Los crímenes de guerra ocultos en la ocupación de Irak

Margaret Kimberley

Fuente: “Freedom Rider: Hidden War Crimes in Iraq”, Black Agenda Report, 3/04/2013

Estados Unidos deja una impresión indeleble en los pueblos que entran en contacto con ellos: en el caso de los iraquíes, un legado de muerte causada por las bombas, las balas, los incendios, el hambre, las enfermedades y las malformaciones genéticas. Estados Unidos no inventó los crímenes de guerra, pero el alcance global de los suyos y su estilo tecnológicamente avanzado hace que este país sea único en los anales de la inhumanidad.

El término “criminal de guerra” evoca imágenes de los secuaces de Hitler o del general Tojo dirigiéndose a la horca como castigo por los crímenes cometidos contra la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial. Auschwitz y Nankín nos vienen a la mente, pero las referencias son a menudo relegadas a lugares lejanos, tiempos pretéritos o déspotas extranjeros.

Raras veces se piensa en los estadounidenses como miembros de esta categoría, pero ese nivel de ignorancia y negación es inexcusable. Estados Unidos existe debido a las atrocidades que tuvieron lugar desde que el primer europeo llegó a ese subcontinente. Todo comenzó con la matanza de millones de indígenas y, más tarde, con la captura de millones de africanos convertidos en esclavos. Si se han cometido crímenes contra la humanidad, estos se cometieron aquí.

Esos crímenes no se detuvieron en aquellas fronteras y no todos se cometieron en los siglos pasados. Numerosas invasiones y ocupaciones han puesto a EEUU en el mapa de los crímenes de guerra, y algunas de estas atrocidades se están produciendo ahora mismo, aunque no aparezcan en los medios de comunicación corporativos y no sean nombradas por los políticos republicanos y demócratas.

Si hay algo peor que la destrucción de Irak y la matanza de un millón de personas por parte de EEUU, es el hecho de que este crimen no haya sido denunciado por los medios de comunicación. La mayoría de los estadounidenses no sabe mucho sobre la invasión y la ocupación por el mero hecho de que los medios corporativos no les han contado nada importante sobre ello. La consolidación de los grandes medios en gigantescos conglomerados empresariales y su sometimiento político a los grandes intereses económicos ha garantizado que solo un puñado de estadounidenses intrépidos, que han rebuscado en sus propias fuentes de noticias, hayan conocido al menos parte del horror que su gobierno ha causado al pueblo iraquí.

Pero no saben que los proyectiles y misiles cargados con uranio empobrecido han envenenado el aire y el agua de Irak, y que fueron utilizados por primera vez en la guerra del Golfo de 1991. No saben que miles de niños iraquíes murieron por causa de unas sanciones que hicieron imposible conseguir alimentos y medicinas. No saben nada de la ciudad de Faluya y de cómo fue destruida por las fuerzas estadounidenses en 2004.

La campaña para “pacificar” esta ciudad comenzó después de que unos contratistas militares de EEUU fueran abatidos en 2003. En abril y, luego, en noviembre de 2004 la ciudad fue arrasada por las fuerzas ocupantes que perseguían, según decían, acabar con la resistencia. El ejército de EEUU atacó los hospitales de Faluya para impedir que la prensa internacional viera la carnicería que había provocado. Los civiles que intentaban huir eran obligados a volver o asesinados, mientras los soldados cortaron los suministros de agua y electricidad. En los ataques se utilizaron bombas incendiarias Mark77, una variante del napalm, y fósforo blanco, un arma química que funde la piel y los huesos. Todos estos macabros brebajes están prohibidos por el derecho internacional y están cometiendo castigos colectivos contra la población civil.

El resultado del uso de uranio empobrecido y otras armas es un tipo de daño genético más grave del que se haya tenido conocimiento antes. Los índices de cáncer, leucemia y mortalidad infantil son más altos en Faluya que en Hiroshima y Nagasaki después de que fueran bombardeadas con armas nucleares en 1945.

Los bebés nacen en Faluya sin ojos, o con un solo ojo, o con órganos fuera de sus cuerpos, o sin cabeza o con dos cabezas… El terrible número de víctimas no ha dejado de crecer desde 2005 y todavía, casi diez años después, sigue creciendo.

Estados Unidos no ha firmado el Tratado de Roma, por el que se creó la Corte Penal Internacional. No se trata de algo accidental. El expresidente George W. Bush, su vicepresidente y todo su equipo de relaciones exteriores y seguridad nacional, estarían en el banquillo de los acusados de la Corte Penal Internacional si este tribunal no hubiera sido creado para castigar solo a africanos. Bush, Cheney, Rice, Powell y compañía son cabezas visibles a las que resulta fácil culpar, pero la denuncia debe ir más allá. Solo dos miembros del Congreso, Dennis Kucinich y Ron Paul, hicieron algún intento para investigar el número de víctimas civiles en Irak. Ningún candidato presidencial o ningún otro político destacado ha planteado jamás el tema. Los periódicos y las cadenas de televisión estaban ansiosos por ganarse el favor de la administración Bush y nunca orientaron a sus periodistas “empotrados” para que dijeran algo sobre la cifra de víctimas civiles en la guerra.

Ya han pasado cuatro años desde que la administración Bush dejó el poder. Los consejos editoriales de los periódicos ya no tienen que preocuparse de ella. La mayoría de las tropas de combate han dejado Irak y los periodistas, con ellos. ¿Qué impide ahora que el New York Times haga un reportaje sobre el elevado índice de cánceres y de malformaciones congénitas en Faluya? Se supone que la MSNBC es la red de noticias por cable del Partido Demócrata. ¿Por qué no han cubierto esta historia?

Las preguntas son retóricas. No lo han hecho porque apoyan a su gobierno y a los poderosos más que a la democracia y a nuestro derecho a conocer algo importante. Los demócratas no son mejores que los republicanos porque fueron cómplices de sus crímenes, los apoyaron abiertamente o cometieron algunos ellos mismos.

Hay, sin embargo, criminales de guerra. Son congoleños o ruandeses. Algunos son estadounidenses. Algunos son republicanos; otros son demócratas. Son personas que, cuando dejan sus cargos, siguen haciendo fortunas dando discursos o escribiendo libros. Son considerados personas respetables, cuando son cualquier cosa menos eso, y si quedan impunes, el resultado será nuevas matanzas.


La columna “Freedom Rider” de Margaret Kimberley aparece todas las semanas en Black Agenda Report y es ampliamente redistribuida en otras publicaciones. Mantiene, además, un blog que actualiza a menudo en http://freedomrider.blogspot.com/.

Traducción: Javier Villate