El fin de la “democracia islámica” y del autoritarismo de Erdogan

Desde el comienzo de las protestas en Turquía hace un par de semanas, muchos políticos turcos han realizado declaraciones moderadas y favorables al diálogo. Muchos, menos el primer ministro Tayip Erdogan.

En todos sus discursos, Erdogan ha adoptado un tono desafiante y amenazador. Ha dicho que seguirá adelante con el proyecto urbanizador del Parque Gezi que ha desatado las protestas, ha condenado a los manifestantes con todos los epítetos imaginables, les ha llamado “saqueadores” y ha afirmado que detrás de ellos hay fuerzas extranjeras que quieren acabar con su régimen. Ni una sola palabra de autocrítica.

El autoritarismo de Erdogan

Algunos analistas consideran que esta actitud de Erdogan tiene varias explicaciones. Por un lado, su personalidad. Desde el principio de su carrera política, ha exhibido un carácter decidido, con agallas, un líder que nunca se doblega ante otros. Cuando estos “otros” fueron los jefes militares, los turcos lo vieron con gran simpatía. Pero ahora, cuando esos “otros” son ciudadanos que protestan en las calles, su personalidad es una receta para el conflicto.

A esta personalidad se le añade los hábitos que se crean cuando se llevan varios años en el poder y cuando, además, se tiene una concepción de la democracia como el gobierno de la mayoría, sin más. El resultado es que Erdogan entiende que la democracia es el ejercicio de su propio e ilimitado poder, una visión cada vez más extendida por todo el mundo, incluida Europa.

Otra explicación se encuentra en la cultura política turca, que es muy propicia al surgimiento de personalidades patriarcales venerables. Es una cultura que ama a los líderes que lo saben todo y que lo pueden todo (o que aparentan saber y poder todo) y que no se arredran ante las dificultades y sus rivales. Erdogan encaja, por cierto, perfectamente en esta cultura.

Por último, los analistas se refieren a la estrategia política de Erdogan. Él sabe que la polarización de la sociedad turca en torno a valores primordiales —sobre todo, la religión— le ha ayudado en el pasado y, probablemente, quiere repetir esa estrategia en la actualidad. Esto, no obstante, es muy arriesgado pues podría radicalizar aún más el conflicto.

El fin de la “democracia islámica”

En “Time to Bid Farewell To Turkey’s ‘Muslim Democracy’“, Kadri Gursel sostiene que la actual explosión de descontento no es solo una derrota política para el primer ministro, sino una muy importante derrota ideológica: es el fin de la llamada “democracia islámica”.

Este analista no separa las protestas actuales de medidas impopulares del gobierno como la prohibición del aborto y del alcohol o la influencia de la religión en la enseñanza. En su opinión, la cuestión crucial de si el “islam político moderado” es compatible con la “democracia” ya ha sido respondida de forma negativa.

Se podía pensar, con buenas razones, que “democracia islámica” es un oxímoron. Como dice Gursel, las religiones no son democráticas. No pueden existir sin dogmas y los dogmas no están, por definición, sometidos a crítica. La democracia, en teoría, es crítica sin dogmas.

Pero ahora está quedando claro en los hechos, también, que la “democracia islámica” es un engendro destinado a engañar a los incautos. El régimen de Erdogan se ha ido escorando cada vez más hacia el autoritarismo, hacia una “democracia autoritaria” (otro oxímoron que todo el mundo entiende). Y ese autoritarismo ha venido de la mano de una mayor “islamización” de la sociedad.

El dilema que ahora enfrenta Turquía, dice Gursel, es este: o bien avanza por la senda de una democracia laica y aborda los necesarios cambios políticos, o el régimen se irá transformando en una dirección autoritaria.

En un tono muy parecido a los anteriores, Orhan Kemal se pregunta si estamos ante el fin de la era Erdogan. Tras recordarnos cómo ve Erdogan las protestas (como un desafío y un complot contra él), este analista insiste en que el primer ministro está dispuesto a enfrentarse a este movimiento social con todas las armas a su alcance y sin titubeos.

Kemal dice algo muy interesante: “Con la excepción de algunos kemalistas y grupos militantes que están participando en las protestas, nadie está desafiando la legitimidad de Erdogan como líder electo mediante unas elecciones democráticas”. Y añade: “La verdadera tensión surge de la convicción de Erdogan red que los votos que le llevaron al poder le otorgan un poder ilimitado para interferir en todos los aspectos de la vida”.

Musulmanes anticapitalistas

El último artículo que quiero comentar es “The Religious Voice of the Chapuls“, escrito por Fehim Tastekin. Se centra en un grupo concreto de la sociedad, los denominados “musulmanes anticapitalistas” y en su figura carismática, el teólogo Ihsan Eliacik, que están participando activamente en las protestas.

Según Tastekin, este grupo es muy importante porque, además de su creciente influencia, está permitiendo que creyentes musulmanes se incorporen a las movilizaciones, protagonizadas fundamentalmente por gentes de izquierda y defensores del laicismo. Estos, por su parte, han recibido a los musulmanes anticapitalistas con los brazos abiertos y han apaciguado sus gestos antiislámicos.

El grupo de Eliacik se unió a las movilizaciones con el siguiente eslogan: “No soy nacionalista ni kemalista ni socialista. Soy un musulmán que se opone al capitalismo. Critico la hegemonía. No pregunto cuál es la fe de la persona que está luchando a mi lado”.

Hace nueve meses, este grupo fundó la Asociación de Lucha Anticapitalista y se convirtió en una organización legal. Su creciente influencia se debe al descontento que existe entre los musulmanes contra aquellos hermanos de fe que se han enriquecido recurriendo al nepotismo y el clientelismo bajo el régimen del partido gobernante, el Partido Justicia y Desarrollo (AKP). El mismo Eliacik fue un antiguo simpatizante de Erdogan.

Libertarios y al margen de los partidos políticos

Una encuesta realizada por la Universidad Bilgi de Estambul entre 3.000 participantes en las protestas ofrece algunas pistas sobre la posible evolución de este movimiento de rebelión de la sociedad civil.

Según la encuesta, un 70 por ciento de los que respondieron no simpatiza con ningún partido político y solo el 15,3 por ciento dice que se siente “cerca” de alguno. Más de la mitad (53,7 por ciento) han tomado parte en manifestaciones masivas por primera vez. Preguntados por las razones de su rebelión, citan a las políticas autoritarias del primer ministro (92,4 por ciento), el uso excesivo de la fuerza por parte de la policía (91,3 por ciento), las violaciones de los derechos democráticos (91,1 por ciento), el silencio de los medios de comunicación (84,2 por ciento), la tala de los árboles del parque Gezi (56,2 por ciento) y los llamamientos de los movimientos políticos a los que pertenecen (7,7 por ciento). En respuesta a cómo se describen a sí mismo, el 81,2 por ciento se calificaron como “libertarios”, el 64,5 por ciento como laicos y el 54,5 por ciento como apolíticos.