Cómo perdimos la revolución siria

Edward Dark

Fuente: How We Lost The Syrian Revolution, Al-Monitor, 28/05/2013

¿Qué salió mal? O para ser más precisos, ¿en qué nos equivocamos? ¿Cómo un levantamiento popular radiante y noble, que luchaba por la libertad y los derechos humanos fundamentales degeneró en una orgía de violencia sectaria sedienta de sangre, con una depravación no apta siquiera para animales? ¿Fue algo inevitable o no?

La respuesta a esa pregunta es el error de cálculo (¿o fue planeado?) que cometieron los sirios que tomaron las armas contra su régimen, una dictadura militar cruel apoyada en el nepotismo y las lealtades sectarias y de clanes durante 40 años de poder absoluto. El exembajador de EEUU en Siria, Robert Ford, llamó la atención sobre este peligro en su infame visita a Hama en el verano de 2011, cuando la ciudad hervía de protestas masivas contra el régimen y antes de que fuera asaltada por el ejército. La advertencia cayó en saco roto, sea deliberada o accidentalmente, y solo nosotros tenemos la culpa de ello. La pasividad de Occidente y del mundo no nos exime de esta responsabilidad.

Nietzsche dijo una vez: “El que combate con monstruos debe velar que en el proceso no se convierta en uno de ellos”. Esa frase ha sido profética en el caso sirio. Lejos de todos los planes, tergiversaciones, propaganda y mentiras puras y duras de los medios de comunicación globales, lo que vimos cuando los rebeldes entraron en Alepo fue una realidad muy distinta. Nos tocó la fibra. Fue terrible, sobre todo para quienes habíamos apoyado el levantamiento y creído en él. Fue la traición decisiva.

En nuestra opinión, un rebelde que lucha contra la tiranía no comete el mismo tipo de crímenes que el régimen contra el que se supone que está combatiendo. No saquea las casas, las empresas y las comunidades del pueblo en cuyo favor se supone que está luchando. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas, quedó cada vez más claro que eso era exactamente lo que estaba pasando.

Los rebeldes saquearon sistemáticamente los vecindarios en los que entraban. Tuvieron muy poca consideración hacia las vidas y las propiedades de la gente e, incluso, secuestraron personas al azar y ejecutaron a quienes les daba la gana, sin ningún proceso judicial. Destrozaron y destruyeron deliberadamente monumentos históricos y emblemáticos de la ciudad. Saquearon fábricas y zonas industriales, incluso el cableado eléctrico, arrastrando su botín de maquinarias industriales e infraestructuras hasta la frontera turca, donde lo vendían a precios irrisorios. Los centros comerciales y los almacenes fueron vaciados también. Robaron el grano de los silos, creando una crisis de escasez y un fuerte aumento de los precios de los alimentos. Bombardearon incesantemente, con morteros, misiles y coches bomba, barrios residenciales que estaban controlados por las fuerzas del régimen, causando víctimas mortales y heridas a gran número de personas inocentes. Sus francotiradores mataban sistemáticamente a sangre fría a los transeúntes sospechosos. En consecuencia, decenas de miles de sirios se quedaron sin casa y se convirtieron en indigentes en esta ciudad que una vez fue una bulliciosa, próspera y rica metrópolis comercial.

Pero, ¿por qué pasó todo esto? ¿Por qué lo hicieron? Pronto quedó claro que era, simplemente, un caso de ellos contra nosotros. Ellos eran gente pobre del campo que tomaron las armas y asaltaron la ciudad en venganza por las injusticias sufridas en el pasado. Su motivación no se parecía a la nuestra. No buscaban libertad, democracia o justicia para toda la nación. Se trataba, simplemente, de odio y venganza desatados.

Extremistas y sectarios por naturaleza, no ocultaron que nos veían a la gente de la ciudad de Alepo como marionetas y simpatizantes del régimen, y pensaban que nuestras vidas y propiedades debían ser destruidas o expropiadas. Los señores de la guerra de las filas rebeldes pronto ganaron una reputación que les permitió lucrarse, y su inclinación por el saqueo y el terror provocó más dolor y amargura que los generados por las fuerzas del régimen. Añádase a todo ello los islamistas extremistas y su abierta asociación con Al Qaeda, así como sus horribles planes para el futuro de nuestra nación, y tendrás una imagen de la atmósfera que se respira aquí: un miedo sofocante y una mezcla de horror y desesperación.

