Nüremberg están concebidos para proteger a aquellos que, como Manning, denuncian estos crímenes. Según los principios de Nüremberg, las órdenes no ofrecen una excusa para cometer crímenes de guerra. Estos principios condenarían a los pilotos del vídeo “Crimen colateral” y a sus jefes militares y exonerarían a Manning. Pero este es un argumento que no se podrá escuchar en el juicio de Manning.

Manning ha admitido diez delitos menores sobre su filtración de archivos, documentos y vídeos militares y del Departamento de Defensa que estaban clasificados, incluyendo el vídeo “Crimen colateral”, que muestra a un helicóptero militar Apache de EEUU asesinando, en 2007, a 12 civiles, incluyendo dos periodistas de Reuters, e hiriendo a dos niños en una calle iraquí. Esta defensa podría enviarle a la cárcel durante dos décadas. Pero para el gobierno esto no es suficiente. La acusación militar ha presentado 22 cargos contra él. Entre ellos figuran ayuda al enemigo, publicación injustificable, espionaje, robo de propiedades del gobierno, acceso autorizado desmedido e incumplimiento de órdenes legales. Estos cargos podrían ocasionarle una condena de cadena perpetua y 149 años de cárcel.

“Él sabía que el vídeo mostraba un ataque de 2007”, dijo Coombs refiriéndose a “Crimen colateral”. “Sabía que [el ataque] causó la muerte de dos periodistas. Y por eso atrajo la atención de la opinión pública mundial. Sabía que Reuters había solicitado una copia del vídeo en virtud de la FOIA [Ley de Libertad de Información], puesto que los dos periodistas asesinados eran suyos y querían tener esa copia para descubrir qué había pasado y asegurarse de que no volviera a suceder. Sabía que EEUU había respondido a esa solicitud casi dos años después indicando lo que podían encontrar y, sorprendentemente, no se incluía el vídeo.

“Sabía que David Finkel había escrito un libro titulado The Good Soldiers, y cuando leyó lo que el libro decía sobre el incidente que mostraba el vídeo, vio que el relato de David Finkel y el vídeo coincidían punto por punto, que David Finkel citaba las palabras de la tripulación del Apache. Por tanto, en ese momento supo que David Finkel tenía una copia del vídeo. Y cuando decidió hacer pública esa información, creía que la misma mostraba lo poco que valoramos la vida humana en Irak. Estaba preocupado por eso. Y creía que si los estadounidenses lo veían, también se preocuparían y, entonces, quizá cambiarían las cosas”.

“Tenía 22 años”, dijo Coombs el lunes pasado cuando, de pie frente a la jueza, pronunció su discurso de apertura. “Era joven. Fue un poco ingenuo al creer que la información que seleccionó podía originar algún cambio. Pero fue bien intencionado al seleccionar la información que esperaba que causara algún cambio”.

“No seleccionó la información en función de lo que quisiera WikiLeaks”, siguió diciendo Coombs. “No seleccionó la información en base a la lista de los más buscados en 2009. Seleccionó la información porque creía que la misma debía ser pública. Cuando ofreció esa información, le interesaba lo que los estadounidenses pensarían sobre la misma, no si el enemigo tendría acceso a la misma y, desde luego, no tenía ningún conocimiento real de que el enemigo pudiera acceder a dicha información. Joven, ingenuo, pero bien intencionado”.

El orden moral está invertido. La clase criminal está en el poder. Nosotros somos la presa. En una sociedad justa, Manning sería un testigo de la acusación contra los criminales de guerra. Los que han cometido estos crímenes deberían estar en prisión. Pero no vivimos en una sociedad justa.