¿Quiénes éramos “nosotros” y por qué creíamos que éramos diferentes o mejores? A riesgo de que parezca elitista, por “nosotros” entiendo el movimiento opositor y civil de base en Alepo, que durante meses estuvo organizando protestas pacíficas y proporcionando ayuda con gran peligro y riesgo para la propia vida. “Nosotros” creíamos en los ideales más altos de los cambios sociales y políticos e intentamos emularlos. Intentamos seguir el ejemplo del movimiento por los derechos civiles de EEUU de los años 60, la lucha de Mandela contra el apartheid y las enseñanzas de Gandhi: es decir, lo que los movimientos civiles similares de la Primavera Árabe en otros países, como Túnez y Egipto, habían hecho antes.

Para “nosotros”, una revolución era una lucha lenta, deliberada y comprometida por el cambio. Así como las gotas de agua que caen reiteradamente sobre una roca acabarán por romperla, lo mismo haríamos nosotros. Pero para “ellos”, su idea del cambio era arrojar una tonelada de TNT contra esa roca, volando en pedazos todo lo que se encuentra a su alrededor. “Nosotros” procedemos, mayoritariamente, de la clase media urbana educada. Procedemos de todas las formas de vida, todas las confesiones religiosas y todas las áreas, algo que no nos preocupa.

Nunca preguntamos de dónde es esa chica o ese chico, o qué fe profesan. Cada uno de nosotros daba y contribuía lo que podía, según sus propias capacidades. El líder de nuestro grupo era una joven abogada cristiana, muy activa y dedicada. El resto de los voluntarios de nuestro grupo era un microcosmos de la sociedad siria: chicas con velo, chicos chiitas, gente rica y obreros pobres, trabajando todos por ideales en los que creíamos y que compartíamos.

En el curso de nuestro activismo, algunos miembros del grupo fueron encarcelados y heridos, y uno incluso fue asesinado. Esa es la razón de que nunca me sintiera más triste que cuando, poco después de que los rebeldes atacaran Alepo, recibí mensajes de algunas de las personas con las que solía trabajar. Uno dijo: “¿Cómo pudimos ser tan estúpidos? ¡Nos han traicionado!”. Otro dijo: “Algún día dirás a tus hijos que fuimos un hermoso país, pero que fue destruido debido al odio y la ignorancia”.

Fue entonces cuando renuncié a la revolución, a la revolución realmente existente, y vi que la única vía de salvación para Siria era la reconciliación y el abandono de la violencia. Muchos pensaban igual. Lamentablemente, esa no es una idea compartida por los señores de la guerra y los agentes del poder, que siguen creyendo que hay que derramar más sangre para apaciguar los insaciables apetitos de sus sórdidas aspiraciones.

A pesar de que muchos activistas, intelectuales, empresarios, médicos y profesionales huyeron de la ciudad en masa, otros se quedaron y trataron de organizar una acción civil para proporcionar ayuda y socorro a las miles de familias que habían sido desplazadas dentro de su propia ciudad en condiciones desesperadas. Pero estaba claro que eso sería inútil. Todo había cambiado y ya nunca volvería a ser lo mismo.

Esto es lo que ha pasado en Siria. Nosotros contra ellos vayas a donde vayas. Oposición versus régimen, laico versus islamista, suní versus chií, pacífico versus armado, ciudad versus campo… y es seguro que en medio de toda esa cacofonía la voz de la razón resultará ahogada. Lo que quede de Siria al final será forjado por los lobos y los buitres que pelearon por su sangrante y moribundo cuerpo, dejándonos al pueblo sirio que recojamos las piezas descompuestas de nuestra nación y nuestro futuro.

¿Hemos de recurrir a echar las culpas a cualquiera menos a nosotros mismos? ¿Era este nuestro destino o el fruto de crueles maquinaciones de hombres malvados? Quizá una futura generación de sirios pueda responder a estas cuestiones.


Edward Dark es un seudónimo de un sirio que vive actualmente en Alepo. Escribe en Twitter como @edwardedark.

Traducción: Javier Villate