Los afganos, los iraquíes, los yemeníes, los pakistaníes y los somalíes saben lo que hacen las fuerzas militares estadounidenses. No necesitan leer WikiLeaks. Han visto los cuerpos, entre ellos los de sus hijos, que los aviones no tripulados y otros ataques aéreos han dejado sin vida. Han enterrado los cuerpos de las personas abatidas a tiros por las fuerzas de la coalición. Escuchan con rabia las mentiras que cuenta nuestro gobierno, mentiras que son desacreditadas por la realidad que soportan. Nuestra hipocresía y violencia injustificable hacen que nos odien y desprecien, alimentan la furia de los yihadistas y reclutan legiones de nuevos enemigos de Estados Unidos. Al abrir una ventana a la verdad, Manning ofreció una posibilidad de redención. Ofreció la esperanza de una nueva relación con el mundo musulmán, basada en la compasión y la honestidad, en el imperio de la ley, y no en la brutalidad desnuda de la guerra industrial. Pero al negarse a escuchar la verdad que Manning puso ante nosotros, ignorando los crímenes cometidos diariamente en nuestro nombre, no solo conseguimos que engrasen las filas de nuestros enemigos, sino que ponemos en peligro creciente las vidas de nuestros conciudadanos. Manning no nos puso en peligro. Intentó disminuir ese peligro que aumenta cada día debido a las actuaciones de nuestras elites política y militar.

Manning nos mostró, en los documentos que filtró, que los iraquíes han padecido centenares de violaciones y asesinatos y una tortura sistemática a manos de la policía y el ejército del gobierno títere que nosotros instalamos. Nos permitió saber que ninguna de estas atrocidades fue investigada. Nos ofreció datos que mostraban que, entre 2004 y 2009, hubo al menos 109.032 “muertes violentas” en Irak, incluyendo las de 66.081 civiles, y que las tropas de la coalición fueron responsables de las muertes de al menos 195 civiles en hechos que no fueron informados. Nos permitió ver, en el vídeo “Crimen colateral”, el ataque de un helicóptero contra civiles desarmados en Bagdad.

Gracias a Manning, pudimos escuchar la burla insensible de los pilotos cuando los estadounidenses dispararon sin inmutarse contra los civiles que acudieron a socorrer a los heridos. Manning ha permitido que veamos cómo un tanque del ejército de EEUU aplastaba a uno de los heridos que yacía en la calle después del ataque del helicóptero. Como ha señalado la profesora de derecho Marjorie Cohn, las acciones del ejército de EEUU que se muestran en este vídeo único violan el artículo 85 del Primer Protocolo de las Convenciones de Ginebra, que prohíbe atacar a civiles, el artículo 3 de las Convenciones de Ginebra, que exige que los heridos sean auxiliados y el artículo 17 del Primer Protocolo, que permite que los civiles rescaten y auxilien a los heridos sin sufrir daño por ello. Conocemos este crimen de guerra y muchos otros gracias a Manning. Y la decisión de castigar al soldado que informó de estos crímenes de guerra, en lugar de castigar a los responsables de estos crímenes, es una burla de nuestra pretensión de ser un país donde rige el imperio de la ley.

“Creía que si los ciudadanos, en particular los ciudadanos de EEUU, veían esto, se desencadenaría un debate sobre la política exterior y militar en general, tal como se han aplicado en Irak y Afganistán”, dijo Manning el 28 de febrero, cuando se confesó culpables de los delitos menores. Dijo que esperaba que la publicación de la información por WikiLeaks “podría hacer que la sociedad reconsiderara la necesidad de apoyar el antiterrorismo sin tener en cuenta la situación de las personas a las que afectamos cada día”.

Pero no ha sido así. Nuestros aviones no tripulados siguen surcando los cielos sembrando la muerte. Nuestros cazas siguen atacando civiles. Nuestros soldados y marines siguen bombardeando aldeas con casas de adobe. Nuestros misiles y nuestra artillería siguen destruyendo casas. Nuestros torturadores siguen torturando. Nuestros políticos y generales siguen mintiendo. Y el hombre que intentó detener todo esto sigue en prisión.

Nota: Las transcripciones del juicio utilizadas en este artículo proceden de la Fundación Libertad de Prensa, la cual, debido a que el gobierno se negó a publicarlas, está recogiendo dinero para tener su estenógrafo en el juicio. Las transcripciones de la audiencia previa al juicio procede de la periodista Alexa O’Brien.

Traducción: Javier Villate